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jueves, 17 de enero de 2013
Borges y las promesas
- Te presento a mi prometido.
Me lo dice aquella ex alumna, muy guapa y muy feliz. Y lo veo a él, también muy guapo y contento como unas Pascuas. Pero a mí, sobre todo, se me queda colgando esa palabra: "prometido", tan arcaica, tan pasada de moda y tan feliz.
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Voy por la calle y de pronto se me cuela por los ojos este anuncio comercial:
"Borges nació de una idea"
Por un momento se me ocurre que a Jorge Luis Borges le hubiera encantado eso de nacer de una Idea, y no de un cuerpo material. Pero luego me fijo mejor: es al otro Borges, al del aceite de oliva, al que le suceden las cosas.
lunes, 22 de octubre de 2012
Centenario de Menéndez y Pelayo
Cierta directora de la Biblioteca Nacional se enfadó muchísimo al enterarse de que la estatua de un facha presidía el vestíbulo de la casa que acababa de disfrutar, digo, de dirigir. Ese facha era don Marcelino Menéndez y Pelayo y la señora directora intentó mandar su imagen al trastero. Ahora la señora ya no disfruta de su cargo, pero eso no evita que casi nadie se acuerde de la figura del hombre más sabio de su tiempo. Aunque se celebre este año el centenario de su muerte y, en apariencia, hasta la izquierda inteligente reconozca sus deudas con él.
"Ángel de las bibliotecas", lo llamó Leopoldo Marechal, y es cierto que muchos escritores de un lado y otro del Atlántico buscaron en sus libros extraordinarios y elegantemente escritos, la inspiración que no encontraban leyendo a los filósofos. Un dato: el despacho de trabajo de Borges tenía un millar de libros. Pues bien: como se desprende de la lectura del catálogo recientemente editado de su biblioteca, sólo dos autores españoles (sí, DOS) aparecen en la nómina: Cervantes y Menéndez Pelayo. ¿No será que Borges leía a Menéndez y Pelayo en lugar de a Plotino o a Ockham? Más de uno saqueó sin decirlo las obras de don Marcelino, de donde sacaron ideas que no habían leído directamente.
Para remediar en algo todo este olvido, acaba de salir un libro, Menéndez y Pelayo. Genio y figura. Uno de sus autores, Aquilino Duque, lo presenta el martes a las diez en el aula 4 en el edificio de Ciencias Sociales de la Universidad de Navarra..
"Ángel de las bibliotecas", lo llamó Leopoldo Marechal, y es cierto que muchos escritores de un lado y otro del Atlántico buscaron en sus libros extraordinarios y elegantemente escritos, la inspiración que no encontraban leyendo a los filósofos. Un dato: el despacho de trabajo de Borges tenía un millar de libros. Pues bien: como se desprende de la lectura del catálogo recientemente editado de su biblioteca, sólo dos autores españoles (sí, DOS) aparecen en la nómina: Cervantes y Menéndez Pelayo. ¿No será que Borges leía a Menéndez y Pelayo en lugar de a Plotino o a Ockham? Más de uno saqueó sin decirlo las obras de don Marcelino, de donde sacaron ideas que no habían leído directamente.
Para remediar en algo todo este olvido, acaba de salir un libro, Menéndez y Pelayo. Genio y figura. Uno de sus autores, Aquilino Duque, lo presenta el martes a las diez en el aula 4 en el edificio de Ciencias Sociales de la Universidad de Navarra..
lunes, 7 de mayo de 2012
Una satisfacción infinita
Al final de este curso, con todo ya resuelto, viene a hablar conmigo una alumna china.
-Quería decirte que tus clases, profesor, me han gustado mucho, que me han servido...
En su español pedregoso, a tropezones, me habla de los autores que vimos en estos meses: de Martí, de Antonio Machado o de Borges, que es uno de los autores que más admira. De pronto, me enseña la palma de su mano derecha. Debajo del dedo índice luce el signo matemático del inifinito.
-Esto es un ¿tatuaje?... se dice así, ¿no?. Me lo hice en Pamplona. Es por Borges... él me hizo pensar... eso, pensar. La gente, hoy, sólo piensa en lo que tiene delante, es todo físico, pero Borges, aunque estaba triste como el monstruo ese del laberinto... ¿cómo se dice?
-El minotauro..
-Sí, ése era como Borges, que buscaba el infinito, y yo creo eso, que hay que ir más allá, fuera del laberinto... Por eso me he puesto el infinito en la mano, para recordar, ¿ves?
