Si algún gaditano, como fue mi caso, visita Montevideo, encontrará parecidos sorprendentes. Para mí, recorrer la larguísima Rambla de una punta a otra fue una experiencia extraña y mágica, casi de sueño: estaba y no estaba en las playas de Cádiz, a doce mil kilómetros de distancia. Mi amigo y maestro Fernando Aínsa ha escrito un poema magnífico y lleno de nostalgias que me ha emocionado especialmente tal vez por todo esto:
LOS TRES AMIGOS DE ANTAÑO
Los tres amigos de antaño
—Alvaro, Eduardo y Fernando—
sentados en la acera de la rambla
adivinan las marcas, años y modelos de los autos que pasan.
Gana el que acierta primero
—Studebaker del 54, Austin Seven del 52, Packard del 48
o el magnífico descapotable Chevrolet Belair amarillo…—
y lo anotan con palotes en un cuaderno que agita el viento como si
fuera la pizarra del billar del bar Bambi donde se refugian cuando
llueve.
Detrás,
la rambla y la playa otoñal, donde vaga un perro abandonado
y un paseante solitario.
Escenografía que la memoria reconstruye, tiñendo de color verde esmeralda aquellas olas grises.
Privilegio del tiempo que ha pasado desde entonces:
embellecer las cosas.
Sentados en la acera,
ríen cuando uno se equivoca
(el error ajeno causa siempre gracia)
con esa alegría que tenían los adolescentes de antes.
Son amigos desde hace años y lo serán para siempre,
aunque la distancia y la muerte los haya separado.
Desde lejos atisban los diseños y lanzan su apuesta,
(suele ganar Alvaro, aficionado a los motores,
pero siguen jugando).
Lo que importa es estar juntos, mientras cae la tarde
y hace cada vez más difícil adivinar en la sombra
la marca del auto que ha pasado raudo a su lado.
Desde aquellos años,
—fines de los cincuenta, Bill Halley y sus Cometas—
lejos de aquella rambla y aún más lejos de aquel tiempo,
conservo el gusto de adivinar años y modelos.
Lo hago sentado en un banco de la plaza donde vivo.
Pero ya no es un juego entre amigos:
Apenas el obsesivo solitario de un viejo que cree reconocer en el Opel
Insignia del 2012 al Opel Kapitan de 1956; en el Citroen C2, el clásico
dos caballos de extenso recorrido en el calendario y en el nuevo Ford
Fiesta, al Ford A con el que la clase media descubrió la sociedad de
consumo.
Fernando
—desde la plaza San Francisco—
apuesta ahora contra sí mismo para decirse que siempre gana,
aunque sea lo contrario.
jueves, 26 de septiembre de 2013
domingo, 8 de septiembre de 2013
Foto de familia
Desde atrás me llamaron mi madre y mis hermanas.
-Claudia, ven, que nos vamos a hacer una foto todas juntas.
Me volví y allí estaban, haciéndome señas delante de los árboles. Se las distinguía muy bien a pesar de la distancia y de que la tarde estaba cayendo.
-Ahora no, por favor, dejadme un rato más.
Pero ellas siguieron llamándome. En la fiesta cada vez quedaba menos gente y alrededor los camareros estaban recogiendo sombrillas y retirando los cubiertos. Me dí cuenta de que mis amigos ya no estaban. Pronto hasta mis últimos seres queridos me iban a dejar sola. No todo el mundo llega a los 98 años.
-Claudia, Claudia, ya es suficiente. Vamos a la foto.
A mí las fotos como que me traen recuerdos de muertos. ¿Para qué hacérsela entonces? ¿Y con mi madre y mis hermanas? Qué pesadas.
-Venga, hija, que sólo faltas tú.
Me sentía cada vez más cansada y sola. Y la fiesta algún día se iba a terminar del todo.Y la voz de mi familia que me llamaba para reunirme con ellas. Allí, al otro lado del río. Así que, por fin, dije:
-Voy.
-Claudia, ven, que nos vamos a hacer una foto todas juntas.
