miércoles, 10 de junio de 2009

Una (o dos) de piratas


Hace unos días nos enteramos de lo último en torno al tesoro que pirateó el Odyssey: el oro pertenecía a la fragata Mercedes, de cuya desventurada historia no habrán escuchado nada la mayoría de los españoles. Por cierto, el episodio lo cuenta el gran Patrick O' Brian en la segunda novela de su saga sobre las aventuras del capitán Aubrey y su amigo el doctor Maturin. Él lo hace desde la perspectiva de los piratas de la Royal Navy. Yo lo haré del lado de las víctimas, que fueron muchas, y con menos tacos que los que podría usar Pérez Reverte.
Todo empieza en el verano de 1804, cuando parten de Montevideo cuatro fragatas españolas de guerra rumbo a Cádiz. Van cargadas de oro y viajeros porque su misión no es bélica. Deben transportar un inmenso caudal de dinero que desahogará la economía española en bancarrota gracias a la mala gestión de Godoy. Cerca del cabo de Santa María, en las costas del Algarve, aparecen en el horizonte cuatro fragatas británicas que conminan con señales a rendirse a los españoles si no quieren enfrentarse a sus cañones.
La situación deja estupefactos a los viajeros ya que España e Inglaterra no están en guerra.
El comandante Bustamante da la orden de no hacer caso, a pesar de que sus barcos están demasiado cargados de peso para escapar y de que los muchos civiles y sus equipajes que transporta son un impedimento para el combate. Entonces los ingleses comienzan a disparar y, tras un intercambio de cañonazos, se escucha de pronto una detonación que sube hasta el cielo, con una lluvia de palos, trozos de madera y astillas chamuscadas que terminan en el agua. Por un instante la batalla enmudece: la fragata Mercedes, por razones desconocidas, acaba de saltar por el aire y desaparece de la vista.
Más de doscientas personas murieron en ese momento. Desde la cubierta de otra fragata española, la Fama, un militar llamado Diego de Alvear, ilustre por sus méritos, contempla aterrorizado el fin de la Mercedes, donde viajaban su esposa y sus siete hijos, todos ellos nacidos en el Río de la Plata. Cuando los ingleses apresan las otras tres fragatas, Diego viaja prisionero a Inglaterra con su único hijo superviviente, Carlos María, que se encuentra con él en el momento de la tragedia.
Este episodio, menor en medio de nuestra larga historia de gloriosas derrotas navales, tiene, no obstante, una importancia capital si pensamos en sus consecuencias, que convirtieron la bola de nieve en un alud. España se vio obligada a declarar la guerra a Gran Bretaña y a echarse en brazos de Francia. Un año después la escuadra francoespañola era derrotada en Trafalgar, lo que significó que Napoleón dejara de interesarse por España y que, en definitiva, la invadiese en 1808. Además, destruida la flota española, se aceleró el proceso emancipador en América.
¿Y qué pasó con los Alvear? En su exilio londinense, don Diego tardó poco tiempo en olvidar su bíblica tragedia y rehizo su vida: conoció en misa a una bella irlandesa con la que se casó y regresó a España, justo a tiempo de destacar en la defensa de Cádiz contra los franceses. Mientras el padre se dedicaba a dar tiros desde las murallas, su hijo Carlos María se hacía masón en la misma ciudad. Ingresó en la Sociedad de los Caballeros Racionales, junto a un oficial rioplatense llamado José de San Martín. Luego los dos se embarcaron rumbo al cono sur y lideraron la guerra de independencia en Argentina. Carlos María de Alvear fue el primero de una serie ilustre de militares y políticos de la historia de aquel país.
Si uno fuera menos perezoso le gustaría escribir algo sobre esta tragedia y especular, quién sabe, por los destinos desiguales del padre y del hijo, unidos por un tiempo y luego separados para siempre por el espacio.

