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miércoles, 15 de enero de 2014

Waterloo, el realismo mágico y los enterradores de piernas


El general López de Santa Anna, espadón y dictador mexicano, ha regalado muchas anécdotas a la historia, pero la más conocida transcurre durante una de las pocos batallas que consiguió no perder (o, al menos, no perder estrepitosamente). Estamos en 1838, durante la llamada "guerra de los pasteles" contra Francia. En medio de los combates, una explosión de metralla enemiga le arranca una pierna al generalito. Entonces, Santa Anna, ni corto ni perezoso, ordena que su honorable pata sea enterrada con salvas de honor, procesiones religiosas y misas de funeral. El episodio, además de ilustrar la megalomanía del personaje, ha servido para que algunos intérpretes se hagan lenguas del ancestral "realismo mágico" que siempre habría inundado la vida social y política de México y de Hispanoamérica toda. Un magnifico historiador como Enrique Krauze la cuenta así. Carlos Fuentes, incluso, compuso una opereta que tocaría el asunto y que debe de ser un auténtico pestiñazo (véase aquí). 
Para ser justos, yo  siempre había pensado lo mismo y juzgué la cosa como una muestra más de ese barroquismo esencial, lo real maravilloso americano y bla, bla, bla. Hasta que me encontré con el libro de Alessandro Barbaro, Waterloo. la batalla (Ed. Destino, 2004) y leí la historia de Lord Uxbridge, comandante en jefe de la caballería británica.
Lord Uxbridge era un figura. Tenía cuarenta y siete años, pero eso no era un obstáculo para no haber combatido nunca ni para ser nombrado por enchufe para la campaña de Waterloo. Para colmo, alrededor de él circulaba otro asunto más desagradable. Uxbridge estaba casado y tenia ocho hijos en su haber, pero se acababa de fugar con Lady Wellesley, madre de otras cuatro criaturas y (oh, casualidad) cuñada de Wellington. El general en jefe de las tropas inglesas no estaba muy contento de tenerlo a su lado como jefe de la caballería.
Al final de la batalla, Lord Uxbridge iba a dirigir una carga contra los franceses en desbandada cuando una esquirla de granada le hirió una pierna. "By God, sir, I´ve lost my leg!", exclamó Uxbridge .Y Wellington, que estaba a su lado, le replicó con bastante mala leche: "By God, sir, so you have!" . Poco después, ya en una casa de Waterloo, un cirujano le amputó la pierna, que fue enterrada con honores militares en el jardín de al lado (Barbero, p. 330; y más curiosidades, aquí). 
La batalla de Waterloo es 23 años anterior a la guerra pastelera. ¿Se inspiró Santa Anna en el caso de Uxbridge? Muy seguramente. Releída la historia del mexicano a la luz del inglés, más que de realismo mágico habría que hablar de un caso de dependencia postcolonial. 



En la foto, Santa Anna, señalando donde quiere que le entierren la pierna. 

lunes, 9 de abril de 2012

Elena Garro y su memoria

Hace poco tiempo salieron en España las memorias de Elena Garro, para mí, la autora de una de las mejores novelas hispanoamericanas del siglo XX, Los recuerdos del porvenir.
Por lo demás, en sus Memorias de España 1937, centradas en vivencias de la guerra civil española, la ex mujer de Octavio Paz hace un repaso desmitificador del bando republicano que irritará a algunos y divertirá a otros. Hablo más del asunto aquí

jueves, 3 de marzo de 2011

Por qué los indios no están calvos (y no tienen barba)


A esta importantísima pregunta intentó contestar Evo Morales (video descacharrante, aquí). Pero si hubiera leído este tratado médico del siglo XVI hubiera encontrado la respuesta. No sé si verdadera, pero más imaginativa.

...porque como la barba y cabello se hagan de los humos que arroja el celebro, habemos de entender que los humos que salen y brotan de la cabeza salen con grandísima fuerza. Lo uno, porque es propio del humo subir derecho, y lo otro porque el casco de la cabeza tiene muchos poros y comisuras, por donde el dicho humo salga y se evapore fuera. Así que por todas estas causas sale con gran fuerza el cabello de la cabeza, y por esta cosa ninguna exterior puede impedir esta salida, así como sería imposible impedir que no saliese humo de donde hay fuego. Al contrario sucede con el cabello o pelo de la barba, que con gran facilidad se le puede impedir tal salida, a causa de no brotar los humos de que dicha barba se cría, y el no brotar proviene de muchas causas, lo uno de que la barba o asiento de ella no está en camino hacia arriba como sale del celebro, sino muy al soslayo, y el humo jamás sube al soslayo, pudiendo subir derecho. Otra razón es que los huesos del rostro están durísimos y cerradisimos, no flojos como los de la cabeza, y así con grandísimo trabajo puede salir el cabello, por no poderse evaporar, el humo de que se hace.
De aquí no nos debemos admirar, si a la mujer y al capón no les nace barba, y es la causa porque les falta fuerte calor y vigor, para que se les abran aquellos poros de los durísimos huesos del rostro"...



