Mostrando entradas con la etiqueta Rusia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rusia. Mostrar todas las entradas
viernes, 22 de junio de 2012
Bondades del escritor perezoso
No ha sido por pereza que he dejado el blog momentáneamente. Aunque la pereza es buena para la literatura, como se demuestra aquí.
lunes, 14 de mayo de 2012
La literatura o la vida
En las clases del Civican estamos con los escritores de la época soviética: Bábel, Ajmátova, Pasternak, Mandelstam, Bulgákov. El martes hablé algo de éste último y de El maestro y margarita, una historia delirante en la que el diablo y sus secuaces bajan al Moscú de los años treinta y se dedican a hacer toda clase de gamberradas a costa de los dirigentes soviéticos. Escrita en la época de Stalin, estuvo prohibidísima hasta la época de Gorbachov. Me cuenta una colega rusa que El maestro y Margarita la trajo en una versión clandestina su madre a mediados de los años ochenta. La leyeron en dos días, porque había que devolverla cuanto antes, no fueran a pillarlos con las manos en el libro. Con qué emoción se leería aquella novela admirada por su genio literario y su valentía moral. Qué importancia especial se le daría a cada página, devorada a toda prisa, recorrida con toda atención, como si de un texto sagrado se tratase. A veces pienso si la literatura, como algunas virtudes, no necesitará de presiones externas para desarrollarse y producir buenos frutos. Y al revés: si las sociedades inmaduras y opulentas no serán incapaces de tomarse en serio nada, incluso la literatura. Otro tipo apasionante es Ossip Mandelstam. Condenado al ostracismo, lo mataron de forma misteriosa en un penal de Vladivostok. Tras la muerte de Stalin, sus poemas se recuperaron gracias a la buena memoria de su esposa, que los había llevado en la cabeza durante años por temor a que las autoridades le encontraran papeles de su difunto en un registro. A Mandelstam lo descubrí gracias a una espléndida traducción de Aquilino Duque. Uno de sus poemas mejores lo puse ya en el blog. Otro que me gusta mucho lo copio aquí:
Leer tan sólo libros infantiles,
y tener infantiles las ideas.
Todo lo grande dispersarlo lejos,
resurgir de lo hondo de la pena.
Mortalmente cansado de la vida,
no espero nada de ella,
pero amo la pobre tierra mía
porque otra nunca viera.
Yo me mecía en un jardín lejano,
en un simple columpio de madera,
y unos abetos altos, negros,
recuerdo en el delirio de la niebla.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Más vodka
En la entrada de anteayer, Víctor González hacía un comentario muy sugerente sobre los orígenes del alcoholismo en Rusia. A lo que él señalaba se complementa este otro fragmento de El baile de Natacha que, me parece, nos habla también de algunos riesgos del libre comercio, además de relativizar ciertos signos nacionales (la afición por el vodka, en este caso), que parecen ser "eternos" y que, en realidad, han surgido de un interés mercantil:
Entre 1841 y 1859 murieron mil personas al año por exceso de bebidas alcohólicas. Sin embargo, sería erróneo llegar a la conclusión de que en Rusia el alcoholismo era endémico o una práctica arraigada. De hecho, no fue hasta el período moderno -que comenzó a finales del siglo XVIII- que el nivel de consumo en Rusia se convirtió en una amenaza para la vida de la nación; e incluso en aquel entonces se trataba de un problema que, en esencia, había sido inventado por la pequeña aristocracia y por el Estado mismo. En la segunda mitad del siglo XVIII los destiladores de la clase acomodada aumentaron muchísimo su producción. Con la reforma de los gobiernos locales de 1775, que transfirió el control de policía a los magistrados de la aristocracia, el Estado dejó de fiscalizar el floreciente comercio minorista, legal o ilegal, y esto enriqueció sobremanera a los vendedores de vodka. (...) La Iglesia planteaba la cuestión constantemente, haciendo vehementes campañas contra las tiendas de bebidas (...) Pero como el Estado obtenía de las ventas de vodka al menso un cuarto del total de sus recaudaciones, y la aristocracia tenía intereses creados en este comercio, no hubo muchas presiones para hacer efectiva esta reforma.
