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miércoles, 29 de enero de 2014

El discurso de las medallas de plata

Veinticinco años ya. Cuando cumples un cuarto de siglo como empleado de la Universidad de Navarra, se te distingue con un acto en el que se lee una semblanza de cada uno de los trabajadores y se te entrega una medalla de plata conmemorativa. Es un detalle bonito por parte de una empresa muy cercana a todos nosotros. Además, uno, como es un poco infantil, esperaba con cierta ilusión que le tocase un año de estos. Lo que no esperaba es que me encargasen que escribiera y pronunciara el discurso final en nombre de todos mis compañeros. Fui al acto con un poco de fiebre y acompañado de toda la familia en formación de columna.
A la salida, entre la gente que daba y recibía parabienes, me esperaban mis cinco hijos en rarísima unanimidad: estaban felices al mismo tiempo y se echaron sobre mí. Esto no pasaba, por lo menos, desde que el mayor tenía ocho o nueve años, y ya ha llovido. Total: que esa felicitación me supo a gloria. Y las otras que vinieron, miel sobre hojuelas.

A continuación, para el que tenga paciencia, incluyo mi discurso de agradecimiento en nombre de todos los empleados homenajeados:



Excmo. Sr. Rector Magnífico, queridos compañeros, familiares y amigos:


Veinte años no es nada, dice, un poco mentirosamente, el tango. En realidad, ya son bastantes y más aún, otros cinco, que son los que hemos cumplido dentro de esta empresa íntimamente nuestra, porque forma parte entrañable de nuestra vida. En los minutos que siguen, les invito a que detengamos los relojes y hagamos un pequeño viaje en el tiempo desde que llegamos a trabajar aquí por primera vez. Empecemos en el año 1989, punto de encuentro con el cuarto de siglo que conmemoramos hoy. En la madrugada del 9 de noviembre el muro de Berlín se desplomó. A esa misma hora, alguien, uno de nosotros, empezaba animoso su turno de noche en la Clínica. Dos años más tarde, 2 de agosto de 1991: en medio de una calma veraniega sin noticias, el ejército de Sadam Hussein invadió Kuwait; muy lejos de allí, en el campus los surtidores silenciosos empezaron a regar con su agua generosa. Alguien, uno de nosotros, cuidó de que así fuera. 16 de mayo de 1995: una muchedumbre de admiradores desfilaba por la capilla ardiente de la cantante Lola Flores en Madrid. En esos instantes, alguien, uno de nosotros, atendió con una sonrisa a unos alumnos desde detrás del mostrador. El tiempo pasó, pasaron las hojas del calendario, siguieron pasando a nuestro lado las noticias de la Historia. 5 de julio de 1996: la ovejita Dolly fue clonada en medio de ovaciones mundiales; entretanto, a esas mismas horas, alguien, uno de nosotros, revisaba minucioso la corrección de una cita bibliográfica, ese número de página que añadir o aquel comentario que abreviar. Y siguió corriendo la red barredera del tiempo, y siguió llevándose las noticias, una detrás de otra. Año 2003: en los calientes meses del Prestige y las guerras de oriente, cuando Letizia Ortiz cambió de lado en los telediarios, alguien, uno de nosotros, ayudó a salvar unas cuantas vidas desde su despacho médico.
Jueves, 30 de octubre 2008: la Historia con mayúsculas, que había estado corriendo todos estos años a nuestro lado, invadió el campus con su cara más horrible. Poco antes de las once de la mañana, una bomba de odio explotó en el edificio Central y nadie salió herido de gravedad. En los meses siguientes, casi tan milagroso como aquello fue comprobar que se continuó trabajando como si nada hubiera sucedido. Todos nosotros insistimos en lo nuestro: atendiendo estudiantes, contestando correos, visitando enfermos, catalogando libros, publicando artículos, limpiando quirófanos, operando pacientes, tramitando documentos, presentando proyectos, poniendo inyecciones, suscribiéndose a revistas, cuidando edificios, rellenando papeles, dirigiendo tesis, defendiendo tesis, firmando expedientes... Y así, a fin de cuentas, en medio del rutinario rún run de nuestro quehacer fuimos entendiendo que todo lo que pasa, pasa afuera, pero todo lo que queda es lo que podemos hacer dentro de nuestra universidad. La Historia cambia, pero los principios permanecen. No de otra manera ha discurrido el trabajo de todos nosotros: tan silencioso y constante como los surtidores del campus. A lo largo de veinticinco años, mientras el mundo se transformaba a cada instante con ruido, furia y noticias, en nuestra universidad se trabajaba, quasi in occulto, confiados en lo pequeño, porque en el cuidado de las cosas pequeñas (así lo íbamos aprendiendo) se esconde lo hermoso y lo importante. Por eso, haber trabajado aquí ha sido un privilegio. En esta Universidad se nos ha demostrado a todos que lo verdaderamente valioso de nuestra actividad está en el servicio a los demás, sin que cuente el tamaño, grande o pequeño, de nuestros deberes.
Dice Shakespeare en El mercader de Venecia: "La misericordia es como la plácida lluvia del cielo que cae sobre un campo y la fecunda. La gracia del don bendice a quien da y a quien recibe". Uno siente que habla por los demás si digo que nos sentimos hondamente honrados por este don, en otras palabras, el reconocimiento público que se nos hace; pero, a la vez, es de justicia proclamar que con este gesto hacia nosotros la Universidad de Navarra se ennoblece y, fiel a sí misma, nos enseña todavía más. Ella, al habernos dado ejemplo cada día, retorna más amable a nuestros ojos. Esta es, pues, la lección que hoy se nos ofrece: la gracia del don también recae en el que da. En efecto, tanto se nos ha regalado en estos 25 años, que sobre la Universidad que nos ha acogido vuelve ahora, de nuevo, la gracia del don y vuelven ahora los aplausos.