Yo sí que no puedo recordar más, pero dejemos la rosa así, tal y como está. Para qué añadir. Que otros se enorgullezcan de los libros que han escrito; yo me enorgullezco de algunos alumnos que he tenido.
-Quería decirte que tus clases, profesor, me han gustado mucho, que me han servido...
En su español pedregoso, a tropezones, me habla de los autores que vimos en estos meses: de Martí, de Antonio Machado o de Borges, que es uno de los autores que más admira. De pronto, me enseña la palma de su mano derecha. Debajo del dedo índice luce el signo matemático del inifinito.
-Esto es un ¿tatuaje?... se dice así, ¿no?. Me lo hice en Pamplona. Es por Borges... él me hizo pensar... eso, pensar. La gente, hoy, sólo piensa en lo que tiene delante, es todo físico, pero Borges, aunque estaba triste como el monstruo ese del laberinto... ¿cómo se dice?
-El minotauro..
-Sí, ése era como Borges, que buscaba el infinito, y yo creo eso, que hay que ir más allá, fuera del laberinto... Por eso me he puesto el infinito en la mano, para recordar, ¿ves?
Yo sí que no puedo recordar más, pero dejemos la rosa así, tal y como está. Para qué añadir. Que otros se enorgullezcan de los libros que han escrito; yo me enorgullezco de algunos alumnos que he tenido.
viernes, 16 de marzo de 2012
El mundo por dentro
Borges, en "Funes el memorioso", imagina un hombre capaz de recordarlo todo. Si recuerda un día entero, necesita un día entero para recordarlo. Una memoria sobrehumana de este fuste, lejos de ser una bendición, es una desdicha. Funes no puede descansar porque su mente nunca se detiene. Sigue recordando hasta la extenuación. Alguna vez he pensado que este cuento es una fábula sobre la diferencia entre la información y la verdadera sabiduría (aquí). A alguno le gustó tanto la idea que hasta me plagió unas cuantas frases (acá).
Pero hoy, recién levantado y tras hacer recuento de mis últimos sueños, pienso en aquella frase de Funes: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Es verdad. Si examinásemos las infinitas tonterías que pasan a toda velocidad por nuestro cerebro a lo largo del día y de la noche, nos moriríamos de vergüenza. El monólogo interior es uno de los peores trucos literarios que se hayan inventado. Joyce intentó salvar la imbecilidad humana en su Ulises mediante el recurso del arte. Para él, el interior del hombre se parecería más a una fosa séptica que a un baúl de luces y sombras. La inmensa vaciedad de Leopoldo Bloom, su pensamientos más sonrojantes, se transforman bellamente en un sofisticado tejido de ritmos, simetrías, coincidencias. Quizá Joyce pensase que, si el ser humano no valía un pimiento, al menos él mismo se salvaba de la mediocridad jugando con las palabras. Le serviría a él, pero a mí no me consuela formar parte de los iniciados.
Otra posibilidad me la da, inesperadamente, Tomás Moro, en su maravilloso ensayo La tristeza de Cristo. Moro debió de tener tiempo para analizarse en la torre de Londres mientras aguardaba la muerte del verdugo. Por eso escribe:
Ojalá que alguna vez nos preocupásemos, inmediatamente después de terminar las oraciones, de recordar toda la sucesión del tiempo que pasamos rezando. ¡Qué estupideces veremos allí! ¡Qué necedades! ¡Cuántas cosas vergonzosas a veces! Nos extrañaremos, sin duda, de que a veces pueda ocurrir que nuestro espíritu, en tan poco tiempo, se disperse por tantos lugares a gran distancia unos de otros...
A continuación, Moro plantea el problema de una forma divertida: Imaginemos un hombre que desea suplicar un favor a un príncipe y pide audiencia, ordena que alguien le ponga un cojín y un reclinatorio, se arrodilla muy sumiso y, de pronto, comienza a bostezar, desperezarse y eructar. Así es el mundo interior de muchos. Ahora bien, no todo va a ser una montaña de basura. Moro habla también de la voluntad para remontar el vuelo y de la piedad que Dios debe tener al fijarse más en el esfuerzo de los hombres por superar su propia debilidad: "Cuando pienso en la inmensa gloria de la Majestad divina, de inmediato soy empujado a creer incluso que esas breves distracciones del espíritu, por no ser faltas capitales, proceden de la generosidad de Dios misericordioso (gracias a la cual no se digna no considerarlas mortales, no porque no lo merezcan), puesto que no puedo imaginar cómo puede darse entrada al espíritu (...) si no es por la debilidad de la fe".