sábado, 18 de diciembre de 2010
El baile de Natacha
Desde hace meses voy leyendo a sorbitos un libro gordísimo, pero interesante, El baile de Natacha. Una historia cultural rusa de Orlando Figes. Es la crónica apasionante de un camino penoso. A saber, de cómo Rusia fue pasando de ser un estado medieval y bárbaro a fines del siglo XVIII a otro, con aspiraciones de modernidad pero caótico y disparatado. Repasamos la vida cotidiana de nobles y siervos, la obra de artistas e intelectuales, la agricultura, las fiestas, la política, la gastronomía, las ciudades o la educación y la vida familiar. Así, me entero de que entre los hijos de nobles, era corriente que los niños fueran confinados en apartamentos separados dentro la casa de sus padres, donde se alimentaban y vivían junto a sus criados y preceptores. No veían a sus progenitores durante meses. Podría decirse que, en esta esfera, como en otras de la vida cotidiana, los rusos, obsesionados con parecerse a los occidentales, hacían, sin quererlo, una caricatura de sus modelos. Si en la Europa del XIX (y aun antes), los padres distantes eran la norma, en Rusia decían: "¿No quieres té? Pues toma tres tazas".
Los niños acababan queriendo más a sus nodrizas. Me ha hecho gracia este párrafo autobiográfico de las memorias de un hidalgo ruso, en donde recuerda enternecido a su aya que le convirtió durante su infancia en un inútil incapaz de ponerse solo los calcetines:
Como Fevronia Stepanovna me lo consentía todo sin cesar, me convertí en un niño llorón y en un verdadero cobarde, cosa que llegué a lamentar cuando me incorporé al ejército. La influencia de mi niñera paralizó los intentos de todos mis preceptores masculinos para endurecerme (...) Años después, cuando, ya hecho un joven oficial, regresé al hogar, ella había dispuesto dos habitaciones en la casa para mí, pero eran como el cuarto de los niños. Cada día ponía manzanas en mi cama. Le ofendía que yo hubiera traído a mi ordenanza, puesto que consideraba su obligación servirme. Se escandalizó cuando descubrió que yo fumaba, y no me atreví a contarle que también bebía. Pero el golpe mas fuerte se produjo cuando partí a combatir a los serbios. Trató de disuadirme hasta que, una noche, declaró que me acompañaría al frente. Viviríamos juntos en una pequeña cabaña y mientras yo iba a la guerra ella limpiaría la casa y prepararía la cena. Luego, en los festivos, pasaríamos el día juntos horneando pasteles, como habíamos hecho siempre, y cuando la guerra llegara a su fin regresaríamos al hogar con medallas en el pecho. Me fui a dormir plácidamente, imaginando que la guerra era tan idílica como ella decía.Se me ocurren varias cosas al releer este párrafo. Una, que la maternidad no es sólo un instinto biológico, sino que también tiene mucho de cultural. Y dos, que ciertos valores que defendemos unos cuantos (la participación directa de los padres en la educación de los hijos, por ejemplo) no tienen su origen histórico en las formas tradicionales de la familia, sino en conductas más modernas que poco tienen que ver con la Rusia del siglo XIX o, por qué no decirlo, en la atrasada España de la misma época. La literatura infantil, los manuales de educación familiar o -por supuesto- la reivindicación de la realización de la mujer en la familia y en el trabajo-, se consagran en la modernidad burguesa, y no en etapas anteriores, quizá más acordes en términos filosóficos o religiosos con una forma cristiana de pensar, pero en la que no viviríamos nunca si, por arte de magia, nos transportaran hasta el siglo XII. La historia es complicada y no se puede dividir en compartimentos estancos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)