Etcétera.
(tomado de Juan de Cárdenas, Problemas y secretos de las Indias, México, 1591. Libro también conocido como Problemas del doctor Cárdenas)

sábado, 12 de febrero de 2011

Los funerales del poeta

Amado Nervo, uno de los poetas más leídos y suspirados en España y América, murió lejos de su tierra natal, México. Murió joven y político, mientras ejercía su cargo de embajador en Uruguay a los 48 años. Hay una historia muy curiosa alrededor de este suceso (más información, aquí). Los dos gobiernos del Río de la Plata, el uruguayo y el argentino, dispusieron dos buques de guerra para que los restos del ilustre versificador fueran trasladados desde Montevideo a su país natal. Es notable cómo en aquella época -primer tercio del siglo XX- ciertos poetas tenían un prestigio tan enorme en Hispanoamérica. También la muerte de Rubén Darío había sido motivo de luto continental. La desaparición de un vate famoso podía conmover a pueblos y gobiernos. 
Eran tiempos en los que la palabra por sí misma, tenía valor de revelación. De alguna forma se consideraba a los poetas algo así como los intérpretes privilegiados del mundo. Y ellos, como se puede imaginar, asumían con resignada humildad, ¡ay!, su misión de profetas. Sin embargo, en las décadas siguientes, su papel lo han ido ocupando sucesivamente los ensayistas políticos, los científicos sociales y, por fin, los periodistas de reality shows.
Esta decadencia no me ciega lo suficiente como para pensar que antes, cuando se valoraba tanto a algunos poetas, éstos podían iluminar la sociedad con la fuerza de su verbo florido. Para empezar, me siento más aristotélico que platónico: siempre he desconfiado de los intelectuales cuando intentan arreglar el mundo. En Hispanoamérica los escritores reciclados en políticos han obtenido resultados mediocres o nefastos.Y, para seguir, no tenían por qué ser mejores poetas. Sin ir más allá, los versos de Amado Nervo hoy suenan a cursi.

domingo, 2 de enero de 2011

¿Parecidos razonables?

Acabo de cerrar la tercera y última parte de la brillante Biografía del poder de Enrique Krauze, historia del México de los últimos dos siglos a través de sus gobernantes. Del capítulo dedicado a Luis Echeverría, infausto presidente que desgobernó el país entre 1970 y 1976, he sacado un buen puñado de citas que, no sé por qué, me resultaron familiares. Adivina, adivinanza, ¿a qué político español se le parece?

 1) "Sus cuatro antecesores en el sistema político habían tenido experiencia en uno o varios de los ámbitos siguientes: política local y estatal, poder legislativo estatal y federal, poder judicial, puestos académicos, práctica profesional del derecho, negocios, oratoria (....). Aquel hombre de pequeños ojos inquisitivos desconocía todos esos ámbitos pero era un experto consumado en su propio ámbito, la política maniobrera".

2) "Con el tiempo, el presidente enviaría a su ministro de Relaciones Exteriores para arreglar el conflicto entre árabes e israelíes, intentaría encabezar a los países del Tercer Mundo, dictaría una Carta de los Deberes y Derechos Económicos de los Estados (...) y, como broche de oro, anunció que al término de su presidencia estaría a disposición de los Estados miembros de las Naciones Unidas que expresasen su deseo de confiarle el cargo de secretario general".

3) "Si había dinero, había que gastarlo y, si no lo había, había que imprimirlo o pedirlo prestado".

4) "Ortiz Mena [prestigioso ministro de Economia en anteriores gobiernos] recordaba las inútiles clases de economía que le había impartido a Echeverría.. "No le entraba"; no por casualidad había suspendido la asignatura de derecho mercantil".