Pero hoy, recién levantado y tras hacer recuento de mis últimos sueños, pienso en aquella frase de Funes: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Es verdad. Si examinásemos las infinitas tonterías que pasan a toda velocidad por nuestro cerebro a lo largo del día y de la noche, nos moriríamos de vergüenza. El monólogo interior es uno de los peores trucos literarios que se hayan inventado. Joyce intentó salvar la imbecilidad humana en su Ulises mediante el recurso del arte. Para él, el interior del hombre se parecería más a una fosa séptica que a un baúl de luces y sombras. La inmensa vaciedad de Leopoldo Bloom, su pensamientos más sonrojantes, se transforman bellamente en un sofisticado tejido de ritmos, simetrías, coincidencias. Quizá Joyce pensase que, si el ser humano no valía un pimiento, al menos él mismo se salvaba de la mediocridad jugando con las palabras. Le serviría a él, pero a mí no me consuela formar parte de los iniciados.
Otra posibilidad me la da, inesperadamente, Tomás Moro, en su maravilloso ensayo La tristeza de Cristo. Moro debió de tener tiempo para analizarse en la torre de Londres mientras aguardaba la muerte del verdugo. Por eso escribe:
Ojalá que alguna vez nos preocupásemos, inmediatamente después de terminar las oraciones, de recordar toda la sucesión del tiempo que pasamos rezando. ¡Qué estupideces veremos allí! ¡Qué necedades! ¡Cuántas cosas vergonzosas a veces! Nos extrañaremos, sin duda, de que a veces pueda ocurrir que nuestro espíritu, en tan poco tiempo, se disperse por tantos lugares a gran distancia unos de otros...
A continuación, Moro plantea el problema de una forma divertida: Imaginemos un hombre que desea suplicar un favor a un príncipe y pide audiencia, ordena que alguien le ponga un cojín y un reclinatorio, se arrodilla muy sumiso y, de pronto, comienza a bostezar, desperezarse y eructar. Así es el mundo interior de muchos. Ahora bien, no todo va a ser una montaña de basura. Moro habla también de la voluntad para remontar el vuelo y de la piedad que Dios debe tener al fijarse más en el esfuerzo de los hombres por superar su propia debilidad: "Cuando pienso en la inmensa gloria de la Majestad divina, de inmediato soy empujado a creer incluso que esas breves distracciones del espíritu, por no ser faltas capitales, proceden de la generosidad de Dios misericordioso (gracias a la cual no se digna no considerarlas mortales, no porque no lo merezcan), puesto que no puedo imaginar cómo puede darse entrada al espíritu (...) si no es por la debilidad de la fe".
miércoles, 19 de octubre de 2011
Tres motivos para escribir cuanto antes
Creo que a estas alturas de octubre tengo, por lo menos, tres motivos para escribir una entrada cuanto antes.
1) Primero: He estado fuera. En Buenos Aires y Montevideo, dos ciudades tan lejanas y tan próximas al mismo tiempo. Y en las dos, siempre que voy, me siento en casa. Buenos Aires, cálida y bullanguera, con esa mezcla tragicómica de refinamiento y horterada. Al cruzar la avenida nueve de julio, un cartel gigantesco, existencial y gruñón, con la foto de Ernesto Sábato, cubre una fachada de siete pisos. Y si uno mira para el lado de la calle Corrientes, otro mural igual de esplendoroso con cuatro tías despelotadas que no dan la impresión de utilizar el cerebro ni para ir al baño. Pongamos que uno sigue por Corrientes: se apunta al desfile de teatros, tiendas de discos y librerías estupendas (algunas sucísimas). No es raro que de pronto a uno le golpee en los ojos ese espectáculo insólito: "Borges para pibes". Pobres pibes.
Montevideo, con su grisura y su vida a medias, es algo distinto. No encandila a la primera (ni a la segunda, dirá más de uno), pero, poco a poco, se le va tomando cariño a esas veredas que parecen bombardeadas por biplanos de la primera guerra mundial. Y la gente es tranquila, entrañable. Esta vez me conseguí una bicicleta para pasear por los veintitantos kilómetros de paseo marítimo (Rambla le llaman los montevideanos). Cuando perdí de vista la ciudad, la playa era idéntica a la de Cortadura, en Cádiz. Rafael Alberti decía que se iba a Uruguay de vez en cuando para escapar de la policía de Perón en Argentina, pero eso era cuento chino, seguro: lo que de verdad le pasaba es que las playas uruguayas eran un retorno vivo a sus arenales de El Puerto de Santa María.