martes, 9 de junio de 2009

La escritura cangrejera

El otro día mi sobrino Álvaro hizo un descubrimiento asombroso en clase de lengua. Resulta que los seres humanos no escribimos hacia delante, sino hacia atrás. Su razonamiento, según he podido saber, es inatacable. Si, por ejemplo, los prefijos se ponen delante de los lexemas, esto significa que la parte de delante (súper) es lo primero que lees, mientras que la raíz (hombre) va después, está un poco más allá... Luego escribimos hacia atrás. Tan confuso se quedó con su hallazgo que pidió explicaciones al profesor, quien, tras una discusión desconcertada, zanjó la cuestión por decreto: escribimos hacia delante, no hacia atrás y punto.
Puestos a meterme en rollos bizantinos, quizá los dos tenían razón: en la coordenada del tiempo no escribimos hacia atrás, ya que cada signo sucede cronológicamente al anterior, pero en el plano espacial la cosa cambia, porque podemos situar la precedencia de los signos de acuerdo con nuestro punto de vista. Por eso explicamos el "pre-fijo", como algo que está delante, que precede... Uf, vaya lío para no llegar a ninguna parte.
A mí me gusta, de todas formas, darle una explicación poética a todo este asunto. Cuántas veces recordamos vivencias, tesoros de la memoria, que nuestra escritura va rescatando con paciencia. Ella se mueve hacia atrás, tanteando mientras avanza, retrocediendo mientras el tiempo progresa sin inmutarse. Y cada vez que los signos se van desenredando, nos vamos con ellos hacia ese lugar que perdimos a la derecha del papel o la pantalla.

lunes, 8 de junio de 2009

Bicicleta

Es lunes y me he levantado perezoso, así que hoy recurro a un microrrelato que tenía guardado en un archivo. Espero que os guste.


BICICLETA

De niño yo tenía una pesadilla en la que el conde Drácula me perseguía por una ciudad desierta. El mal sueño no sería demasiado original, si no fuera porque los dos íbamos montados en sendas bicicletas. La persecución alcanzaba sus repechos y subidas, momento en que yo conseguía poner cierta distancia con el monstruo. Sin embargo, aunque el señor Conde no era ningún Indurain, al final estaba a punto de atraparme en una bajada y yo despertaba sudoroso y muerto de miedo. ¿Son los sueños premoniciones o expresiones del inconsciente?, me pregunto yo aquí y ahora, sudoroso y angustiado en esta maldita bicicleta, mientras trato, inútilmente, de alcanzar a mi bella compañera de gimnasio.

sábado, 6 de junio de 2009

Volando

Esta semana he hablado bastante de aves. Primero el microrrelato de Ícaro, que era un pájaro aficionado, y luego los comentarios sobre ornitólogos y escritores. Sin embargo, aunque no me retracto de lo que puse hace dos días, es verdad que por suerte existen filólogos, profesores de muy seria carrera universitaria, que han sido o son excelentes poetas. Y si no, ahí tenemos a Miguel d'Ors, de quien acaba de salir una antología publicada por Renacimiento. Además de los textos publicados en libros anteriores, el lector encuentra seis inéditos. A mí me ha emocionado en especial uno de ellos por su sabia combinación de oficio y sinceridad, patrimonio de los grandes. El poema, elegíaco, se titula "Belinha (1958-2005)" y está dedicado a una hermana del poeta:

Un oscuro designio de Quien es
el propio Amor y toda la Justicia
te denegó la luz de la razón.
Algún día veremos que era bueno,
que fue un resorte decisivo para
la Gloria del Universo.
Hasta entonces guardemos esas cosas
en nuestro corazón -arca de Fe-.

Pero ya algún atisbo me anticipa
la claridad final: esa carencia
tenía un reverso misterioso de
privilegio: que nunca hicieras mal
y tu paso dejara en esta vida
la misma estela pura que los ángeles.
Más: tu debilidad nos hizo ser
a cuantos estuvimos cerca de ella
mejores que nosotros. Y hoy que ya
vives la luz del rostro del Eterno
a todos tus hermanos nos mejoras
un poco más con tu oración perfecta.