5) "Chequera en mano (literalmente) el presidente viajaba repartiendo dinero, promesas de dinero, o iniciando proyectos de redención campesina que se pagarían solos".

6) "Se fletaban costosas comitivas para regañar a media humanidad, leyéndoles la cartilla de sus deberes económicos, cuándo ésa era precisamente la media humanidad invitada oficialmente a prestarnos dinero".

7) "Se produjeron infinitos casos ridículos como la amenazante exigencia de Echeverría a los directivos de Coca Cola para que le cedieran la fórmula de su refresco, o la ocurrencia genial de convocar un concurso para que los mexicanos inventaran un cochecito eléctrico que sustituyera a los coches convencionales movidos por gasolina".

8) "Echeverría predicaba la crítica, la autocrítica y el diálogo, pero no estaba constituido física ni mentalmente para el diálogo, sino para el monólogo; no para conversar sino para predicar".

Por último, después de su mandato, México tardaría más de una década en recuperarse económicamente.

miércoles, 9 de junio de 2010

Vasconcelos, el provocador


Voy leyendo las larguísimas memorias de José Vasconcelos. Aunque el personaje no acaba de resultarme simpático (dedicar dos mil páginas a uno mismo es un récord interesante de egolatría), debo confesar que hasta ahora no conocía de verdad al mejor prosista mexicano antes de Juan Rulfo.
Ya en la primera parte, Ulises criollo, el autor va contando con imaginación y memoria prodigiosas sus recuerdos infantiles. Allí están las vivísimas escenas de su familia, que vivió en múltiples lugares de la geografía mexicana, desde la desértica frontera con Estados Unidos hasta el húmedo Yucatán. Y también allí, la tensión entre una ávida sensualidad y las inquietudes religiosas, en donde su madre ocupa un papel principal. Esa formación católica, en la piedad y en el intelecto, no le abandonará nunca, ni siquiera cuando pierda la fe, ya adulto, y coquetee con el budismo, el neoplatonismo o el cristianismo a lo Tolstoy.
Pero, por encima de todo, Vasconcelos es un apasionado (sus aventuras sentimentales se leen como un folletín) y un intelectual provocador. Le encanta desmontar lugares comunes y enfrentarse, no sólo a los políticos revolucionarios de su tiempo, sino a los tópicos del pensamiento dominante. Como ejemplo, este fragmento, que -me parece-, no sólo vale para México, sino para todo el continente americano y, quién sabe, si también para España:

Uno de los libros que más me removió el interés fue el titulado "El Dios blanco, el Dios hermoso", una especie de novela a propósito de la llegada de los españoles para la conquista de México... Y era singular que aquellos norteamericanos, tan celosos de los privilegios de su casta blanca, tratándose de México siempre simpatizaban con los indios, nunca con los españoles. La tesis del español bárbaro y el indio noble no sólo se daba en las escuelas de México; también en las yankees. No sospechaba, por supuesto, entonces, que nuestros propios textos no eran otra cosa que una paráfrasis de textos yankees y un instrumento de penetración de la nueva influencia.

(José Vasconcelos: Ulises criollo)

lunes, 8 de febrero de 2010

Nellie Campobello

Este año se cumple el centenario de la primera de las revoluciones del siglo XX, la mexicana. A diferencia de otras, ésta no nació de un discurso encorsetado ideológicamente. Fue más bien una explosión de hartazgo ante una montaña de injusticias. Como suele suceder con esta clase de fenómenos, la violencia que los caracteriza sólo termina cuando sus ejecutores aprenden las mañas de los antiguos tiranos. La Revolución se hizo institucional y México alcanzó una insólita y corrupta estabilidad a lo largo del siglo XX.
Muchos narradores recordaron sus experiencias más o menos cercanas en medio de la bola revolucionaria, desde Azuela hasta Martín Luis Guzmán, pero ninguno -creo yo-, tan singular como Nellie Campobello. En Cartucho (1931) escribió una serie de viñetas que recrean hechos de una increíble violencia filtrados por la mirada inocente de una niña. El estilo, escueto y eficaz, tiende a un humor negro muy original. Este episodio que propongo hoy es uno de mis favoritos:

Como a las tres de la tarde, por la calle de San Francisco, estábamos en la piedra grande. Al bajar el Callejón de la Pila de don Cirilo Reyes, vimos venir unos soldados con una bandeja en alto; pasaban junto a nosotras, iban platicando y riéndose. “Oigan, ¿qué es eso tan bonito que llevan?”. Desde arriba del callejón pudimos ver que dentro del lavamanos había algo color de rosa bastante bonito. Ellos se sonrieron, bajaron la bandeja y nos mostraron aquello. “Son tripas”, dijo el más joven clavando sus ojos sobre nosotras a ver si nos asustábamos; al oír, son tripas nos pusimos junto de ellos y las vimos; estaban enrolladitas como si no tuvieran punta. “¡Tripitas! ¡qué bonitas! ¿Y de quién son?”, dijimos con la curiosidad en el filo de los ojos. “De mi general Sobarzo –dijo el mismo soldado_, las llevamos a enterrar al camposanto”. Se alejaron con el mismo pie todos, sin decir nada más. Le contamos a Mamá que habíamos visto las tripas de Sobarzo. Ella también las vio por el puente de fierro. No recuerdo si fueron cinco días los que estuvieron “agarrados”, pero los villistas en aquella ocasión no pudieron tomar la plaza. Creo que el Jefe de las Armas se llamaba Luis Manuel Sobarzo y que lo mataron por el Cerro de la Cruz o por la estación. Él era de Sonora, lo embalsamaron y lo echaron en un tren, sus tripas se quedaron en Parral.