2) Segundo motivo para escribir antes de que se acabe el día: como me descuide, se me muere el blog. ¿Por qué tanto silencio de pronto?, se preguntará alguno, pero sobre todo me lo pregunto yo. Seguramente es porque estoy trabajando mucho, metido como estoy con un proyecto muy interesante. No me llega el tiempo ni para pasearme un ratito por el blog.
3) Y último motivo: Ayer fue mi cumpleaños. He observado que a muchos blogueros les gusta decir cuando es su cumpleaños para que les feliciten. Bueno, yo no voy a ser menos, aunque llego tarde, ya lo sé. Pero esa es la manera de que me felicite quien le dé la gana,¿no?
jueves, 30 de junio de 2011
La hipermnesia literaria
Moscú, años veinte. En la redacción de un periódico, el director llama por la mañana a todos sus reporteros para dar las instrucciones del día. Mientras va despachando soviéticamente a uno detrás de otro, repara en que un periodista joven y miope no ha traído bloc de notas para apuntar todo lo que debe decirle. "¿Qué hace usted que no escribe nada?, le espeta muy enfadado. "No lo necesito. Recuerdo todo lo que usted ha dicho", le contesta el otro muy tranquilo. Y a continuación le repite, palabra por palabra, inflexión por inflexión, sus últimos diez minutos de charla. A Solomon Sereshevsky -así se llama el periodista memorioso- se lo llevan a un famoso neurólogo para que lo estudie. El Doctor Lúrya tiene a Solomon bajo observación durante treinta años y llega a la conclusión de que es un caso increíble de hipermnesia (lo contrario de la amnesia, digamos). Se le recita, por ejemplo, una serie de cuarenta números sin relación entre sí, y Solomon la repite a la perfección. Treinta años después se le pregunta de nuevo y el conejillo de Indias vuelve a contestar sin un solo error.
Mis alumnos recordarán -nunca un verbo más oportunamente dicho- el cuento borgiano, "Funes el memorioso". Siempre lo he explicado como un relato fantástico y ahora, al conocer la increíble historia de Sereshevsky, veo que nos hundimos en el tópico de que la realidad iguala, o supera, a la ficción.
Desde luego, hay paralelos. Señalaré tres:
1) Lúriya diagnosticó a Shereshevski una forma sumamente fuerte de sinestesia, por la cual el estímulo de uno de sus sentidos produce una reacción en los demás. Por ejemplo, si Shereshevski oía un tono musical él veía un color inmediatamente, un toque activaría una sensación de sabor y así sucesivamente por cada uno de los sentidos.
Y en Borges leemos:
"Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra [...] Esos recuerdos no eran simples; cada imagen estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc."
2) A Solomon le costaba recordar las caras de las personas, porque le parecían muy cambiantes.Por su parte, el ficticio Funes recordaba "las muchas caras de un muerto en un velorio" o "su propia cara en el espejo, sus propias manos lo sorprendían cada vez".
y 3) Solomon, en cierta ocasión fue a comprar un helado, pero la respuesta de la vendedora le trajo de golpe una catarata de recuerdos (una avalancha de carbón y cenizas, dice) que le impidió seguir hablando. La permanente acumulación de recuerdos le impedía, en definitiva, llevar una vida normal y trató desesperadamente de olvidar. Borges, por su parte, da un toque poético a una experiencia semejante de su personaje:
"Funes sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de espuma que un remo levantó en Río Negro". Como Solomon, a Funes esta monstruosa memoria lo destruye vitalmente. Su único afán es dormir y olvidar sus infinitos recuerdos.
¿Se inspiró Borges en el memorioso Solomon para su relato? Sin duda lo conoció, porque en su despacho de la Biblioteca Nacional tenía el libro de Lúrya The Mind of a Mnemonist, dedicado a su asombroso caso (Laura Rosato y Germán Álvarez, Borges, libros y lecturas, Bs As, 2010, p. 233). La fecha de este libro (1969), sin embargo, es posterior a "Funes...". Pero entonces, ¿cómo explicar estas y otras coincidencias? De todas formas, se inspirase o no, la literatura borgiana sigue siendo un eterno laberinto de la memoria.