Acaso a ti, de todos la más pobre,
a la que todo lo necesitaba,
a la que en tanto tiempo llegó apenas
a balbucir "vacas" y unos cuantos
nombres propios cercanos (eso sí:
uniendo con raro instinto los
matrimonios), precisamente a ti,
nosotros, tus hermanos, los llamados
normales, los que siempre te mirábamos
con lástima, por una de esas bromas
de la Divina Providencia, acaso
cuando llegue la hora verdadera
te debamos la Bienaventuranza.

viernes, 5 de junio de 2009

Sentir los colores

El otro día mi hijo de diez años volvió a casa con una camiseta nueva. Se la habían regalado, a él y a todos sus compañeros, por ser el último día de clases de tenis. Estaba radiante el chaval con su camiseta color verde hierba.
-Un poco vasca la camiseta, ¿no?, comentó uno de los mayores.
Era verdad. Mis hijos se han dado cuenta de que, cada vez que juegan al fútbol contra alguna ikastola de por aquí, sus rivales lucen el color verde, a veces acompañado del rojo. Como vivimos en Navarra, que no pertenece a la Comunidad autónoma vasca, la gente está acostumbrada, desde la infancia, a identificar ciertos códigos invisibles para la gente de fuera. El verde recuerda a la ikurriña y, quizás, a los prados de la amatxo euskaldún, las ovejicas que pastan en el campo y adornan ciertos coches del lugar. A lo mejor el regalito no era tan ingenuo, sobre todo porque el ayuntamiento que financia las clases de mi hijo está gobernado por una agrupación supuestamente independiente. Esto en Navarra también necesita descodificarse: son nacionalistas vascos mal disfrazados.
Para ser justos, nunca los colores son neutrales. Sirven para unir o desunir, para que la gente se adhiera en torno a una determinada tonalidad, o le parezca abominable. No estoy hablando de fútbol sino de nacionalismo, aunque las dos actividades a veces se confundan. Para seguir con las camisetas, basta recordar las negras que portaban los seguidores de Mussolini. A Hitler también le pirraban los colorines, sobre todo el amarillo para el pelo y el azul para los ojos. Walter Benjamin escribió que el fascismo era sobre todo una cuestión de estética. Lo diría tal vez no sólo por ser judío, sino también porque se sabía feo y bajito.
Sin recurrir a ejemplos siniestros como los anteriores, uno viaja por ahí y se da cuenta de que hay colores para cada lugar. En Holanda todo es naranja, por ejemplo, y no pasa nada. Al cruzar el Atlántico, en Argentina, siempre me ha llamado la atención que el celeste se encuentre por todos lados, desde la banda que circunda un plato de sopa hasta el color de una cajita de fósforos. No sé si los argentinos son conscientes. Quizá es todo tan cotidiano que sólo es visible para alguien que viene de fuera. Ahora bien, si emprendemos el viaje de regreso a España, no estoy seguro de si vamos a encontrar tanto el colorín colorado y el gualda (mira que es rebuscado el adjetivo) en la vida cotidiana. Si acaso, está (cómo no) en la camiseta del equipo nacional de fútbol. A la selección los periodistas le llaman ahora "la roja", pero, como es una moda de los últimos años y éstos coinciden con el gobierno de Zapatero, actual ministro de deportes, no sé muy bien qué pensar.