Muchas gracias.

miércoles, 12 de junio de 2013

Birretes

Junio, en la universidad, es tiempo de birretes. Cada año imponen a los nuevos doctores esos gorritos en un acto académico de gran pompa y circunstancia. Tengo delante un marco de plata con dos fotografías de hace mucho tiempo. Se hicieron en el aula magna con un intervalo de dos años entre una y otra. En la imagen de encima estoy muy serio inclinando todo el cuerpo, mientras el Rector de aquella, como diría mi suegra, me ajusta el birrete con cuidado profesional. Ese doctorando que era yo ha calculado bien lo que le espera. Su gesto es como fue su tesis doctoral: perfecto y anodino.
En la foto de abajo está mi mujer, en la misma situación que yo, pero dos años después. Se le está cayendo el gorro de la cabeza y sube una mano para evitar el accidente en medio del aula magna. Le brillan los ojos y tiene una sonrisa preciosa. Seguramente el birrete le trastabillea porque Alejandro Llano, el nuevo Rector, la felicita sacudiéndole la mano con sus dos manos. También él sonríe: se le nota que está contentísimo porque aprieta mucho la boca. Al fondo un borroso Leonardo Polo, otro maestro suyo, aplaude con manos de cíclope.
Ahora me parece que estamos M. y yo como un símbolo de otras cosas a lo largo de nuestra vida. No hay un detalle incómodo en mi foto: todo encaja demasiado bien.  En cambio, en la imagen de ella todo está menos premeditado y a punto de descacharrarse. Pero el corazón del espectador se va detrás de la protagonista.

jueves, 14 de marzo de 2013

Habemus

Hace ocho años M. andaba, como siempre, trajinando por la casa (normal), pero por una vez prestó atención a lo que ponían en la tele (extraordinario). Estaban con la elección del Papa, el futuro Benedicto XVI. Como no podía perder tiempo, mandó a un emisario, L. (cinco años en aquel entonces), a que le contara quién iba a ser el elegido. Al poco rato, el niño llegó corriendo hasta ella y, con los ojos muy abiertos, le informó:
-¡¡¡El nuevo Papa se llama Habemus!!!
Bueno, pues eso: Habemus de nuevo. Todos los Papas son distintos, pero todos son iguales.

Y, entre las singularidades de éste, es argentino y le gusta Leopoldo Marechal. Para empezar, muy bien...

miércoles, 3 de octubre de 2012

Don Quijote, cap. 7, primera parte (actualizado)



Aquella noche [quemó y abrasó] escondió [el ama] el padre [cuantos libros] cuantas Wii, Nintendos y Plays Station había en [el corral y] en toda la casa, y tales debieron de [arder] desaparecer que merecían guardarse en perpetuos archivos; [mas no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador], y, aunque no todos los niños estaban enviciados, así se cumplió el refrán en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores.
Uno de los remedios que [el cura y el barbero] los padres dieron por entonces para el mal de [su amigo] sus hijos fue que les [murasen y tapiasen] cerrasen en un armario bajo llave [el aposento de los libros] el televisor, porque cuando se levantasen no lo hallasen—quizá quitando la causa cesaría el efeto—, y que dijesen que [un encantador] Iron man se [los] había llevado los juegos, [y el aposento] y el televisor y todo; y así fue hecho con mucha presteza. De allí a dos días, se levantó [don Quijote] uno de los hijos más abducidos por la pantalla, y lo primero que hizo fue ir a [ver sus libros] jugar con las maquinitas; y como no hallaba [el aposento] el televisor donde le había dejado, andaba de una en otra parte buscándole. Llegaban adonde solía [tener la puerta] estar, y tentaba el mueble con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir palabra; pero al cabo de una buena pieza preguntó a [su ama] su madre que hacia qué parte estaba [el aposento de sus libros] el televisor, los juegos, la consola y toda la pesca. [El ama] La madre, que ya estaba bien advertida de lo que había de responder, le dijo:
—¿Qué [aposento] tele o qué [nada] puñetas buscas [vuestra merced]? Ya no hay [aposento ni libros] jueguecitos con los que perder el tiempo en esta casa, porque todo se lo llevó el mesmo diablo.
—No era diablo —replicó [la sobrina] el padre—, sino [un encantador] Iron man que vino sobre una nube una noche, después del día que [vuestra merced] de aquí [se partió] te fuiste al cole, y, apeándose de [una sierpe] una moto voladora en que venía montado, entró en el aposento, y no sé lo que se hizo dentro, que a cabo de [poca pieza] poco rato salió volando por el tejado y dejó la casa llena de humo; y cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos [libro ni aposento alguno] ni uno de esos p… juegos vuestros: solo se nos acuerda muy bien a mí y [al ama] tu madre que al tiempo del partirse aquel [mal viejo] súper héroe dijo en altas voces que por enemistad secreta que tenía al dueño de [aquellos libros y aposento] aquellos juegos dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería. Dijo también que se llamaba [«el sabio Muñatón»] el sabio Monjamón.
—[«Frestón»] «Pokemón» diría —dijo [don Quijote] el niño.
—No sé  respondió [el ama] la madre— si se llamaba [«Frestón»] «Pokemón» o [«Fritón»] «Pokomón»; sólo sé que acababa en -ón el nombre.