Me volví y allí estaban, haciéndome señas delante de los árboles. Se las distinguía muy bien a pesar de la distancia y de que la tarde estaba cayendo.
-Ahora no, por favor, dejadme un rato más.
Pero ellas siguieron llamándome. En la fiesta cada vez quedaba menos gente y alrededor los camareros estaban recogiendo sombrillas y retirando los cubiertos. Me dí cuenta de que mis amigos ya no estaban. Pronto hasta mis últimos seres queridos me iban a dejar sola. No todo el mundo llega a los 98 años.
-Claudia, Claudia, ya es suficiente. Vamos a la foto.
A mí las fotos como que me traen recuerdos de muertos. ¿Para qué hacérsela entonces? ¿Y con mi madre y mis hermanas? Qué pesadas.
-Venga, hija, que sólo faltas tú.
Me sentía cada vez más cansada y sola. Y la fiesta algún día se iba a terminar del todo.Y la voz de mi familia que me llamaba para reunirme con ellas. Allí, al otro lado del río. Así que, por fin, dije:
-Voy.
lunes, 2 de septiembre de 2013
Reloj, no marques las horas...
La imagen la encontré a la vera de la iglesia de San Félix, en Nigrán, pocas horas antes del final de mis vacaciones. A medias entre la broma y la metafísica gallega, Joaquín Aguiar, relojero del Excelentísimo Ayuntamiento de Vigo, era, seguramente, un poeta.
lunes, 26 de agosto de 2013
Sacrificio
El hombre ha hecho en nosotras maravillas. ¿Quién podía imaginar que viajaríamos por el aire metidas en tubos de acero? Pero es así: hemos sido llevadas desde un lugar lejano y sólo esperamos nuestro destino que es también nuestro sacrificio. Pronto se abrirá la puerta. Pronto el hombre elegirá.
Sonará el tapón y se hará la luz. Pronto, muy pronto, unos dedos gigantescos extraerán a una de entre todas nosotras -¡la elegida!- y se la llevarán hasta ese misterio que no conocemos: la boca final.
Sonará el tapón y se hará la luz. Pronto, muy pronto, unos dedos gigantescos extraerán a una de entre todas nosotras -¡la elegida!- y se la llevarán hasta ese misterio que no conocemos: la boca final.
miércoles, 21 de agosto de 2013
Ciudad de insomnio
Otra vez te cuesta conciliar el sueño. Y otra vez recurres al truco de cada noche: contarte a ti mismo una historia a la espera de que todo se vaya borrando, las imágenes que tú mismo has creado se alejen y termines por perder la conciencia. En la oscuridad de este cuento imaginas una ciudad hermosa y arruinada. Ya estás caminando por una de sus calles a plena luz del día. El cielo se ve claro y sin nubes. Desde el río a tu derecha te llega una brisa húmeda que pone euforia a la mañana. Sigues adelante. Al llegar a la primera esquina tienes dos opciones para continuar la historia: o te sientas a tomar una Coca-cola en la terraza de enfrente, o sigues adelante perseguido por alguien, tal vez un criminal. Eliges la segunda posibilidad.
Ahora el Otro entra en escena. Lo sientes cada vez más cerca y apresuras la marcha entre un montón de gente que ha empezado a salir por puertas y esquinas. De pronto llegas a una plaza inmensa y desierta. Entre los árboles pelados-seguramente es una mañana soleada de invierno-, se divisan algunos edificios colosales, quizá unos palacios modernistas. No hay donde esconderse y vuelves a plantearte dos alternativas. Opción A: esperar al Otro y enfrentarte con él. Opción B: tomar esa calle lateral con la ilusión de despistarlo. Te vuelves cobarde y eliges la B.
Ya te encuentras metido en un laberinto de callejuelas que atraviesas a otra prisa. Extrañamente la gente sigue desaparecida de la ciudad. Sólo estáis el asesino y tú. Ves unos cubos de basura y piensas qué fácil sería esconderse ahí. Y qué fácil también que el Otro se diera cuenta, abriera la tapa y te matase como a una rata. Descartada esta solución por peligrosa, encuentras una bifurcación y te decides por la calle de la izquierda.