lunes, 13 de junio de 2011
Borges y el patchwork
Muy pocos escritores hispánicos han alcanzado una repercusión tan universal como la de este argentino con fama de conservador en política, irreverente en literatura y escéptico en casi todo lo demás. Superando las fronteras de la literatura en lengua española, tantas veces desoída en el mundo francés o anglosajón, su obra ha encandilado a filósofos, críticos literarios, científicos, historiadores y gurús de la posmodernidad como Foucault, Braudillard, Eco, Bloom, Genette, Paul de Man o Steiner. ¿Cómo ha podido suceder esto? El gran descubrimiento de Borges, si se puede decir así, ha sido comprender, antes que nadie en pleno siglo XX, un viejo adagio latino: que no hay nada nuevo bajo el sol. O, dicho de otro modo, que la originalidad en la cultura es un mito moderno y que la literatura se basa en la repetición con variaciones de unos cuantos temas fundamentales. Por eso, si algo caracteriza a su literatura, es su increíble capacidad para combinar los fragmentos más dispares del saber universal: una cita literal de la Estética de Croce con una referencia budista, un tratado de mística medieval con unas palabras de Shakespeare. El vertiginoso inventario de menciones a otros textos leídos anteriormente da como resultado una obra única, elaborada en un castellano depurado y singular. Y, por encima de todo, una rarísima paradoja: Borges, el escritor que hizo del saqueo de las obras de otros su seña de identidad, ha sido citadísimo por tirios y troyanos. Aquí y allá salen a voleo sus sentencias sorprendentes, iluminadoras. Una cita suya puede ser provocativa (“La metafísica es una rama de la literatura fantástica”), romántica (“No nos une el amor sino el espanto./ Será que por eso que la quiero tanto”), existencial (“Ya somos el olvido que seremos”), o incluso atmosférica (“La lluvia es una cosa que sucede en el pasado”)…
Hoy en día la tormenta de ideas del maestro argentino ha encontrado su refrendo en la literatura y más allá. Hay todo un arte del patchwork y el reaprovechamiento de materiales ajenos que va desde las alusiones literarias de Blade Runner o Matrix hasta la puesta en escena de Lady Gaga o los guiños cinéfilos de los Simpson. Borges lo vio antes que todos ellos.
(publicado en La gaceta, en el aniversario de la muerte de Borges, coincidiendo también con el de la muerte de Chesterton, cincuenta años antes).
martes, 7 de junio de 2011
Ya somos el olvido que seremos
El 25 de agosto de 1987, Héctor Abad Gómez, médico de profesión, fue acribillado a balazos en una calle de Medellín. En el bolsillo de su camisa se encontró un listado de las personas amenazadas por los sicarios -entre ellos, él mismo-, y un desconocido soneto firmado por Jorge Luis Borges. El hijo del finado, el novelista Héctor Abad Faciolince, escribió tiempo después un libro de homenaje a su padre, un hombre culto y honesto que pagó con la vida su defensa de los derechos humanos. El título del aquel libro (El olvido que seremos) citaba , recortado, el maravilloso endecasílabo que daba pie al secreto poema de J.L.B.
Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y del término, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.
Quizá el arranque es demasiado poderoso y la temperatura se va perdiendo, sobre todo a medida que nos internamos en la segunda mitad del poema. Pero todo soneto tiene sus cumbres y sus valles. Y aquí hemos subido muy alto en el inicio. Ahora bien, lo más curioso de todo el asunto relacionado con el presunto poema de Borges es que éste nunca lo incluyó en sus Obras completas. Más aún: en aquel entonces no se sabía que lo hubiera publicado nunca. ¿Cómo había llegado a un culto médico de Medellín, Colombia, desde la lejana Argentina? ¿No sería un apócrifo? Ya ha habido antecedentes como el desdichado "Instantes" que se pasea con éxito inmerecido por internet.
El caso es que el otro día mi amigo y colega Andrés Eichmann me hizo llegar un libro reciente que trata de descifrar los vericuetos por los que ese enigmático poema sobre la muerte terminó entre los últimos efectos personales de Héctor Abad Gómez. Los falsificadores de Borges de Jaime Correas (Buenos Aires, Alfaguara, 2011) sigue un intrincado rastro de casualidades, falsificaciones, coincidencias, manipulaciones y anécdotas asombrosas hasta dar con el origen en una heroica revista de estudiantes universitarios publicada en Mendoza, Argentina, durante los años ochenta. El libro se lee como una pequeña novela de suspense filológico, en donde no faltan esos personajes estrafalarios que pueblan la vida literaria de todos los tiempos. Y, al final, queda la sensación de que la vida, laberíntica y misteriosa, ha imitado a la literatura de Borges.
Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y del término, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.