jueves, 26 de abril de 2012

El ímpetu cruel de mi destino

Tengo que despertar a uno de mis hijos mayores y me voy orientando en su habitación a oscuras hasta que subo de golpe la persiana para que entre la luz. Él empieza a proclamar con una voz muy rara:
-Grññmmrmmmgruñfxllltino.
-Pero, ¿qué está diciendo?
-Digo que mgrññfxlmrttimpetummmgrnñññxflxrrrtino.
-Tío, tú deliras.
Y me voy.
Por la tarde, vuelve de la universidad. Cuando le abro la puerta, me suelta por sorpresa:
-"El ímpetu cruel de mi destino,
¡cómo me arroja miserablemente
de tierra en tierra, de una en otra gente,
cerrando a mi quietud siempre el camino!"
-Pero, ¿qué dices?
-Eso, el poema que te estaba recitando cuando me despertaste por la mañana.
Y me lo dice así, tan fresco.

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Mientras tanto, en la cocina, su madre, la madre de todos, se enfrenta a los fallos en el examen de lengua de L. Ella sostiene nerviosísima el papel con las respuestas tachadas por el profesor. El chaval, primero de la Eso, la mira con la indiferencia de un Buda sentado.
-Pero, a ver, ¿qué es esto de que la Chanson de Roland está escrito en italiano?
-Puffff.
-A ver, atiende: La pregunta tenía tres posibles respuestas: a) italiano, b) francés, c) español. ¿Por qué dijiste que estaba escrito en italiano?
-Pufff...
-Pero, ¿por qué?
-¡¡¡Que sí, que sí, que ya sé que está escrita en español!!!!
Este hijo mío sí que nos va a sacar de pobres, en vez de perder el tiempo en tonterías.

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Y ahora el poema completo de Francisco de Aldana que tanto desvela a S. y que yo, culpable, le recomendé hace unos días:

El ímpetu cruel de mi destino,
¡cómo me arroja miserablemente
de tierra en tierra, de una en otra gente,
cerrando a mi quietud siempre el camino!

¡Oh, si tras tanto mal grave y contino,
roto su velo mísero y doliente,
el alma, con un vuelo diligente,
volviese a la región de donde vino!

Iríame por el cielo en compañía
del alma de algún caro y dulce amigo,
con quien hice común acá mi suerte;

¡oh, qué montón de cosas le diría!
¡Cuáles y cuántas, sin temer castigo
de fortuna, de amor, de tiempo y muerte!

martes, 3 de enero de 2012

Predicadores y cuentistas

Baltasar Gracián, era, además del indigesto autor del Criticon, sacerdote jesuita. En uno de sus sermones le dio por anunciar que había recibido una carta escrita por un condenado desde el mismísimo Infierno.La ocurrencia causó temblores, no sólo entre sus oyentes, sino en sus superiores que decidieron buscarle las cosquillas a un orador tan imaginativo. La anécdota, aunque excesiva, pinta bien cómo eran los predicadores en el Barroco: buscaban a toda costa deslumbrar o interesar a sus auditorios, lo que hacía que no pocos de ellos fueran tan expertos en teología como retoricos consumados. O más aún, como se explica en Los cuentos del predicador. Historias y ficciones para las reformas de las buenas costumbres en la Nueva España de Manuel Pérez (Iberoamericana, 2011), con fines pedagógicos o doctrinales, los oradores sagrados utilizaban ejemplos profanos que eran, en sí mismos, pequeñas joyas narrativas. Se convertían en maravillosos cuentacuentos y su labor se acercaba a eso que hoy llamamos literatura. También eran hombres de teatro. En el mismo libro leo este testimonio de Valentín de Céspedes, jesuita del siglo XVII:

El predicador es un representante a lo divino, y no se distingue del farsante en las materias que trata; en la forma, muy poco [...] A Fray Francisco de Lerma vi desquijarrar al león de Sansón, y dejar José la capa en manos de la gitana. Otro pintaba el sacrificio de Abraham y el derribar de las columnas; lo hacía con tal propiedad , viveza y gracias que prorrumpieron los oyentes en aplausos gritados, siendo necesario parar hasta que cesase el tumulto.

