En cierta ocasión unos colegas (y, sin embargo, amigos) se embarcaban en una expedición filológica a cierta selva amazónica.
-Que volváis para contarlo, le dije a uno de ellos.
-Si para eso vamos. Para poder contarlo.
Le he dado vueltas a la sabiduría de ese para y me pregunto si a veces no es mejor escribir con una finalidad que porque tenemos una razón para ello.Se cuenta que la joven y celosa mujer de Bismark le reprochó en una carta a su siempre ausente marido que, de seguir haciendo viajes diplomáticos, dejaría de amarla. El germánico canciller la tranquilizó así:
-Querida mía, yo no me casé porque te quería lo suficiente, sino para quererte más y más.
Bismark era prusiano. Imagino que la respuesta le funcionó porque su esposa también lo era. Pero, volviendo a la escritura, qué bueno es salir a la calle con la escopeta cargada, salir dispuesto a cazar una frase al vuelo para escribirla más tarde. Qué bueno es vivir para escribir después. Ulises y Penélope, en un momento gozoso de la Odisea (XXIII, 300-345), se entregan al deleite de referirse el uno a la otra los trajines que han llevado en los últimos veinte años. Ella le cuenta los sufrimientos que ha padecido en el palacio durante su ausencia; él, sus aventuras y cuántas penas causó a otros hombres. Viajamos, trabajamos, nos enamoramos, sufrimos, reímos y, de vez en cuando, vivimos algunas cosas con la ilusión de contarlas.