Hace dos semanas, una señora se sentía feliz mientras conducía su coche por una autopista de Pennsylvania. Ante la urgencia de comunicarlo a todos sus amigos, se hizo un selfie con este pie de foto: "Me siento feliz". Dos segundos después, el coche se estrelló contra una mediana, invadió el carril contrario y se estampó contra un camión. Ella murió en el acto.
Uno o dos meses antes, ya no lo recuerdo, en la plaza central de Kiev, una chica de diecinueve años asistía a los heridos rebeldes entre el fuego cruzado de los combatientes. Mientras corría de un lado para otro, informaba en su Twitter de todo lo que estaba viendo. Era su modo de dar testimonio. De pronto, una bala le rozó la sien. Antes de perder el conocimiento, pudo escribir: "Me muero". No se murió, por suerte.
Me pregunto ahora qué nos impulsa a escribir a cada rato de lo que sucede. Aunque nadie pretenda la inmortalidad, como los escritores de la época Guttemberg, seguramente todo responde a algo tan poético como el deseo imposible de perpetuar el instante. Pero es eso: un deseo imposible. Eso nos cuentan la desgraciada historia de la señora de Facebook o la chica ucraniana de Twitter. Sólo que, cuando el testimonio puede servir a otros, esas palabras tienen una grandeza especial. ¿Qué pensó, qué pensó la ucraniana en ese segundo tremendo en que escribió su propia muerte?
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jueves, 15 de mayo de 2014
lunes, 7 de mayo de 2012
Una satisfacción infinita
Al final de este curso, con todo ya resuelto, viene a hablar conmigo una alumna china.
-Quería decirte que tus clases, profesor, me han gustado mucho, que me han servido...
En su español pedregoso, a tropezones, me habla de los autores que vimos en estos meses: de Martí, de Antonio Machado o de Borges, que es uno de los autores que más admira. De pronto, me enseña la palma de su mano derecha. Debajo del dedo índice luce el signo matemático del inifinito.
-Esto es un ¿tatuaje?... se dice así, ¿no?. Me lo hice en Pamplona. Es por Borges... él me hizo pensar... eso, pensar. La gente, hoy, sólo piensa en lo que tiene delante, es todo físico, pero Borges, aunque estaba triste como el monstruo ese del laberinto... ¿cómo se dice?
-El minotauro..
-Sí, ése era como Borges, que buscaba el infinito, y yo creo eso, que hay que ir más allá, fuera del laberinto... Por eso me he puesto el infinito en la mano, para recordar, ¿ves?
Yo sí que no puedo recordar más, pero dejemos la rosa así, tal y como está. Para qué añadir. Que otros se enorgullezcan de los libros que han escrito; yo me enorgullezco de algunos alumnos que he tenido.
-Quería decirte que tus clases, profesor, me han gustado mucho, que me han servido...
En su español pedregoso, a tropezones, me habla de los autores que vimos en estos meses: de Martí, de Antonio Machado o de Borges, que es uno de los autores que más admira. De pronto, me enseña la palma de su mano derecha. Debajo del dedo índice luce el signo matemático del inifinito.
-Esto es un ¿tatuaje?... se dice así, ¿no?. Me lo hice en Pamplona. Es por Borges... él me hizo pensar... eso, pensar. La gente, hoy, sólo piensa en lo que tiene delante, es todo físico, pero Borges, aunque estaba triste como el monstruo ese del laberinto... ¿cómo se dice?
-El minotauro..
-Sí, ése era como Borges, que buscaba el infinito, y yo creo eso, que hay que ir más allá, fuera del laberinto... Por eso me he puesto el infinito en la mano, para recordar, ¿ves?
Yo sí que no puedo recordar más, pero dejemos la rosa así, tal y como está. Para qué añadir. Que otros se enorgullezcan de los libros que han escrito; yo me enorgullezco de algunos alumnos que he tenido.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Antología del disparate
El otro día vi el enésimo libro que recopila disparates escritos en exámenes escolares. Después de veintitantos años de docencia, también yo podría aportar mi granito de arena a esa antología de errores reales o inventados, pero nunca tuve la tentación de quedarme con más papeles, que ya me cuesta una montañita de ellos en la mesa de mi despacho.
Recuerdo, sí, un par de respuestas extravagantes que no se debieron a la ignorancia, sino más bien al exceso de inteligencia de los alumnos.
La primera de ellas se le ocurrió a una chica de filosofía cuando yo impartía en esa carrera la asignatura de Literatura universal, allá por los años ochenta. En el examen había preguntado los nombres de los tres personajes principales de una lectura obligatoria, La línea de sombra de Joseph Conrad. Al llegar a su examen, leí: "La línea es un personaje rectilíneo, previsible y sin interés psicológico; la sombra, por el contrario, es oscuro y tenebroso, no te puedes fiar de ella; y el tercero lo hubiera recordado bien si hubiéramos tenido más tiempo para leerlo". Vaya cara. Me reí y a continuación le puse su merecido suspenso.
