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lunes, 2 de septiembre de 2013
Reloj, no marques las horas...
La imagen la encontré a la vera de la iglesia de San Félix, en Nigrán, pocas horas antes del final de mis vacaciones. A medias entre la broma y la metafísica gallega, Joaquín Aguiar, relojero del Excelentísimo Ayuntamiento de Vigo, era, seguramente, un poeta.
lunes, 29 de abril de 2013
Cementerio inglés
Los jubilados chinos matan el tiempo como todos los jubilados del mundo: se sientan en los bancos de plazas y jardines. Fuimos al parque Camoens para visitar la gruta donde se dice que el poeta escribió Os Lusiadas. Allí la gente mayor juega al ajedrez chino, chismorrea en voz alta (los cantoneses gritan tanto como los españoles) o lleva de paseo a sus pajaritos enjaulados, que la jaula es la correa de los jilgueros.
A un lado, defendida por un pequeño muro, pero sin que nadie le haga ni caso, está la iglesia anglicana. No tiene nada especial, salvo una foto curiosa: la de la primera mujer pastora protestante, que se "ordenó" en Macao nada menos que en 1945. ¿Cómo lo permitieron en aquel entonces? Tal vez fuera porque la gente estaba muy ocupada con el fin de la guerra, tal vez porque Macao siempre estuvo aislado.
A la vera de la iglesia, en un escalón más abajo, paseamos por el breve cementerio, romántico y con escasas tumbas. A pocos ingleses les debía apetecer pasar por Macao (y menos, morirse). Marinos, militares, miembros de la East Company, funcionarios del servicio exterior con mala suerte. Estaba también un tal Morrison, el primer traductor al chino de la Biblia, allá por el siglo XIX.
Mientras los ingleses se dedicaban a meterles el opio por las narices a los chinos, utilizaron Macao de base, aprovechando la tradicional amistad con Portugal. Luego consiguieron Hong Kong tras una guerra desigual con el imperio, y pudieron enterrar a su gente en la nueva colonia. Quizá por eso el cementerio que visitamos tiene ese aire distraído y olvidado. Es como tantos otros rincones de Macao, ciudad repartida entre dos mundos: uno perdido -el de la colonia-, y otro de pérdidas: el de los casinos.
A un lado, defendida por un pequeño muro, pero sin que nadie le haga ni caso, está la iglesia anglicana. No tiene nada especial, salvo una foto curiosa: la de la primera mujer pastora protestante, que se "ordenó" en Macao nada menos que en 1945. ¿Cómo lo permitieron en aquel entonces? Tal vez fuera porque la gente estaba muy ocupada con el fin de la guerra, tal vez porque Macao siempre estuvo aislado.
A la vera de la iglesia, en un escalón más abajo, paseamos por el breve cementerio, romántico y con escasas tumbas. A pocos ingleses les debía apetecer pasar por Macao (y menos, morirse). Marinos, militares, miembros de la East Company, funcionarios del servicio exterior con mala suerte. Estaba también un tal Morrison, el primer traductor al chino de la Biblia, allá por el siglo XIX.
jueves, 30 de diciembre de 2010
Escapada al País Vasco francés
El coche dejó atrás la última curva y, de pronto, apareció ante nosotros aquel pueblo indiferente y precioso, asoleándose al pie de los Pirineos. Al otro lado quedaba España. Después de veintimuchos años viviendo en el norte, hasta ahora no había yo descubierto la villa vascofrancesa de Sare (Sara, en vascuence). Tanto pueden las fronteras.
El País Vasco cambia al cruzar al otro lado del Bidasoa. Todo se vuelve más armonioso y ordenado, porque no en vano estamos en la dulce Francia. Sara es como los pueblos del Baztán navarro, pero en versión de postre. Aunque también se nota lo francés en otros aspectos menos líricos. Por ejemplo, en el bar del pueblo anterior nos obsequiaron con una ración de quesos translúcidos, tacañería inimaginable unos pocos kilómetros más al sur.
En la guía Michelin te aseguran que Sare es "l'un des plus beaux villages de France". Puede ser. A mí lo que me llamó la atención fue la iglesia y sus fúnebres alrededores. A la entrada, esta inscripción: "Cada hora golpea al hombre, la última le manda a la tumba". Ni Quevedo consigue ser más macabro. Luego rodeamos los muros poderosos del templo y fuimos recorriendo las lápidas que brillaban a la luz del mediodía. En el cementerio apeñuscado en torno a la iglesia no había tapias altas que escondieran las tumbas de las casas. Por las mañanas los vecinos abrirán las contraventanas para ventilar la habitación y podrán saludar a sus padres, hijos, hermanos, esposos difuntos. Pensé: "Aquí la gente siempre ha vivido en paz junto a la muerte". Y fantaseé: "No tuvieron miedo de ella o, al menos, convivieron sin angustia con esta realidad".