sábado, 5 de diciembre de 2009

Viaje terrible y providencial

El día de regreso a España, la todopoderosa UNAM se ofreció a llevarnos desde Mérida a Cancún en un auto de la propia universidad. Íbamos M. y O., un matrimonio argentino, y yo mismo, además de dos empleados de la universidad que se turnarían al volante para cubrir los cuatrocientos kilómetros de trayecto. Venían dos con nosotros para mayor seguridad. Mis amigos rioplatenses debían tomar ese mismo día el avión. Aunque el viaje sería cómodo, ya que iríamos por la autopista, salían con tiempo. Como buen ingeniero, O. había calculado un porcentaje de riesgos y decidió que lo más seguro era llegar allá con tres horas de antelación. A mí me daba igual porque dormiría aquella noche en un hotel de Cancún.
Así salimos tan contentos como incautos. Durante dos horas M. y yo estamos conversando tranquilamente sobre literatura cuando, de pronto, el Chrysler Voyager empieza a pararse de manera extraña. Nuestro dos chóferes se miran sin saber qué hacer hasta que el coche se detiene dormido en el arcén. Al rato vuelven a intentarlo y consiguen avanzar dos kilómetros pero el monovolumen vuelve a hacerse el sueco en México. La secuencia se repite dos veces más y el coche termina en medio de la nada yucateca. M. empieza a preocuparse, pero O. la tranquiliza: "Tenemos mucho tiempo", le dice varias veces y anima a los dos pámpanos de delante a que llamen por el móvil. Además, por el ruido que hace el coche, mi amigo ingeniero que tuvo uno parecido y sabe de mecánica, dictamina: "Es la caja de cambios". Yo apuntalo, apelando a mis lecturas de revistas de coches: "Es que estos cacharros yanquis son de usar y tirar. A los cien mil kilómetros ya te están jorobando con las averías". Y nos vamos a pasear por el arcén a olvidarnos de la dichosa cajita de cambios. Hay vacas y árboles por todos lados. Coches no se ven más que uno o dos cada diez minutos.
Poco a poco nuestro Chrysler va resucitando y recorremos unos pocos kilómetros a ratitos hasta alcanzar unas taquillas de peaje: ¡la civilización!. Entonces es cuando me doy cuenta de que en el autopista Mérida-Cancún te ofrecen café gratis en los peajes, pero no hay servicio de asistencia en carretera. Nuestros chicos siguen esforzándose, llaman a la universidad y nos aseguran que traen otro coche desde Mérida. Yo hago mis cuentas y veo que así los argentinos pierden seguro el avión. Tras diez llamadas al seguro del coche y otras tantas a no sé dónde, nos comunican que viene desde Valladolid para recogernos un taxi salvador. Después de unos cuantos "ahoritas", que son treinta minutos más de lo que quisiéramos, llega el taxi cuando está desplomándose la noche tropical.
Miro el auto nuevo y lo apruebo silenciosamente: un Nissan, coche japonés, o sea, fiable (de nuevo mi culturilla de Autofácil). El aspecto del chofer, en cambio, no me resulta tranquilizador, pero tampoco estamos para tonterías. Metemos las maletas en el nuevo vehículo, tras despedirnos de los chicos de la UNAM, y salimos a toda velocidad, porque vamos con el tiempo justo para el avión. A los diez kilómetros ya estamos animados los tres después del susto, cuando noto un ruido extraño. "¿Pasa algo?", le pregunto al taxista. "Me parece que es la caja de cambios; no lo entiendo, acabo de hacer la revisión", me contesta susurrante. El hombre disminuye la velocidad y llama al del taller por el móvil, que le aconseja que baje más, hasta cuarenta kilómetros por hora. Ahora sí que nos quedamos todos callados: dos veces la misma avería en dos coches diferentes no es para menos. Se ha hecho de noche y a lo largo de una hora permanecemos en silencio. La única opción es llegar a Cancún pueblo y de allí tomar otro taxi al aeropuerto. Sólo el taxista, muy templado, corta la tensión con algún comentario:
-Estoy desolado, señores, yo vine acá para ofrecerles un servicio y ahora de verdad que lo siento, lo siento, lo siento de veras, pero es la máquina nomás y yo no puedo hacer nada. Yo quería pero no puedo, perdónenme.
Otra equivocación mía. El taxista venía de hacer más de cien kilómetros desde Valladolid para recogernos. En una situación así, un taxista de Pamplona, ¿qué cosas hubiera dicho por esa boquita navarra?
-Ha sido la Providencia, señores. Dios sabe más- continuaba el taxista-. Estaba de Dios que ustedes iban a no llegar, que con otro auto también iban a tener la misma avería...
Por alusiones, fue entonces cuando empecé a rezar, quizá tenía que haberlo hecho antes, pero estábamos avistando el pueblo de Cancún, M. estaba nerviosísima y el propio O. se veía desbordado en todas sus previsiones de riesgo. En esas estábamos cuando nuestro conductor le puso las luces al primer taxi que encontró delante, y el otro, por solidaridad gremial, paró en el arcén. Entre los dos llamaron a un segundo taxi, que apareció enseguida y mis amigos argentinos se metieron allí con sus valijas a velocidad sideral. Según he sabido después, tomaron su famoso avión casi cuando despegaba.
Por mi parte, ingresé como pude en el primer coche, el que se había parado junto a nosotros, donde recibí la hospitalidad del taxista y su familia: un gordito lustroso que estaba sentado atrás y una señora tan chiquitita que se perdía en el asiento de delante. El nuevo taxista era hombre ilustrado y parlanchín. Nada más verme, se volvió hacia mí muy serio y me dijo:
-Me llamo Pedro y soy ingeniero agrónomo y este de ahí (por el gordito silencioso) es mi hijo, que es ingeniero informático. Venimos de ver a mi suegra en el poblado que está muy malita.
Siento no haber sido más cortés con ellos, pero ya llevaba siete horas de nervios. El diálogo fue más o menos así:
-¿De dónde eres?
-De España.
-¡Hombre, la patria de Manolete! ¿Qué se piensa allá de Manolete?
-Ya murió.
-Y Julio Iglesias, ¿por qué habla así? Dice: "Yossscribo"
-Porque es tonto.
- A mí me gusta mucho Dyango y José Luis Perales, ¿y a usted?
-No sé. Ya no cantan.
-Los españoles llegaron a la península de Yucatán en 1486 ¿Lo sabía?.
-...
-Yo he leído un libro que se llama La Celestina. ¿Lo ha leído?
-Un poco.
-Los días jueves, como hoy, entre las dos y las cuatro de la madrugada, los mayas creen que se despiertan los malos espíritus porque es la hora en que negó san Pedro a Jesús. ¿Qué le parece?
- Qué bien, a esa hora estaré dormido.
Así, hasta el hotel, cuarenta minutos más. Al llegar a la habitación, vi que, con las prisas en bajar del taxi, me había olvidado un sombrerazo que en su día me habían hecho comprar para protegerme del sol en Mérida. Nunca me convenció demasiado. Y con esto último se comprueba cuán sabia y buena fue la Providencia, porque éste fue el único efecto real de tanta avería inexplicable y tanto viaje por las desiertas autopistas de Yucatán.