La otra sorpresa me sucedió en un curso de español para extranjeros. En clase yo había explicado la poesía social española de postguerra y, por cierto, dí mi opinión sobre la poca razón que tenía Gabriel Celaya con aquel famoso verso suyo: "La poesía es un arma cargada de futuro". No creía entonces, ni creo ahora, que la poesía vaya a cambiar la política ni el rumbo de una sociedad, porque hay medios infinitamente más eficaces como internet o la televisión. En su momento nadie dijo ni mú. Entre las preguntas del examen no hice mención alguna a la poesía social. Sin embargo, cuando corregía el de una alumna norteamericana, la chica decidió adjuntar al final una postdata en la que, tras agradecerme mi dedicación hacia ella y sus compañeros, me criticaba mis opiniones sobre Celaya y la dichosa poesía social. Se extendía un par de párrafitos con sus argumentos y terminaba así: "Cuando estoy escribiendo esto, con mis palabras está cambiando el mundo".
Revisé el examen y vi que era muy bueno. No lo dudé más: le puse Sobresaliente y, sólo por esa frase de tanto acierto poético, Matrícula de honor.
jueves, 25 de febrero de 2010
La literatura en peligro
Leo esto en La literatura en peligro de Tzvetan Todorov:
Estamos asesinando la literatura, no porque en las escuelas se estudien también textos no literarios, sino porque convertimos las obras en simples ilustraciones de una visión formalista, o nihilista o solipsista de la literatura (...) Si el objeto de la literatura es la propia condición humana, el que la lee y la entiende se convertirá no en un especialista en análisis literario, sino en alguien que conoce al ser humano. ¿Qué mejor introducción a la comprensión de las conductas y pasiones humanas que sumergirse en la obra de los grandes escritores que se dedican a esa tarea desde hace miles de años? Y además, ¿puede haber mejor preparación para todas las profesiones que se dedican a las relaciones humanas? Si entendemos así la literatura y si orientamos así la enseñanza, ¿podría encontrarse ayuda más valiosa el futuro estudiante de derecho, el futuro trabajador social o psicoterapeuta, el historiador o el sociólogo? No es una enseñanza excepcional el hecho de tener como profesores a Shakespeare y Sófocles, a Dostoievsky y a Proust?
Todo esto está muy bien y el autor tiene más razón que un santo laico. Entender a fondo la literatura, ciertísimo, es algo más que contar las sílabas de un verso o conocer la diferencia entre una égloga y una elegía.
Pero me temo que el problema hoy es diferente. Basta echarle un repaso a otro libro que cae en mis manos: La educación vial a través de la literatura, Madrid, Ministerio de educación, 2002. Según sus autores, la literatura forma en valores y, de ahí, que sea necesaria una enseñanza que forme mejores ciudadanos a través de ella. El resultado final es una caricatura de las palabras de Todorov.
Para empezar, se propone una serie de textos a los que se asocia un problema relacionado con el tráfico: el uso del alcohol y las drogas, los peligros de la velocidad, el auxilio del accidentado, etc. Luego se sugieren actividades de educación vial, cívica y literaria (así, como pidiendo perdón se la deja a la literatura en tercer lugar). La selección se ha hecho con autores de primerísima línea de la literatura mundial: Jaime Bayly (sic), Elvira Lindo, Daniel Múgica (sí, el hijo de Enrique), Arturo Pérez Reverte, Lorenzo Silva, Goscinny y Sempé (aquí no distinguen al escritor del dibujante), Daniel Sueiro, José Ángel Mañas, etc. Menos mal que hay un cuento de Carver y otro de Cortázar... La autopista del sur que, según los autores, nos enseña a comportarnos durante un atasco. Cómo se reiría Cortázar si supiera lo que algunos hacen con su relato.
La literatura no se construye con buenos sentimientos, decía Gide. Este libro sobre la educación vial, fruto de algún pedagogo taxista, se ha hecho con bellísimas intenciones, con la saludable idea de que nuestros adolescentes no se maten con el coche o la moto cuando vuelvan de juerga los fines de semana. Ahora bien, el problema no está en la influencia concreta de este engendro, sino en la idea que subyace en él y que viene a sintetizarse en algo así como: "Vale, ya que la literatura no sirve para nada y hay que darla en la escuela por narices, por lo menos vamos a darle alguna utilidad social". El peligro, el verdadero peligro para la enseñanza de la literatura, reside, en definitiva, en su domesticación para convertirla, como tantos otros ámbitos de nuestra cultura, en un recetario de buenos consejos escrito en un lenguaje políticamente correcto.
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