Quizá el arranque es demasiado poderoso y la temperatura se va perdiendo, sobre todo a medida que nos internamos en la segunda mitad del poema. Pero todo soneto tiene sus cumbres y sus valles. Y aquí hemos subido muy alto en el inicio. Ahora bien, lo más curioso de todo el asunto relacionado con el presunto poema de Borges es que éste nunca lo incluyó en sus Obras completas. Más aún: en aquel entonces no se sabía que lo hubiera publicado nunca. ¿Cómo había llegado a un culto médico de Medellín, Colombia, desde la lejana Argentina? ¿No sería un apócrifo? Ya ha habido antecedentes como el desdichado "Instantes" que se pasea con éxito inmerecido por internet.
El caso es que el otro día mi amigo y colega Andrés Eichmann me hizo llegar un libro reciente que trata de descifrar los vericuetos por los que ese enigmático poema sobre la muerte terminó entre los últimos efectos personales de Héctor Abad Gómez. Los falsificadores de Borges de Jaime Correas (Buenos Aires, Alfaguara, 2011) sigue un intrincado rastro de casualidades, falsificaciones, coincidencias, manipulaciones y anécdotas asombrosas hasta dar con el origen en una heroica revista de estudiantes universitarios publicada en Mendoza, Argentina, durante los años ochenta. El libro se lee como una pequeña novela de suspense filológico, en donde no faltan esos personajes estrafalarios que pueblan la vida literaria de todos los tiempos. Y, al final, queda la sensación de que la vida, laberíntica y misteriosa, ha imitado a la literatura de Borges.
jueves, 24 de marzo de 2011
Retrato del adolescente posmoderno
Retrato del adolescente posmoderno: Uno de los nuestros se va con el colegio a una excursión cultural a Madrid. Cuando su madre, siguiendo el instinto de la especie, le llama al móvil, el chaval le contesta:
-¡Joder, Mamá! ¡No me llames, que estoy en el puto teatro!
Dos días después, 8 de la tarde. En las inmediaciones del baño, el mismo hijo se ¿pelea?, ¿juega?, con otro revolcándose en el suelo. Cuando voy a separarlos, me mira desde abajo con cara de guasa y grita:
-¡No! ¡no! ¡no! He visto el Aleph! ¡He visto el Aleph!
Cada vez los entiendo menos.
-¡Joder, Mamá! ¡No me llames, que estoy en el puto teatro!
Dos días después, 8 de la tarde. En las inmediaciones del baño, el mismo hijo se ¿pelea?, ¿juega?, con otro revolcándose en el suelo. Cuando voy a separarlos, me mira desde abajo con cara de guasa y grita:
-¡No! ¡no! ¡no! He visto el Aleph! ¡He visto el Aleph!
Cada vez los entiendo menos.
jueves, 24 de febrero de 2011
Travesuras borgianas
Jorge Luis Borges (Georgie, para los íntimos) se llevaba fatal con el marido de su hermana Norah, el crítico español Guillermo de Torre. Sobre esta cuestión hace poco me pasaron este divertido testimonio de la escritora chilena María Luisa Bombal:
(Testimonio de Bombal, recogido por Ágata Giglio, María Luisa, Santiago de Chile, Andrés Bello, 1985, págs. 85-86)
Estábamos comiendo una noche doña Leonor, Norah Borges, su marido Guillermo de Torre, Jorge Luis y yo. Guillermo, con su acento español, empezó a decir: "... que los escritores latinoamericanos no saben castellano", "que no hay escritores en Latinoamérica", etc. Esto delante de Georgie, que ya había publicado gran parte de su obra poética, y delante de mí, que había publicado La última niebla y La amortajada. La señora Leonor y Norah se levantaron de la mesa, un poco avergonzadas; pero Guillermo, no contento con lo que había dicho, fue a buscar un libro de Azorín y empezó a leerlo en voz alta, para enseñarnos lo que era el castellano. Al poco rato, preocupado porque doña Leonor y Norah no volvían, se levantó de la mesa él también. Georgie y yo seguimos hojeando a Azorín. "Este libro es una lata", dije yo. "Es mucho mejor lo nuestro". Jorge Luis me contestó: "Tienes razón. Corrijámoslo". Y empezamos. Poníamos los signos que se usan para la corrección de las pruebas de galera, por ejemplo, "cambiar el adjetivo con sustantivo", "suprimir", "invertir orden", etc. Le pusimos también notas marginales como "mal gusto", "repetido", y tachamos párrafos enteros, escribiendo otros en reemplazo. Georgie dictaba, y era yo la que escribía obediente. Todo quedó con mi letra: su pluma no aparece. Bueno, al día siguiente, doña Leonor me llamó temprano, a las ocho de la mañana, para decirme que no le abriera a Guillermo, que quería matarme: el libro le había sido dedicado por el propio Azorín; Jorge Luis había puesto cara de inocente, diciendo que me había visto escribir algo, pero no sabía qué.