No sé yo si hoy quedaran predicadores barrocos. En mi infancia gaditana todavía conocí uno de ellos, el padre Barreiros, párroco increíble de San Juan de Dios. A mi padre le encantaba llevarnos a su Misa para disfrutar con sus sermones desopilantes. El Padre Barreiros era un cura más bien maniático y cascarrabias, que siempre tenía a mano un pañuelito para plantárselo en la cabeza a la señora que acudía descubierta a comulgar. Pero, en cuanto empezaba su homilia de media hora, se nos caía la boca hasta el suelo, al ver a aquel venerable anciano brincar como un niño, poner voces en falsete para imitar al rey Herodes o correr por el altar para escenificar cómo los reyes magos cabalgaban encima de los camellos, mientras iba canturreando algo así como "pim-pim- pim-pimpianito" ¿Que tocaba hablar del diluvio universal? Allá que trepaba a todo correr hasta el púlpito, desde donde nos lanzaba rayos, truenos y relámpagos. ¿La multiplicación de los panes y los peces? El señor cura hacía la pantomima de una multitud hartándose de comer. Nunca olvidaré cómo explicaba los efectos de la confesión en el alma: era como si la Chari fuera con la escoba (aquí blandía una escoba invisible) a limpiar las telarañas del techo, y ¡pum, pum, pum!, (aquí le arreaba una tunda a las cortinas del altar) y pum, y más pum (un salto más) pum, y ¡ooooooohhhhh! (gesto de éxtasis), el alma ya está blanca, limpia, limpísima, más blanca que lavada con Ariel. El cura loco, le llamaban algunos en el barrio. A mí me parece que era un juglar de Dios.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Intimidades

La luz del sol que se desliza por la persiana. El acto de ponerse las zapatillas para defenderse del suelo frío. Las peleas de los niños a la hora del desayuno. Todos estos milagros cotidianos por los que uno no se asombra ni da gracias a Dios cada día. Y en esto la escritura puede imitar a la vida. La maravilla de la poesía: extraer un pequeño brillo del polvo de la rutina (como hizo Enrique el otro día en un artículo que no me canso de releer). 



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La época en que mis padres -lo recuerdo muy bien-, descubrieron la teoria de los genes. Que uno de mis hermanos se llevaba la mano a la cabeza o enarcaba las cejas: "¡Los genes!", exclamaba mi padre señalándonos con el dedo. Que alguno de nosotros se agachaba para recoger la basura: "Es increíble la fuerza que tienen los genes", musitaba mi madre.  Bastantes años más tarde, M. y yo repetimos el mantra genético al contemplar cada evolución de nuestros hijos. Esto, lejos de ser divertido, tiene también su cara inquietante, porque hay genes buenos (o que nos parecen buenos) y genes malos, siempre en relación con nuestras interpretaciones familiares. Todo esto no deja de ser una injusticia con los niños, como si su libertad  futura no contase para nada. 





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Dentro de esa falsa protección que da la cabina del coche, la gente, cuando está sola, hace cosas raras o vulgares, pero siempre íntimas. Un día, en un semáforo descubrí a un señor de chaqueta y corbata hundiendo el dedo en la nariz con entusiasmo. Otra vez me detengo frente a una glorieta y un coche se me cruza: en el interior, una chica se aparta una  brizna de pelo de la sien. Por allí, en un instante, salta una chispa de la Belleza, y se va. Ahora, hace apenas diez minutos, un tío melenudo pasa a mi vera metido en su 4 x 4 y lo veo santiguándose varias veces. Qué buena situación para empezar un cuento.

sábado, 29 de octubre de 2011

Brevísimo tratado sobre el humor

Conversando hace unos días con Enrique G-M, llegamos a la conclusión de que la gente que se toma todo en serio, es poco seria. O sea, gente de la que no te puedes fiar.
Igual que en la vida, el humor es necesario en la escritura, hasta como una forma de cortesía con el lector. Pero, además, está la cuestión no pequeña de que todo lo que hacemos los pobres seres humanos es de muy escasa importancia, visto con los ojos del tiempo, y no digamos ya con la mirada impresionante de la eternidad. Ahora, en este mismo instante, mis hijos pequeños se pelean hasta la muerte por una tontería ridícula. "¡¡¡Que abras la puerta, te digo!!!", aúlla uno;¡¡Abre tú la puerta, hiperactivo!!", le chilla el otro. Para ellos se trata del problema más importante del mundo, pero tú sabes (vamos a dejar la mitificación de la infancia para otro día) que todo se disolverá en dos minutos hasta la próxima pelea.
Decía Baudelaire que el humor es diabólico, porque supone que uno -el que ríe- se siente superior a otro, el objeto de la mofa. Pero no siempre es así. Visto desde la alturas, como yo escucho ahora los gritos de los niños en el piso de abajo, el humor también es angélico (Marechal dixit), porque se puede entender como la sonrisa que esbozan los ángeles ante las locuras de los hombres.
Además, mis hijos, de pronto, ya se han dejado de pelear.