Por último, penetramos al interior y nos deslumbró el coro de tres pisos. Y también, esa inscripción humilde, escrita a mano en un pequeño cartel, al lado de las velas y frente a una imagen de la Virgen:
"No sé como rezar ni qué decir, pero esta luz que te ofrezco es un poco de mi bien, de mi tiempo, de mi mismo...La dejo delante de la Santísima Virgen. Ella simboliza mi devoción mientras sigo mi camino hacia delante..."
lunes, 24 de mayo de 2010
Cementerio en Colonia
He tenido la oportunidad de estar en cementerios hermosos y aristocráticos (la Recoleta de Buenos Aires o el de Zagreb) y en otros humildes, pero de mucho mérito (en México, como cuento aquí). En Alemania he visto el de Colonia. Estábamos a finales de abril y toda la vida explotaba en colores: rododendros, tulipanes, jacintos, prímulas o narcisos reinaban en las tumbas alfombradas de plantas o amuralladas por pequeños setos. La ciudad de los muertos imitaba a la de los vivos. Así como las calles y plazas alemanas conviven con bosques y ríos en romántica armonía, a mí me tocaron días en que la primavera triunfaba ocultando lápidas y monumentos, señales rotundas de la muerte. Entre el desorden aparente, de pronto, nos encontramos con un centenar de lápidas alienadas en orden de formación: eran los soldados de la localidad caídos en la del 14 o en la del 39. La guerra iguala todas las muertes.
Mi paseo debió de durar cerca de una hora. Divagaba yo pensando que acaso los alemanes tengan una relación mucho menos trágica con su propio fin, algo así como la consecuencia natural de un proceso que ellos interpretan con la misma aceptación con que ven sucederse los ciclos de la vida. Todo invitaba a la serenidad: las escasas palabras que podían leerse en algún panteón sólo hablaban de consuelo y uno sentía la rápida superstición de que acaso los difuntos estuviesen allí mismo descansando de manera confortable. En medio de un sendero sombreado de árboles pasaba fugaz una ardilla. Así de medio feliz me encontraba, hasta que dí con una tumba diminuta de un niño de diez años. Sus familiares habían dejado un molinillo de colores, el dibujito de un oso y un helicóptero de madera. Soplaba una brisa leve. El molinillo y las aspas del juguete giraban a toda velocidad como un símbolo de que, cerca o lejos, el pequeño Martin jugaba eternamente. Me alejé del lugar con una tristeza enorme.
martes, 1 de diciembre de 2009
México fúnebre
Otro día me fui a Itzamal, un pueblo que se encuentra a unos sesenta kilómetros de Mérida. Allí hay un inmenso convento franciscano construido sobre una pirámide maya. El templo ha sufrido a lo largo de su historia y ahora es víctima de una desdichada restauración. Pero quien tuvo, retuvo y guardó para la vejez: todavía impresionan por el tamaño su claustro y su fachada. El color albero de sus muros ha contagiado al resto del pueblo cuyas calles a veces tienen un sabor sevillano. En la plaza central, a un lado, hay un coqueto museo de artesanía popular. Vale la pena hacer una visita. A mí me llamaron la atención varias piezas, en especial la que figura en la foto: un cortejo fúnebre de individuos cadavéricos de tamaño natural. No pude hacer la foto del obispo rezador del responso, igual de desahuciado. Quien mejor se encontraba era el muerto, que no se podía ver porque lo tapaba un florido ataúd.
También me habían recomendado que le echara un vistazo al cementerio de Hoctún, un pueblito escondido en el bosque interminable de Yucatán. Allá fuimos. Al llegar al camposanto me sorprendió hallarme con algo así como una pequeña ciudad de los muertos. Las tumbas eran casitas coloniales de color rosa, añil o turquesa. Si la familia tenía gustos más antropológicos la casa era sustituida por una pirámide o una choza maya. Al fondo, unas iguanas tomaban el sol del mediodía entre las piedras brillantes. Me fui paseando a la busca de alguna inscripción curiosa hasta que me dí de golpe con un objeto extraño tirado en el suelo. Al principio, no lo identifiqué, o, mejor dicho, no quise identificarlo, pero no tuve más remedio que fijarme mejor: era un ataúd abierto a machetazos como mordiscos. Por afuera asomaba, como si fuera papel de estraza marrón, la mortaja. Mi acompañante, Edgar, me explicó que probablemente habían trasladado al finado a la tumba que teníamos al lado, sí, justo, en la hornacina donde se veía un saquito. Como hacía unos días de la festividad de los difuntos, sus familiares habrían ido a estar con él, a conversar un ratito nomás y después de dejarle algunos presentes (había fruta tirada por el suelo), lo habrían dejado allá metido en la bolsita. No es así en todo México, por cierto. De todas formas, aquí no pude sacar fotos porque en ese momento la batería de mi cámara se terminó, es decir, se murió del susto.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Epitafio
Ayer me puse fúnebre y ahora veo que tendría que haber citado estos versos profundos y esperanzados, que las dos cosas acompañan bien cuando van envueltos en una apariencia hermosa. El poema es de Mario Quintana y se titula Inscripción para el portón de un cementerio:
Na mesma pedra se encontram,
Na mesma pedra se encontram,
Conforme o povo traduz,
Quando se nasce -uma estrela,
Quando se morre -uma cruz.
Mas quantos que aqui repousam
Hao de emendar-nos assim:
"Ponham-me a cruz no principio...
E a luz da estrela no fim!"...
Incluyo también la solvente traducción (para perezosos) de Enrique García-Máiquez:
La misma lápida ostenta
-según lo entiende la gente-
cuando se nace, una estrella,
y una cruz cuando se muere.
Mas cuantos que aquí reposan
no nos dirían así:
"¡Pongan la cruz al principio,
la luz de la estrella al fin!"
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