(Testimonio de Bombal, recogido por Ágata Giglio, María Luisa, Santiago de Chile, Andrés Bello, 1985, págs. 85-86)
viernes, 26 de noviembre de 2010
Las bromas de Borges
Hoy hablo de filología, pero no se me escapen a otro blog, que prometo que la cosa será ligerita. Del último viaje a Argentina me traje un tomazo, el volumen primero de las Obras completas de Borges en edición crítica, rigurosa novedad mundial. Al llegar a casa, abro el libro y veo que los editores se han molestado en meter las muchas variantes que Borges introdujo en sus primeros libros de poesía. Muy bien. Luego, sigo por la obra en prosa mientras pienso en cómo puedo aprovechar las notas a pie de página para mis clases en la universidad. Entonces me detengo en uno de los relatos que más me gusta comentar con mis alumnos: "La muerte y la brújula". Se trata, como todos los borgianos saben, de un pastiche de novela policíaca en el que se disfrazan numerosas referencias al Buenos Aires de la época. Lo malo es que en las notas no salen ni la mitad de ellas y alguna se pretende explicar con datos a medias. Así, del personaje de Ernst Palast se dice en nota que es "posiblemente una referencia velada a algún personaje de la época, periodista o escritor de filiación nacionalista". No me considero un experto, pero digo yo que el sujeto aludido debe de ser Ernesto Palacio, un conocido de Borges del que éste se rio en varias ocasiones. Ya con algo de malicia, me voy a "La biblioteca de Babel", en concreto al párrafo inicial en el que se describe la infinita biblioteca compuesta de innumerables celdas hexagonales, todas ellas con la misma disposición. Al final de la descripción, Borges habla de :
... un angosto zaguán, que desemboca a otra galería, idéntica a la primera y a todas. A la izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales.
Esto es lo que lee en la edición crítica. Pero uno se pregunta: ¿qué es eso de las "necesidades finales"? Ya se ve que los desventurados bibliotecarios que viven en las celdas sólo pueden dormir de pie... pero, ¿y esas necesidades? Si vamos a la primera edición de 1942 nos enteramos de que, en realidad, Borges no puso "necesidades finales", sino "necesidades fecales". De ahí el aspecto cómico del pasaje: pobres bibliotecarios que no tienen sitio ni para hacer caca... En fin, puede ser que algún corrector de estilo pudibundo pensara que aquello era indecente y lo cambió en la primera edición de las Obras completas de 1977, sobre la que se basa la actual.O tal vez Borges, ya viejito, fue el responsable del cambio, yo qué sé. Pero, en cualquier caso, "necesidades fecales" se entiende demasiado bien, y "necesidades finales", no. Los editores actuales debieron fijarse en esa minucia, aunque fuera un chiste cochino y lo hubiera firmado Borges.
lunes, 18 de octubre de 2010
Extrañas coincidencias
En su diario Bioy Casares anota que un día le comunicó a Borges:
-Dentro de unos días viene Enrique Anderson Imbert a Buenos Aires.
-Dentro de unos días viene Enrique Anderson Imbert a Buenos Aires.
A lo que el otro respondió:
-Qué bien, en medio de tanta gente, a lo mejor tendremos la suerte de no encontrárnoslo.
Borges se equivocaba: en Buenos Aires te encuentras a todo el mundo. El otro día había quedado yo en la avenida de Mayo con una amiga escritora y, antes de llegar, vi a un colega español comiendo tranquilamente tras la vidriera de un restaurante.
-Pero, ¿qué haces aquí?
-Pues nada, yo, de paso para Paraguay me he quedado un día. ¿Y tú?
-Yo voy a ver a M. a una cuadra de aquí.
-Ah, pues te acompaño, porque también quería saludarla.
Ahora vuelvo de una visita a un museo de arte latinoamericano, el MALBA. Mientras estaba intentando que me gustara un cuadro de Botero, escuché una voz detrás:
-¿Javier?
Zas, una ex-alumna que está cursando un semestre en una universidad de acá.