martes, 1 de diciembre de 2009

México fúnebre


Otro día me fui a Itzamal, un pueblo que se encuentra a unos sesenta kilómetros de Mérida. Allí hay un inmenso convento franciscano construido sobre una pirámide maya. El templo ha sufrido a lo largo de su historia y ahora es víctima de una desdichada restauración. Pero quien tuvo, retuvo y guardó para la vejez: todavía impresionan por el tamaño su claustro y su fachada. El color albero de sus muros ha contagiado al resto del pueblo cuyas calles a veces tienen un sabor sevillano. En la plaza central, a un lado, hay un coqueto museo de artesanía popular. Vale la pena hacer una visita. A mí me llamaron la atención varias piezas, en especial la que figura en la foto: un cortejo fúnebre de individuos cadavéricos de tamaño natural. No pude hacer la foto del obispo rezador del responso, igual de desahuciado. Quien mejor se encontraba era el muerto, que no se podía ver porque lo tapaba un florido ataúd.
También me habían recomendado que le echara un vistazo al cementerio de Hoctún, un pueblito escondido en el bosque interminable de Yucatán. Allá fuimos. Al llegar al camposanto me sorprendió hallarme con algo así como una pequeña ciudad de los muertos. Las tumbas eran casitas coloniales de color rosa, añil o turquesa. Si la familia tenía gustos más antropológicos la casa era sustituida por una pirámide o una choza maya. Al fondo, unas iguanas tomaban el sol del mediodía entre las piedras brillantes. Me fui paseando a la busca de alguna inscripción curiosa hasta que me dí de golpe con un objeto extraño tirado en el suelo. Al principio, no lo identifiqué, o, mejor dicho, no quise identificarlo, pero no tuve más remedio que fijarme mejor: era un ataúd abierto a machetazos como mordiscos. Por afuera asomaba, como si fuera papel de estraza marrón, la mortaja. Mi acompañante, Edgar, me explicó que probablemente habían trasladado al finado a la tumba que teníamos al lado, sí, justo, en la hornacina donde se veía un saquito. Como hacía unos días de la festividad de los difuntos, sus familiares habrían ido a estar con él, a conversar un ratito nomás y después de dejarle algunos presentes (había fruta tirada por el suelo), lo habrían dejado allá metido en la bolsita. No es así en todo México, por cierto. De todas formas, aquí no pude sacar fotos porque en ese momento la batería de mi cámara se terminó, es decir, se murió del susto.


lunes, 30 de noviembre de 2009

Que vienen los mayas


Del viaje a Yucatán volví con algunas notas que ahora voy revisando. No hablaré del congreso, en el que la gente después de las ponencias de una hora tenía fuerzas para preguntar durante más de treinta minutos (ya podrían aprender los europeos), ni del lagartito que se coló por la noche en mi habitación del hotel en Mérida. Sí hablaré, en cambio, de la excursión a las ruinas mayas de Uxmal. Reconozco que siempre he tenido muy poca sensibilidad para las ruinas, acaso por el atracón familiar que sufrí durante mi infancia. Parábamos el coche cada vez que aparecía un capitel hecho polvo y nunca terminé de verle la gracia a tanta destrucción por muy romana que fuera. Ni sentí jamás la emoción moral de las ruinas, a lo Rodrigo Caro, ni supe imaginarme a ningún emperador caminando entre cuatro piedras rotas. Es una limitación mía, ya lo sé.
Ahora bien, las ruinas mayas tienen algo de cautivador, acaso por el espacio boscoso en el que se encuentran o porque sencillamente no se encuentran tan desmoronadas como las griegas, árabes o romanas. Siglos de ocultamiento entre selvas y una laboriosa reconstrucción sin el prejuicio purista de las Europa las han dejado a la vista con un encanto singular. Las de Uxmal, menos grandiosas que las de Chichén Itzá, son muy bellas.
Todo esto no quita para que me sea difícil imaginar tal y como fueron aquellos edificios suntuosos en su vida real, lejos del escaparate turístico en que se han convertido. Ha pasado tanto tiempo. Ya los primeros españoles bautizaron de forma estrambótica un hermoso espacio cuadrangular como de las "monjas" porque les recordaba al de un claustro conventual. Lo dice poéticamente Rosalba Campra:

Dan nombre a nuestras moradas, y esos nombres son falsos.
Algo que no es el humo de las ceremonias
ha enturbiado la tajante nitidez de los arcos,
corroído la palabra que se intrincaba en los frisos.

Como sus pinturas hemos sido borrados.