Pero cuando estás dentro, ves que no tiene salida y que al fondo hay algo así como una tienda de antigüedades. No te queda otra solución que entrar. Unos viejos con lentes están leyendo en atriles gigantes. Se escucha un cuarteto de cuerda. El sonido, un poco apolillado, viene de un cassette que reposa en la mesa del dueño. Al final, enmarcado en un decorado de estanterías de maderas nobles y pilastras, divisas un enorme libro abierto. Buscando una solución a tu angustia, te echas sobre él y en la página que se ofrece a tu vista descubres el plano de la ciudad que has estado recorriendo. Empiezas a repasar con el dedo tu itinerario de sueño. Suena una campanilla: el Otro ha abierto la puerta. Pronto, no hay tiempo que perder. Por un momento piensas si no es el insomnio quien te persigue. Pero tú ya estás desvaneciéndote, mirando el mapa te entra definitivamente el sueño, ya las imágenes se borran, ya estás perdiendo la conciencia y por ahí, por ahí te escapas.
Ahora el Otro entra en escena. Lo sientes cada vez más cerca y apresuras la marcha entre un montón de gente que ha empezado a salir por puertas y esquinas. De pronto llegas a una plaza inmensa y desierta. Entre los árboles pelados-seguramente es una mañana soleada de invierno-, se divisan algunos edificios colosales, quizá unos palacios modernistas. No hay donde esconderse y vuelves a plantearte dos alternativas. Opción A: esperar al Otro y enfrentarte con él. Opción B: tomar esa calle lateral con la ilusión de despistarlo. Te vuelves cobarde y eliges la B.
Ya te encuentras metido en un laberinto de callejuelas que atraviesas a otra prisa. Extrañamente la gente sigue desaparecida de la ciudad. Sólo estáis el asesino y tú. Ves unos cubos de basura y piensas qué fácil sería esconderse ahí. Y qué fácil también que el Otro se diera cuenta, abriera la tapa y te matase como a una rata. Descartada esta solución por peligrosa, encuentras una bifurcación y te decides por la calle de la izquierda.
Pero cuando estás dentro, ves que no tiene salida y que al fondo hay algo así como una tienda de antigüedades. No te queda otra solución que entrar. Unos viejos con lentes están leyendo en atriles gigantes. Se escucha un cuarteto de cuerda. El sonido, un poco apolillado, viene de un cassette que reposa en la mesa del dueño. Al final, enmarcado en un decorado de estanterías de maderas nobles y pilastras, divisas un enorme libro abierto. Buscando una solución a tu angustia, te echas sobre él y en la página que se ofrece a tu vista descubres el plano de la ciudad que has estado recorriendo. Empiezas a repasar con el dedo tu itinerario de sueño. Suena una campanilla: el Otro ha abierto la puerta. Pronto, no hay tiempo que perder. Por un momento piensas si no es el insomnio quien te persigue. Pero tú ya estás desvaneciéndote, mirando el mapa te entra definitivamente el sueño, ya las imágenes se borran, ya estás perdiendo la conciencia y por ahí, por ahí te escapas.
lunes, 12 de agosto de 2013
Meteorito
Los primeros fragmentos del planeta Tierra llegaron hace un año a nuestro planeta. Aunque los científicos están todavía examinando los restos de papel incrustados en el meteorito, al parecer, ya se puede llegar a ciertas conclusiones sobre la gente que habitó aquel lejano rincón de la galaxia. Estos textos son astillas de una raza desaparecida que conocemos tan sólo en una mínima parte. Algunos de ellos ofrecen detalles realmente sorprendentes, por no decir, extraordinarios. Sabemos, por ejemplo, que utilizaban nuestro mismo sistema de signos, pero lo más conmovedor de todo es que empleaban un único idioma, el español. Coincidencia increíble con nuestra propia civilización que dejó atrás el problema de la torre de Babel hace ya muchos milenios.