lunes, 13 de junio de 2011

Una relativa distancia

Compruebo que cada vez escribo menos sobre mi familia (y otros animales) en el blog. Mis hijos van creciendo y el tiempo les va regalando propiedad sobre sus vidas. Es tal vez lo que nos trae a los padres el paso de los años: el lento alejamiento de aquellos seres que aparecieron, de pronto, como una emanación increíble de nosotros mismos. Durante años creímos que su intimidad no existía, que era un asunto entre ellos y nosotros.El cuerpo de los hijos como una prolongación misteriosa del nuestro. Pero, poco a poco, se van desgarrando las junturas. Entonces uno va pidiendo permiso para entrar en sus vidas y muy pronto irá tocando contemplarlas a una relativa distancia.

martes, 12 de abril de 2011

Historia de un piropo

La coquetería, a veces, da sorpresas. Por la mañana Marina ha ido al trabajo un poco más tarde por culpa de unos recados y no ha tenido más remedio que dejar el coche en las últimas filas del parking de Derecho, cerca de las obras del nuevo edificio. En cuanto sale del auto, escucha cerca de ella un silbidito, algo así como un "pss", "pss". Los obreros, han sido los obreros, piensa. De inmediato hace una ronda visual por el aparcamiento para localizar al pájaro: sin resultado. Ya está olvidando el incidente cuando vuelve a sonar el silbo amoroso. Nueva investigación, ahora entre los coches próximos. Nada: el admirador continúa escondido. Marina, que es mujer responsable, decide pensar en su despacho y en las cinco horas de trabajo que la esperan, así que camina resuelta hacia delante. Pero justo en ese momento, a sus espaldas, otra vez susurra el "pss", "pss", implacablemente sincronizado. Se vuelve rapidísima y entonces, sí, ahora sí, descubre al culpable: la máquina excavadora que está dando marcha atrás en la obra de enfrente. Para mí y para otros oyentes de la anécdota, la conclusión está clarísima: ¡hasta las máquinas le echan piropos!

jueves, 24 de marzo de 2011

Retrato del adolescente posmoderno

 Retrato del adolescente posmoderno: Uno de los nuestros se va con el colegio a una excursión cultural a Madrid. Cuando su madre, siguiendo el instinto de la especie, le llama al móvil, el chaval le contesta:
-¡Joder, Mamá! ¡No me llames, que estoy en el puto teatro!
Dos días después, 8 de la tarde. En las inmediaciones del baño, el mismo hijo se ¿pelea?, ¿juega?, con otro revolcándose en el suelo. Cuando voy a separarlos, me mira desde abajo con cara de guasa y grita:
-¡No! ¡no! ¡no! He visto el Aleph! ¡He visto el Aleph!
Cada vez los entiendo menos.