Y no sólo eso. Nos faltan los cientos de chozas malolientes en donde vivían los mayas alrededor de los templos. Tampoco vemos los sacrificios humanos, ni los misteriosos juegos de pelota en los que se degollaba al perdedor. Podemos, tal vez, creer que la visión de reyes y hechiceros emplumados bajando las escalinatas debía de causar un terror sagrado en las gentes que vivían en esas ciudades perdidas. En el siglo XIX los relatos de viajeros occidentales contribuyeron a crear un icono de aquella civilización. Luego, la puntilla mitificadora la han venido a dar seguramente las excursiones de un día desde Cancún y la Riviera Maya. A muchos de estos lugares, a Chichén Itzá sobre todo, llegan todos los días autobuses que evacúan a miles de turistas dispuestos a darse su ración de culturilla para luego volver a sus resorts del todo incluido, la piña colada y la fiesta de la espuma. Y es que hay que darse prisa en disfrutar, porque el mundo se acaba en 2012, según decían los mayas, o al menos eso asegura un conocido best seller del que cualquier día harán una película a mayor gloria del pensamiento débil.

martes, 17 de noviembre de 2009

Los tacos

Decir tacos en México es, por supuesto, hablar de comida. Pero no siempre. El lunes los invitados del congreso fuimos a comer a una hacienda maravillosa, San Pedro Ochil, en las afueras de Mérida. Después de despachar una sopa de lima y unos panuchos, la gente estaba ya medio contenta y empezamos a departir sobre las muchas diferencias que existen entre los pueblos hispanos. En la mesa sonaban acentos procedentes de México, Argentina, Chile y España, únicamente representada por mí. Una colega chilena me dijo : "Javier, vosotros los españoles sois muy mal hablados". Verdad absolutamente irrefutable y que no pude negar. Este asunto de las palabrotas es casi un signo identitario nacional, y así lo debieron de entender don Américo Castro y don Claudio Sánchez Albornoz cuando se peleaban por el origen de las esencias españolas, y uno situaban el origen de nuestra nacionalidad en los árabes (que maldicen muchísimo) y el otro replicaba que hay testimonios más antiguos donde se veía lo burros y lo mal educados que eran los visigodos.
Proferir demasiadas palabrotas tiene el problema de que éstas acaban por no significar nada. Pierden su agresividad las palabras, son sonidos huecos, vacíos. A esto se refieren los filólogos cuando dictaminan que el lenguaje en España se empobrece. En cambio, acá, en América, qué fuerza tan enorme tienen las palabras. Y por eso cuento lo que a continuación se leerá.
Al anochecer me fui a pasear a la plaza de la catedral, ya en Mérida. Como era fiesta nacional, había mucha gente. Unas indias extendían la mano desde el suelo, pero yo, lo siento, me fijé en el color maravilloso de sus vestidos. Otro individuo paseaba con una rata en la mano, pero no estoy seguro de que estuviera viva, por lo quieta que estaba. En el centro de la plaza había puestos ambulantes; el problema era identificar los nombres ininteligibles de las comidas que anunciaban.
Y de pronto me acuerdo de que en un callejón había visto el día anterior una tienda de ropa local que podría interesarme. Me acerco hasta allá, pero un individuo me empieza a perseguir para que le compre una caja de habanos.
-Eh, míster, amigo, tengo acá tabaco bueno, tabaco bueno para usted.
-Déjeme en paz.
Cuando ve que me dirijo a la tienda, cambia de tema, pero me sigue perseverante:
-Acá, amigo, museo de la ropa, tienda maya.
Y así continúa hasta la puerta abierta del local, muy pegado al gringo que se cree que soy yo. Para colmo, extiende la mano mostrándome el camino como si yo fuera imbécil. Y en ese momento, cuando veo al dueño que se me acerca obsequioso, digo en voz alta para que me oigan los dos:
-Esta no es la tienda que yo buscaba. Lo siento.
Y me doy la vuelta a toda velocidad. Todavía entonces escucho una voz bien llenecita de rabia:
-¡Hijo de la chingada!


Ahora en México

Los buenos relatos de viajes dicen más de quien cuenta el viaje que de los lugares por donde pasa (y los malos también). Digo esto porque, ahora que estoy en Mérida (Yucatán, México), debo andarme con cuidado con lo que pienso y escribo. Todo lo que me llama la atención quizá no sea tan interesante o sorprendente por sí mismo, sino que se debe a que soy yo quien se está retratando cuando me admiro ante una ruina maya, una hacienda colonial, los colores de un huipil o unas palabras que escucho por la calle, sí, sobre todo, unas palabras.