jueves, 4 de junio de 2009

Pájaros y ornitólogos

Si hago una lista con mis escritores favoritos, veo con cierta melancolía que casi ninguno fue profesor de literatura y, mucho menos, filólogo. Hablo de aquellos que pudieron cursar una carrera de Filosofía y Letras y no lo hicieron, es decir, de escritores que vivieron a partir del siglo XIX. Algunos ni siquiera tuvieron título universitario: Alberti, Borges, Bioy Casares, Carpentier, Jack London, Rulfo, Mario Quintana, Capote, Pessoa, etc.
Es curiosa la afición de los escritores por la carrera de derecho. Será porque la frustración es fuente perenne de poesía, digo yo. La generación del 27 y mucha poesía española posterior está llena de licenciados en leyes que jamás ejercieron. Hubo excepciones: Jorge Guillén, Gerardo Diego y, sobre todo, Dámaso Alonso, que fue un insigne estudioso de la literatura del Siglo de Oro. Pero por eso escribió tan poca poesía, y no siempre buena.
Prosigo con la lista: Ribeyro trabajó en cualquier cosa, desde recoger cartones por la calle a traducir documentos en una oficina, más o menos igual que Pessoa; Flaubert abandonó los estudios de leyes y se hizo rentista; Isak Dinesen fue granjera, aristócrata y también terminó viviendo de las rentas; Joseph Roth se dedicó a dar vueltas; Willa Cather era periodista; Marechal, profesor de colegio; Lampedusa, un inútil toda su vida.
También valen aquí los que menos me interesan. Juan Benet trabajó de ingeniero (quizá por eso fue tan pelmazo); Saramago desempeñó oficios variadísimos, un hombre orquesta; Isabel Allende ejerció de funcionaria y periodista; y Benedetti, de todo un poco.
En fin, que casi nadie de por aquí es filólogo. Se suele decir que la diferencia entre los escritores y los estudiosos de la literatura es la misma que existe entre los pájaros y los ornitólogos. Las aves vuelan y los ornitólogos estudian el vuelo, pero no vuelan, salvo rarísimas excepciones.

miércoles, 3 de junio de 2009

Más sobre Ícaro

Durante algún tiempo anduve yo muy contentito con el microrrelato que puse ayer en el blog. Con él obtuve una mención en un concurso de ficción mínima que organizó la Universidad de Salamanca hace unos meses. Mi ego recibió ración doble de colesterol. Así estaba yo hasta que caí del burro (o del cielo, como Ícaro) cuando Gabriel Insausti, espléndido traductor de W.H. Auden, me dijo que el poeta británico había escrito un poema muy famoso sobre el asunto. Luego vino Miguel d'Ors y me lo volvió a recordar. Mis sabios amigos tenían razón: El dichoso y magnífico poema es una reflexión sobre cómo los antiguos maestros comprendían lo relativo del dolor de cada uno, su valor limitado frente al fluir inevitable del tiempo. El final establece una comparación con el cuadro de Brueghel "La muerte de Ícaro":

In Brueghel's Icarus, for instance: how everything turns away
Quite leisurely from the disaster; the ploughman may
Have heard the splash; the forsaken cry,
But for him it was not a important failure; the sun shone
As it had to on the white legs disappearing into the green
Water, and the expensive delicate ship that must have seen
Something amazing, a boy falling out of the sky,
Had somewhere to get to and sailed calmly on

En el Ícaro de Brueghel, por ejemplo: cómo todo le vuelve
La espalda la tragedia sin inmutarse; es probable
Que el labrador oyera el chapoteo, el grito resignado,
Pero a sus ojos no era un fracaso importante, el sol brillaba
Como debía sobre las blancas piernas envueltas por el agua
Verde, y la nave costosa y delicada que vio sin duda
Algo asombroso, un niño que caía de los cielos,
Tenía adonde ir y prosiguió su viaje imperturbable. 
(trad. de Jordi Doce)


Para colmo, hay más variantes sobre el mismo tema. Hay, que yo sepa, un poema de William Carlos Williams, también traducido por Jordi Doce, y otro del peruano Eduardo Chirinos aparecido en el primer número de la revista Letral. Todos se inspiraron, nos inspiramos, en lo mismo. 
Conclusión: la originalidad es un mito. Si alguno viaja a Bruselas, le recomiendo que vaya al Museo de Bellas Artes y, si le brota, que escriba algo sobre el cuadro para mayor gloria de Brueghel el viejo.

martes, 2 de junio de 2009

La muerte de Ícaro


About suffering they were never wrong/ the Old Masters

(W.H. Auden)

En el Museo de Bellas Artes de Bruselas se expone un cuadro titulado “La muerte de Ícaro” del maestro Pieter Brueghel el Viejo. A simple vista recorremos un plácido paisaje con un labriego en primer plano que maneja serenamente su arado. Otra figura pasea ensimismada a cierta distancia y, más a lo lejos, se ve una bella ciudad costera. Una nave cruza un mar verdelado y bruñido como una joya luminosa. El cielo es tan brillante que el sol podría estar en cualquier parte. La mirada se anega en ese pequeño mundo de tranquila felicidad.