domingo, 20 de febrero de 2011

MI hermana, la ex clarisa




Mi hermana estudió Bellas Artes. Tanta era su pasión que iba pintando por las paredes de su habitación lo primero que se le antojaba: casas, animales, paisajes, un poco de todo. Hace poco me pasaron esta vieja fotografía que la muestra en plena faena. Creo que soy objetivo si digo que era una artista magnífica. Recién terminada la carrera, hizo dos exposiciones con mucho éxito.
Pero de pronto vino otra pasión. Y dejó de pintar hacia afuera para que Otro pintara en su interior. Algo así dijo en la Misa de ingreso en el convento de clausura de Lerma, pero no estoy seguro de las palabras, tantas eran las lágrimas y la emoción, la pena y la extrañísima alegría que sentíamos. De eso hace trece o catorce años, tampoco esto lo recuerdo bien. 
El convento de Santa Clara fue creciendo en número de vocaciones y aquello iba yendo a un ritmo tan fuera de lo común que atrajo a mucha gente -devotos o curiosos- que querían ver a las "clarisas-de-Lerma". ¿Qué pasaba con todas esas chicas, la inmensa mayoría universitarias, que dejaban todo y se encerraban a rezar? Y encima parecían felices, felicísimas. Misterio. Cuando pasaban de las ciento cuarenta monjas, muchas tuvieron que mudarse a otro convento por falta de espacio. Un convento en La Aguilera, un pueblo remoto en medio del páramo castellano, pero que no estaba perdido de la mano de Dios.
Ahora estas clarisas tan peculiares han formado un nuevo instituto, distinto de la orden originaria, Iesu Communio. Algunas personas me han preguntado con cierta inquietud qué me parece todo esto. Desde fuera sólo puedo decir que me sorprendió. Siempre supe muy poco de vida conventual. Pero luego he creído entenderlo: al principio, por ejemplo, ellas dejaban de recibir visitas en Adviento o Cuaresma, tiempos fuertes de contemplación, pero luego cambiaron la norma y podías hablar con ellas en cualquier día del año. Esto no lo hacen las clarisas. En todos estos años poco a poco su carisma, su personalidad digamos, ha ido transformándose en el exterior (ahora han suprimido la reja que las separaba simbólicamente del mundo), acaso porque Dios iba dando vuelta a todo lo previsto. Tantísima gente ha ido a verlas, tantas han sido sus vocaciones, que su  carisma, hoy, puede resumirse en dos puntos: contemplación y apostolado hacia el exterior. Rezar y hablar de lo único que a ellas les importa y les apasiona. 
En fin, como sucede con cualquier novedad ya hay algunos buenos católicos que les molesta. Algunos se preocupan seriamente por el nuevo hábito de tela vaquera. Puestos a decir tonterías, a mí también me gustaban más las pastas que hacían cuando eran clarisas y te atendían detrás del torno. Pero mucho más importante es la frase evangélica: a las obras se las conoce por sus frutos. Esos frutos los he visto nacer, crecer y madurar.Tal vez Dios hace las cosas de una manera tan sencilla que resulta difícil de entender.

viernes, 14 de enero de 2011

Elogio del madrugón

Van creciendo. Los chicos van creciendo.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Hace unos años pasábamos las noches con el oído avizor a la espera de algún berrido infantil en medio de la oscuridad. Así aprendí a aprovechar el tiempo con un bulto humano de entre cuatro y seis kilos a la espalda. Aunque, para ser justos, el número Cuatro nunca nos dio una mala noche. Menos mal que luego vino el número Cinco con sus nocturnas infecciones de orina y ahí sí tuve oportunidad de leer muchísimo y ver películas raras a  las cuatro de la madrugada. O de descubrir la poesía de Mario Quintana. Un alumno brasileño me la regaló (son muy regaladores estos brasileños) y una noche, por azar, la abrí y no pude parar.
Tuve también otras historias interminables. Recuerdo ahora La fiesta del chivo con un bebé en brazos, ya dormido (el bebé, no yo) o El viajero sobre la tierra de Julien Green, con el sol asomándose por la ventana a las seis de la mañana, que no sé si sería un sol real o alguno salido de mi lectura fantástica.
El mayor cumple ya dieciocho años. A éste, mejor no me lo cargo a la espalda. Qué pena.

sábado, 18 de diciembre de 2010

El baile de Natacha

Desde hace meses voy leyendo a sorbitos un libro gordísimo, pero interesante, El baile de Natacha. Una historia cultural rusa de Orlando Figes. Es la crónica apasionante de un camino penoso. A saber, de cómo Rusia fue pasando de ser un estado medieval y bárbaro a fines del siglo XVIII a otro, con aspiraciones de modernidad pero caótico y disparatado. Repasamos la vida cotidiana de nobles y siervos, la obra de artistas e intelectuales, la agricultura, las fiestas, la política, la gastronomía, las ciudades o la educación y la vida familiar. Así, me entero de que entre los hijos de nobles, era corriente que los niños fueran confinados en apartamentos separados dentro la casa de sus padres, donde se alimentaban y vivían junto a sus criados y preceptores. No veían a sus progenitores durante meses. Podría decirse que, en esta esfera, como en otras de la vida cotidiana,  los rusos, obsesionados con parecerse a los occidentales, hacían, sin quererlo, una caricatura de sus modelos. Si en la Europa del XIX (y aun antes), los padres distantes eran la norma, en Rusia decían: "¿No quieres té? Pues toma tres tazas".  
Los niños acababan queriendo más a sus nodrizas. Me ha hecho gracia este párrafo autobiográfico de las memorias de un hidalgo ruso, en donde recuerda enternecido a su aya que le convirtió durante su infancia en un inútil incapaz de ponerse solo los calcetines:




Como Fevronia Stepanovna me lo consentía todo sin cesar, me convertí en un niño llorón y en un verdadero cobarde, cosa que llegué a lamentar cuando me incorporé al ejército. La influencia de mi niñera paralizó los intentos de todos mis preceptores masculinos para endurecerme (...) Años después, cuando, ya hecho un joven oficial, regresé al hogar, ella había dispuesto dos habitaciones en la casa para mí, pero eran como el cuarto de los niños. Cada día ponía manzanas en mi cama. Le ofendía que yo hubiera traído a mi ordenanza, puesto que consideraba su obligación servirme. Se escandalizó cuando descubrió  que yo fumaba, y no me atreví a contarle que también bebía. Pero el golpe mas fuerte se produjo cuando partí a combatir a los serbios. Trató de disuadirme hasta que, una noche, declaró que me acompañaría al frente. Viviríamos juntos en una pequeña cabaña y mientras yo iba a la guerra ella limpiaría la casa y prepararía la cena. Luego, en los festivos, pasaríamos el día juntos horneando pasteles, como habíamos hecho siempre, y cuando la guerra llegara a su fin regresaríamos al hogar con medallas en el pecho. Me fui a dormir plácidamente, imaginando que la guerra era tan idílica como ella decía.