Pero aquí se acaban los paralelismos. Por lo que nos dejan leer los trozos de papel, milagrosamente salvados a través del viaje interestelar, ellos eran mejores que nosotros. Los habitantes de la Tierra se caracterizaban por ser gentes amables y civilizadas, dedicadas al cultivo de las artes y las letras, amantes de la belleza y de lo inútil. Es lo que se deduce de los fragmentos encontrados, el primero de los cuales comienza así: "En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme..."
Pero aquí se acaban los paralelismos. Por lo que nos dejan leer los trozos de papel, milagrosamente salvados a través del viaje interestelar, ellos eran mejores que nosotros. Los habitantes de la Tierra se caracterizaban por ser gentes amables y civilizadas, dedicadas al cultivo de las artes y las letras, amantes de la belleza y de lo inútil. Es lo que se deduce de los fragmentos encontrados, el primero de los cuales comienza así: "En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme..."
lunes, 22 de julio de 2013
Vértigo
De este mundo nadie sale vivo. Claro que si no les gusta esta verdad implacable, siempre nos quedará a todos la montaña rusa. Desde que la montaron en el pueblo, no para de subirse gente. Al principio sólo veíamos a los jóvenes haciendo cola. Cosas de chavales, decíamos los más viejos. Pero luego empezó la locura con personas de todas las edades y de otros pueblos, y aquellos autobuses que decían que venían hasta del extranjero. Para contener a las multitudes, la empresa rebajó los precios y ofreció descuentos a los jubilados. Una atracción infinita no tiene límites a la hora de facilitar la diversión a todos: a los enfermos del corazón se les dispensó gratis una pastilla para el colesterol.
Hasta ahora miles de hombres y mujeres, pequeños y grandes, se enganchan a los vagones apretados como langostinos. Se les ve contentísimos ¿Quién les impide disfrutar de unas cuantas subiditas hasta llegar a la experiencia final? Ahora bien, si la conclusión del viaje es lo mejor, también es justo decir que la estructura de la montaña rusa vale la pena por sí misma. Primero, un subidón de doscientos metros con su correspondiente descenso, luego cuatro cimas y caídas de altura creciente hasta llegar a los ochocientos metros; después tres loopings y un tirabuzón. Impresiona contemplar las reacciones de las víctimas. Cómo gritan. Cómo se ríen. Qué bien se lo pasan.
Pero, ya digo, lo mejor viene con la sorpresa final. Aunque en realidad no es ninguna sorpresa, pero la gente se lo toma como si tal. Después del tirabuzón, los vagones ascienden a toda velocidad y, justo al llegar a los mil metros, la vía se corta, se corta y todos salen despedidos por el aire.
Las carcajadas se escuchan a kilómetros de distancia.
Hasta ahora miles de hombres y mujeres, pequeños y grandes, se enganchan a los vagones apretados como langostinos. Se les ve contentísimos ¿Quién les impide disfrutar de unas cuantas subiditas hasta llegar a la experiencia final? Ahora bien, si la conclusión del viaje es lo mejor, también es justo decir que la estructura de la montaña rusa vale la pena por sí misma. Primero, un subidón de doscientos metros con su correspondiente descenso, luego cuatro cimas y caídas de altura creciente hasta llegar a los ochocientos metros; después tres loopings y un tirabuzón. Impresiona contemplar las reacciones de las víctimas. Cómo gritan. Cómo se ríen. Qué bien se lo pasan.
Pero, ya digo, lo mejor viene con la sorpresa final. Aunque en realidad no es ninguna sorpresa, pero la gente se lo toma como si tal. Después del tirabuzón, los vagones ascienden a toda velocidad y, justo al llegar a los mil metros, la vía se corta, se corta y todos salen despedidos por el aire.
Las carcajadas se escuchan a kilómetros de distancia.
sábado, 29 de junio de 2013
La escritura generosa
Los escritores, y no digamos los poetas, tienen fama de soberbios. Sin negar que campea mucho ególatra en el mundo, me parece que en esta mala imagen han colaborado, (además de Neruda, Huidobro, Hugo, etc.), algunos prejuicios. Hacer uso de la imaginación y de la memoria personal no implica volverse la persona más vanidosa del mundo.