Sólo al cabo de un rato nos acordamos del título y buscamos al desdichado hijo de Dédalo que, al fin, aparece ridículamente apartado en un rincón. Mejor dicho: sólo sale medio cuerpo suyo, dos patitas que se agitan afanosas entre espumas, como rompiendo el hechizo del agua pulida como el cristal. Son apenas dos piernas y el resto, boca abajo y sumergido. Nuestra primera impresión es que al pintor de paisajes le importaba un rábano el tema mitológico y que de esta forma se quiso reír de la triste suerte de Ícaro. Pero no es así. El cuadro muestra lo que vemos; pero no lo que ve él: un mundo de locura siniestra, de endriagos y monstruos marinos de ojos de fuego que se pasean alrededor de su cabeza hundida. Mientras su piel se deshace lentísimamente, sus ojos no se acostumbran nunca a ese movimiento vidrioso de las criaturas blancuzcas que lo cercan curiosas y crueles. Algunos lo mordisquean, pero otros prefieren pasar de largo y volver después para atormentarlo eternamente. La respiración falta, pero nunca lo suficiente para morir del todo. Arriba, por milagro del artista, sus piernas se mueven y no se mueven. Ícaro está vivo desde que fue pintado. Pero abajo está pidiendo socorro ante lo que, desde hace cinco siglos, está viendo en las profundidades y jamás ningún ojo humano pudo retratar.

lunes, 1 de junio de 2009

Pamplona la loca

Un alumno me pasó un poema que se titulaba así. Los versos estaban bien, pero lo mejor era el título: Pamplona la loca. Es tan sorprendente, tan disparatado, unir estos dos conceptos que a quien se le ocurrió sólo puede ser un poeta, aunque sea en ciernes. Difícilmente encontrará uno en España una ciudad más sensata y previsible: los servicios públicos funcionan, las calles son amplias y limpias, los edificios están armónicamente separados por zonas ajardinadas. En los bares los camareros son de una sequedad espectacular: te sirven el pincho de tortilla de patatas con la misma seriedad con que podrían estudiar un manual de derecho administrativo o asistir a un discurso de Rajoy. Los extranjeros (incluyo aquí andaluces, extremeños y murcianos) se sienten un poco intimidados ante una eficiencia que confunden con antipatía.
Por suerte Pamplona está loca, aunque no lo parezca. La poesía, si es verdadera, acierta siempre. En el poema de mi amigo se hablaba del sempiterno tema del clima. Si no te gusta la temperatura, se suele decir, no te preocupes porque en cinco minutos cambia. El otro día lucía el sol y, en un ir y venir del viento, bajamos quince grados y cayó un pedrisco que machacó las hortensias de nuestro mini jardín. El tiempo pamplonés había mordido las plantas como un loco furioso.
Decía Chesterton que no hay peor loco que aquel que siempre se comporta como una persona razonable. Dios ha bendecido a Pamplona con un clima paranoico que explica las pequeñas locuras de sus habitantes. Y no faltan los ejemplos. Llevamos varios meses asistiendo a una campaña local para salvar por enésima vez al equipo local de fútbol del descenso de categoría. La sociedad se ha movilizado en torno a esta causa irracional. Chistes, camisetas, pancartas, programas de radio y televisión... Todos unidos en torno a un lema: "Yo no bajo". Un vecino mío ha compuesto un himno con una ligera variante: "Yo no bajo, amigo mío". Lo han premiado por votación popular y el Diario de Navarra le ha dado un premio económico. Para quienes no somos futboleros, y menos osasunistas, es un espectáculo incomprensible. Además, ahora que Osasuna ha logrado la gesta de ganar al Madrid, algunas calles han quedado hechas un pena por culpa de la cogorza foral. Pero por lo menos se demuestra una cosa: Pamplona no es una ciudad enteramente sensata; es decir, no está totalmente loca porque de vez en cuando se permite hacer cosas totalmente innecesarias o inútiles. Es falso que Pamplona haya salvado a Osasuna. Ha ocurrido justo al revés: Osasuna ha salvado a Pamplona del descenso a la locura -el aburrimiento- total.