No digo yo que estas coincidencias no sean agradables, que lo son. Pero el asunto empieza a inquietarme. Si sólo llevo unos pocos días y ya me he encontrado con dos personas conocidas, ¿qué me sucederá en el futuro? Las posibilidades de otros encuentros menos felices aumentan. ¿Y si, por ejemplo, mañana me encuentro, un suponer, a Zapatero buscando libros de su autor favorito, Borges, en una librería de la calle Corrientes? Lo mejor es que haga ya las maletas y salga de esta ciudad tan atrayente.
jueves, 17 de septiembre de 2009
Borges por Bioy, una vez más

Es curioso el interés que continúa produciendo el enorme volumen del diario de Bioy Casares sobre Borges. Se han dicho muchas cosas, algunas favorables y otras bastante negativas. La última, bastante sensata aunque disiento en algunos puntos, la he visto firmada por Mabalot. No pocos han llegado a la conclusión de que Bioy siguió el ejemplo de Boswell junto al doctor Johnson: algo así como el mediocre que, embobado, toma nota de todo lo que ve y escucha del genio durante décadas. La comparación me resulta injusta para el autor de una novela tan extraordinaria como El sueño de los héroes, además de otros libros notables. Se suele olvidar que el mamotreto de mil páginas sobre Borges es, en realidad, una selección organizada por el propio Bioy y Daniel Martino, amigo personal, investigador y editor del autor de La invención de Morel en sus últimos años. Por lo demás, Bioy, en realidad, había escrito un diario larguísimo a lo largo de más de cuarenta años por lo menos, donde hablaba de todo y donde, por supuesto, salió muchas veces su amistad con Borges. Algo se ha publicado ya, pero queda más, seguro.
A otros comentaristas les ha llamado la atención la reiterada frase "Borges come en casa". Bien, es verdad que es un rollo leer esto una y otra vez, pero qué se le va a hacer: son las servidumbres del género. Se trataba de un diario, no lo olvidemos, y en un diario se cuenta toda clase de minucias. Además, Borges era probablemente un gorrón. Su afición por quedarse a comer (a cenar, en español de España) se puede ver, por cierto, en unas líneas de su maravilloso cuento "El aleph", en donde el autor se ríe de sí mismo.
Un hallazgo para otros ha sido la malicia con que hablan Borges y Bioy de tantos colegas o de la literatura española. Pues vaya descubrimiento. Los dos eran tímidos, y ya se sabe que la ironía es el arma de los tímidos inteligentes. Y que los dos eran unos maldicientes incurables, basta descubrirlo leyendo los libros que firmaron al alimón. Dicen que cuando Borges y Bioy se encerraban a escribir juntos, se escuchaban sus carcajadas casi desde la calle. Algunas maldades que suelta Borges en el diario son francamente divertidas, como cuando Bioy le dice que el escritor y crítico Enrique Anderson Imbert viene a Buenos Aires, y el otro le contesta: "Qué bueno, entre tanta gente como hay, siempre tendremos la oportunidad de no encontrárnoslo".
Ahora bien, la cuestión más práctica es si vale la pena leer (o comprar) el libro. A mí los dos personajes me resultan simpáticos y he leído -no sé si entero-, Borges por Bioy con placer. En medio de tanta paja como hay, se encuentra oro de vez en cuando: una anécdota curiosa, un juicio inteligente y, de vez en cuando, alguna sorpresa real. No sabía yo, por ejemplo, que a Borges le interesara la figura de Jesucristo. Bioy Casares, descreído y liberal, anota en unas pocas ocasiones -tres o cuatro-, sus conversaciones sobre los Evangelios y cómo Borges se irrita ante ciertas teorías heterodoxas sobre Jesús o cómo, al releer una frase de Cristo en la Cruz ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"), Borges concluye desconcertado: "Es tan contradictorio, tan increíble, que va a ser verdad todo lo que cuentan los evangelistas".
¿Vale la pena leerlo, en definitiva? Borges por Bioy Casares es un volumen pensado para un tipo de lectores muy particular. Hay que leerlo a saltos, como corresponde a esta clase de libros que son verdaderos cajones de sastre. Da igual que comencemos por la página 356 y sigamos por la 722. Hay que perder el miedo a pensar que uno nunca lo ha terminado: sólo así se puede disfrutar de él, como, por cierto, suele ocurrir con toda la literatura.
¿Vale la pena leerlo, en definitiva? Borges por Bioy Casares es un volumen pensado para un tipo de lectores muy particular. Hay que leerlo a saltos, como corresponde a esta clase de libros que son verdaderos cajones de sastre. Da igual que comencemos por la página 356 y sigamos por la 722. Hay que perder el miedo a pensar que uno nunca lo ha terminado: sólo así se puede disfrutar de él, como, por cierto, suele ocurrir con toda la literatura.
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