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lunes, 23 de mayo de 2011
La ciudad interminable
Una semana en Italia. Siete días dan para mucho, incluso para no visitar el propio blog. En Roma volví a la Via Giulia, mi calle favorita. Allí todavía se puede pasear entre palacios barrocos, decadentes, silenciosos. Una frontera invisible separa la calle de los circuitos de turistas y peregrinos, enredados a pocos metros de allí. La Via Giulia es una dama aristocrática que mira con desdén a las masas interceptadas por los puestos de helados y las pizzerías del Campo dei Fiori.
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O tener la suerte de subir a una azotea frente a la Piazza Navona. El sol no me impidió mirarle los ojos a la cúpula de Santa Agnese.
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Y otra recomendación si se viaja allá hasta el 22 de junio: la maravillosa exposición sobre Lorenzo Lotto en el Quirinal (véase aquí). Pintor espectacular que sólo conocía en cuadros sueltos. Maravillosa y rarísima Anunciación que parece haber sido pintada en el siglo XX, con la mano surrealista de Delvaux o de Balthus.. He leído que se trata de una visión "cotidiana" del milagro. Se quedan muy cortos. Nunca he visto, que yo recuerde, una Virgen con esos ojos alucinados y vuelta de espaldas al libro. ¿Y qué pinta ese gato huyendo, símbolo diabólico, en el centro mismo del cuadro?
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Roma: ciudad eterna, sí, y ciudad interminable.
lunes, 16 de mayo de 2011
La ciudad como juego
Siena. Una ciudad pequeña con diecisiete barrios separados por banderas coloridas y emblemas infantiles y zoológicos (el barrio del elefante, de la lechuza, del águila, del rinoceronte, etc.). Uno pensaría que es la ciudad más italiana del mundo, por lo caótica y lo hermosa, pero también por estar dividida en pedazos al cual más pequeño y extravagante. Un paseo por las tres calles del "muy noble barrio de la Oca" te lleva, de pronto a las cuatro callejuelas del "Barrio imperial de la jirafa". Viniendo de la muy racional Pamplona, todo esto no parece muy serio, gracias a Dios.
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En el museo de la catedral, entramos en las salas de pintura del Trecento. El guardián, apenas un muchacho de dieciocho años, vigilaba frenéticamente los juegos de su consola nintendo. De pronto, en la sala, coincidieron dos miradas: la nuestra, posada sobre las imágenes medievales, cristalizadas en su fondo dorado de siglos; y la del chico, moviendo los ojos a toda velocidad detrás de sus dibujitos de Pokemon. Todo un símbolo para dos modos de búsqueda en el mundo.
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