Bien mirado, quizá el afán por escribir no se explica por una sobreactuación del yo, sino por su virtud contraria, que es la generosidad."Lo que se guarda se pierde, lo que se da no se tiene", dice Muñoz Rojas refiriéndose a la escritura, aunque tal vez sirva esta frase para cualquier talento que posea uno en esta vida... Esa ocurrencia que llega mientras se espera el semáforo en rojo, o aquellas imágenes del sueño recién terminado a primera hora de la mañana, se pierden fácilmente si no se escriben. Si te las guardas, por pereza o por vanidad, se olvidan para siempre ¿Y para qué, mejor dicho, para quién guardarlas? se preguntará uno. Para el lector y nadie más. Por eso la escritura es generosa, y por eso cuesta tanto.
Bien mirado, quizá el afán por escribir no se explica por una sobreactuación del yo, sino por su virtud contraria, que es la generosidad."Lo que se guarda se pierde, lo que se da no se tiene", dice Muñoz Rojas refiriéndose a la escritura, aunque tal vez sirva esta frase para cualquier talento que posea uno en esta vida... Esa ocurrencia que llega mientras se espera el semáforo en rojo, o aquellas imágenes del sueño recién terminado a primera hora de la mañana, se pierden fácilmente si no se escriben. Si te las guardas, por pereza o por vanidad, se olvidan para siempre ¿Y para qué, mejor dicho, para quién guardarlas? se preguntará uno. Para el lector y nadie más. Por eso la escritura es generosa, y por eso cuesta tanto.
jueves, 20 de junio de 2013
Canadá: apuntes
Cuando llegué a la una de la madrugada a Victoria, el taxista me preguntó si yo venía al congreso de Humanidades. Qué taxistas más cultos tienen aquí, pensé. Luego me enteré de que a los canadienses se les ha ocurrido organizar todos los congresos universitarios del país sobre Filosofía, Historia, Literatura, etc. en una misma ciudad y en los mismos días del año. Es una manera, me explicaron, de dar visibilidad a las Humanidades y de que la gente en Canadá conozca la existencia de este tipo de investigación académica. Pude comprobarlo en las noticias de la prensa en aquellos días. De pronto el principal periódico del país titulaba: "Oh, the Humanities!", y los taxistas hindúes te preguntaban de qué habías venido a hablar. Por el campus de la universidad de Victoria no sólo te cruzabas con estudiantes y ciervos por los caminos, sino con académicos de todas partes del mundo. También había que tener cuidado de no meterse en el aperitivo de otro congreso: nos equivocamos de mesa y nos echaron unos húngaros de bastante mal café.
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La única excursión que hicimos a los alrededores nos mostró la grandeza de los bosques y montañas en la isla de Cuadra y Vancouver. Si me piden que elija un momento de mi viaje, me quedo con el que tuvimos al bajar a una playa.
Era la desembocadura de un río. Una pareja de adolescentes se encontraba practicando un rito ancestral. El había sentido la llamada de la piedra y se exhibía tirando guijarros al agua con entusiasmo. Ella se hacía la distraída mirando al cielo con la esperanza de que el macho pasara a la segunda parte del plan. Cuando nos vieron, salieron de estampida. Los dejamos irse y, mientras nos reíamos, fuimos dejando atrás un paisaje de inmensos árboles y retamas. Por fin nos quedamos frente a las aguas del estrecho de Juan de Fuca. Al fondo se veían las montañas. Aquello era tan grandioso que nuestro grupo se dispersó buscando la soledad. La charla de amigos se interrumpió de golpe. Todos queríamos estar solos en aquel pedazo íntimo del fin del mundo.
Alguien más debió de pensar lo mismo. Mientras paseaba entre las piedras de la orilla, eché la vista atrás, hacia el bosque. En medio de aquellos árboles, que eran como pilares de una catedral, divisamos una casa plantada entre las ramas. Debía de estar por lo menos a quince metros del suelo. Camuflada entre el ramaje, era imposible descubrirla si te acercabas al bosque. Sólo era posible divisarla desde la orilla. ¿Quién pudo hacer aquello? ¿Cómo llegó hasta arriba? ¿Quién viviría allá?
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