Se me ocurren varias cosas al releer este párrafo. Una, que la maternidad no es sólo un instinto biológico, sino que también tiene mucho de cultural. Y dos, que ciertos valores que defendemos unos cuantos (la participación directa de los padres en la educación de los hijos, por ejemplo) no tienen su origen histórico en las formas tradicionales de la familia, sino en conductas más modernas que poco tienen que ver con la Rusia del siglo XIX o, por qué no decirlo, en la atrasada España de la misma época. La literatura infantil, los manuales de educación familiar o -por supuesto- la reivindicación de la realización de la mujer en la familia y en el trabajo-, se consagran en la modernidad burguesa, y no en etapas anteriores, quizá más acordes en términos filosóficos o religiosos con una forma cristiana de pensar, pero en la que no viviríamos nunca si, por arte de magia, nos transportaran hasta el siglo XII. La historia es complicada y no se puede dividir en compartimentos estancos.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Cuentos nocturnos

Hace tiempo acostumbraba yo a contarles un cuento a mis hijos cada noche. Era un rito simpático que terminó haciéndose agotador: siempre una historia improvisada y siempre en el dormitorio de los niños con las persianas bajadas, que eso le da un poco de magia a la situación. Siempre salían los mismos personajes (Pollito Pito, Pato Zapato, Oca Bicoca, Pingüino Fino y el resto de la pandilla animal) y siempre se repetían las palabras de entrada como si fueran los créditos de una serie televisiva interminable. Así lo aprendí en mi casa de pequeño y así continué la tradición cuando me tocó seguirla.
Llegó el día en que se me acabó el entusiasmo de padre novato. Confieso que abandoné la costumbre por cansancio (mío, no de la clientela) y a los más pequeños de la casa sólo les toca cuento de vez en cuando.
Y todo esto viene a cuento (nunca mejor dicho) porque el otro día uno de los afectados le preguntó de repente a mi mujer:
-Mamá, ¿a ti nunca te ha contado cuentos Papá por la noche?
-No, claro que no, hijo mío.
-¿Y ni siquiera te los contaba en la luna de miel?

domingo, 5 de septiembre de 2010

Nuevo curso

Nuevo curso, en fin. Nuestra primera semana de septiembre es, en casa, desde hace unos años, bastante terrible. Vamos todos en coche y se ven los anuncios interesadamente optimistas del Corte Inglés: "Vuelta al cole". "Qué cabrones", comenta T., que ya empieza cuarto de primaria y tiene un excelente dominio del idioma.
Luego está lo de los libros de texto. Diez libros más o menos por cabeza multiplicados por cinco... Para que el golpe sea más rápido e indoloro, los compramos todos a la vez en el colegio. Tras el susto, la tarjeta de crédito entra en estado de shock. Al llegar a casa, los libros forman todos juntos una montaña inquietante. Allí, en el salón, en un ángulo oscuro, de sus dueños (nuestros hijos), sin duda olvidados, quedan los libros esperando la mano de nieve que sepa forrarlos. A mí me cuesta Dios y ayuda y, mientras se me pega el papel adhesivo a los dedos, me voy acordando de las palabras de mi abuelita con acento de Badajoz ("Javierito é mú lihto, pero mú dehpihta'o").
Alguno estará pensando que todas estas cosas que ahora se me ocurren, u otras parecidas, recuerdan al síndrome postvacacional (fea palabra inventada en los países de clase media). Sin embargo, no hay por qué exagerar. En medio de estas tareas más o menos molestas, también es posible ver que cuando se cierra una puerta, otra se abre. A fin de cuentas, toda la vida es recomenzar y, aunque lo parezca, esto ya no es un lema del Corte Inglés.

viernes, 9 de abril de 2010

Utilidades de la historia


De las pequeñas anécdotas de la Historia se puede aprender mucho y hasta sacar de vez en cuando algún resultado interesante. El otro día uno de mis hijos estaba inmerso en una rabieta cósmica. Ya no podiamos más cuando de pronto me vino a la memoria una idea salvadora:
-Como sigas así, vas a terminar por comerte la alfombra a mordiscos, igual que hacía Adolf Hitler.
-¿De verdad que eso hacía Hitler?
-De verdad, de verdad. Lo he leído en un blog...
El tipo se calmó de inmediato.



miércoles, 7 de abril de 2010

Malditas matemáticas

Una de las alegrías secretas de estas vacaciones ha sido comprobar que L. ya no se parece tanto a su padre cuando tenía su edad: es decir, ha empezado a hacer las tareas solo, en especial las de matemáticas. Al fin de las matemáticas en la escuela dedicó Rocío Arana un poema muy divertido y yo me sentí entonces bastante identificado con ella. Y hace un par de años el propio L. acometió sus primeros problemas aritméticos de la siguiente guisa: "Pepito tiene en la cesta cinco peras y tres manzanas. ¿Cuántas piezas de fruta tiene Pepito?"
Respuesta de L.: "Cinco peras y tres manzanas".
Yo me sentí entonces completamente identificado con mi hijo.

jueves, 18 de marzo de 2010

Zoo familiar

Después de largos años de observación zoológica he llegado a la siguiente conclusión: los niños son como los perros y las niñas como los gatos.
Los perros necesitan salir de casa, se muerden, corren, saltan, ladran y se mean en cualquier lado. Si les regañas o les pegas un pescozón, aullan un minuto y, acto seguido, olvidan de inmediato las órdenes y siguen corriendo campo a través.
Los gatos son tranquilos y silenciosos, tienen los ojos bonitos, entienden las amenazas a la primera y saben donde depositar sus cositas. A cambio te guardan las ofensas y, si les viene en gana, te arañan.
A veces hay excepciones: los gatiperros o los perrigatos.

jueves, 18 de febrero de 2010

Adoptamos un chino

Pero sólo por unos días. El colegio de mis hijos tiene un acuerdo con otro de Hong Kong por el que, cada año, éste último manda una expedición de alumnos suyos a Pamplona a fin de pasar una semana de intercambio cultural. Varias familias se ofrecieron a hospedar a los visitantes, entre otros la nuestra, y de esta forma nos tocó el chino.
La víspera el muchacho nos mandó un documento por internet con su foto y algunas informaciones relevantes acerca de su persona. Imprimimos el mensaje y en la cena leí en voz alta toda la cartilla. Mike Sun (así se llamaba el chaval), era hijo único, tenía catorce años y pensaba que su estancia en España sería "unforgettable". Sobre sus creencias añadía que él no era creyente hasta el momento, pero dentro de unos meses recibiría el bautismo. Entre sus aficiones señalaba : "Basketball, Swiming, Maths". En nuestros cinco hijos sólo vi consternación, asombro, incredulidad:
-"¿¿¿Matemáticas???, preguntaron.
Al rato, terminada la comida, recogí del suelo el papel. Algún gracioso había añadido: "Girls?, Shower? Martial Arts?".
-Éste pierde aquí la fe, pensé.
Pero, como decía Borges, piensa bien y, aunque te equivoques, acertarás. Yo no seguí al maestro argentino: pensé mal desde el principio y me equivoqué.
Cuando recogimos a Mike, venía agotado después de más de veinte horas de viaje y no estaba muy hablador. Marina y yo nos entendíamos con él con un inglés de hablar por casa, pero hay un lenguaje que todos los niños del mundo conocen, que es el del juego. Nada más llegar, le enseñaron la casa y sacaron juguetes que, por cierto, jamás tocan habitualmente. Estuvieron levantados hasta las doce de la noche. Nuestro huésped miraba todo y se reía abiertamente con algo que me parecía incredulidad. Supongo que todo le maravillaba: desde el número de chicos a su alrededor hasta el tono de voz empleado por todos nosotros.
A lo largo de los seis días que duró la experiencia, Mike se adaptó bastante bien. Los chicos se desvivían por ser amables. Jugaba con ellos y devoraba lo que le ponían en la mesa, especialmente el jamón. Sólo una vez le vi ligeramente sobresaltado y fue el día en que Tomás se encontraba comprobando la elasticidad de su cuerpo y la de los muelles de un sillón. Tras veintiocho órdenes desobedecidas para que dejara de brincar, agarré paternalmente por el cogote a Tomás y lo mandé a la cocina donde le esperaban la cena y los deberes. Mi hijo fue caminando como un autómata, como suele en esos casos, y sin chistar. Miré de reojo a Mike y vi el asombro pintado en sus ojos orientales.
Era cortés, pero reservado. Marina intentó sin éxito que le dijera en qué trabajaban sus padres. El último día, por la noche, me confesó que los dos eran vigilantes en la"jail house" de Hong Kong. No sé qué ideas pudo sacar de la disciplina de los occidentales para contársela a sus mayores.
Antes de irse definitivamente, nos obsequió una imagen china de la Virgen, cinco juego de palillos, una chaqueta reversible para las ocasiones y una especie de recortable de la buena suerte. Todavía le debió de parecer poca cosa, porque a mí me regaló un pin con el escudo de Navarra que se encontró por ahí.