sábado, 31 de diciembre de 2011

Tres entradas para la salida del año

Hace años, cuando un espíritu exquisito tenía que pronunciar ciertas expresiones decía: "es un hijo de..." o "que se vaya a la m...". Ahora ya puedes decir "puta" y "mierda" sin que la abuela se caiga al suelo. Pero eso no quiere decir que la sociedad haya eliminado sus tabúes; sencillamente los ha desplazado. La semana pasada, en una tienda de Pamplona, sorprendo esta conversación:
-Bueno, pues agur
-Pues eso, y felices...
Todo sea por no pronunciar la palabra prohibida.

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Hay gente que se deprime con la Navidad, porque no le encuentra un sentido. Su reacción tiene una lógica imbatible: la alegría obligatoria es molestísima. Por la misma razón, a mí me deprime la Nochevieja. ¿De qué se alegra toda esa multitud? ¿Qué sentido tiene? Pienso en la cogorza foral que se avecina y recuerdo el inmortal soneto de Jon Juaristi:

Otra vez me han plantado, ya me veo
enfangado en el qüisqui solitario.
A mi edad, sin embargo, es necesario
vigilarse el riñón. Me acuesto y leo.
Las nocheviejas me deprimen. Creo
que las voy a borrar del calendario.
Para el muermo no habrá otro aniversario
ni ganará a mi costa el jubileo.
Vuelvo, hasta que me pesa la cabeza,
a una lectura amena y provechosa:
La Regenta (edición de Juan Oleza).
Y me duermo seguro de una cosa:
tampoco ganaré, el año que empieza,
el concurso de tangos de Tolosa.

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Fin. Esta es la última entrada del año. Si para algo sirven estas fechas, es para hacer balance. Aquí bien, allá mal, el otro mes regular. A propósito de lo que uno esperaba y no salió, hace dos años puse acá unos versos sabios de Aquilino Duque. Hay que aprender a ser buen perdedor. Entre los buenos recuerdos, me queda una caminata a las siete de la mañana por las calles desiertas de Siena; haberme aficionado, a estas alturas, a pasear en bicicleta; la sorpresa renovada de encontrarme a un hijo en los pasillos de la universidad; un atardecer en la desembocadura del río Miño; la película Tintín de Spielberg; La tierra purpúrea de W. H. Hudson, Tom Jones de Fielding, los cuentos  de Machado de Assis, de Mansfield y "El duelo" de Chejov; el Octeto de Mendelssohn y la música de Guastavino; mi enésima visita a Buenos Aires y Montevideo: los reencuentros con amigos y colegas venidos de muy lejos... Por estas cosas, y otras que no cuento, vale la pena haber vivido este 2011. ... Feliz año a todos.
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miércoles, 28 de diciembre de 2011

Diez libros para regalar en Reyes





En tiempos de crisis lo mejor es regalar libros, aunque sólo sea por llevar la contraria. Una posibilidad sería comprar la obra completa de Lucía Etxebarría, para que así no deje de publicar.
Los que no quieran suicidarse tienen otras opciones. Por ejemplo, existen libros que cumplen la regla de las cuatro B: buenos, bonitos, baratos y breves. Aquí van diez sugerencias:


1. Iván Goncharov: El mal del ímpetu (Minúscula). De Goncharov conocía ese libro interminable, ruso y genial que es Oblómov. Igual de ruso, pero muy asequible es este disparate, un poco en la línea de "La nariz" o "El capote" de Gógol. Además de muy divertido, es una interesante fábula contra el estrés y el ecologismo barato.
2. William H. Hudson: La tierra purpúrea (Acantilado) Decía Borges que este era "uno de los pocos libros felices que hay en la tierra". Da igual que la trama y el espacio (Uruguay a mediados del siglo XIX) nos resulten algo remotos. Uno sale con buen cuerpo después de haberlo leído.
3. Antonio Marí: El vaso de plata (Asteroide): Este es un fijo de mis sugerencias para regalar. Un libro a medias ficticio y autobiográfico, en donde se hilvanan recuerdos familiares de un muchacho en los años sesenta. El fondo es su maduración moral y afectiva.
4. Hilario Barrero: Lengua de madera (antología de poesía breve en inglés, (Siltolá). Una exquisitez en todos los sentidos. Y una portada preciosa.
5. Willa Cather: Lucy Gayheart (Alba). Una historia melancólica y profunda sobre la soledad.
6. George V. Higgins: Los amigos de Eddie Cole (Asteroide): Novela negra ambientada a finales de los años sesenta. Para amantes del género.
7. Katherine Mansfield: En un balneario alemán (Alba). Mansfield fue mi descubrimiento de este verano: sutil , irónica. Una escritora de brevedades de la escuela de Chejov. Este libro temprano es en cierta forma, una venganza hacia ciertas experiencias de la autora en Alemania. La traducción de Clara Janés, muy buena.
8. Claudia Piñeiro: Las viudas de los jueves (Alfaguara). Lo que dije de esta novela, está aquí.
9. Joaquim Maria Machado de Assis: Cuentos de madurez (Pretextos). Idem. Sobre este libro también escribí y se puede ver aquí.
10. Muriel Spark: La plenitud de la señorita Brodie (Pretextos). Una novela en la que quien parece bueno, no es tan bueno; y en donde los malos, no lo son tanto. Todo contado como si la narradora se hiciera la tonta. Y en donde el final, leído cuidadosamente, explica mucho más de lo que se siente a primera vista. O, por decirlo con menos palabras: una novela que imita a la vida.

martes, 27 de diciembre de 2011

Vuelta a la normalidad

Bueno, pues ya resucitó el blog. Había sido inhabilitado durante dos días porque, al parecer, no reúno los requisitos de edad, según Blogger. Después de engañar a los de Google -se han creído que soy mayor de 18 años-, puedo seguir escribiendo en este rincón y en el de al lado. Vuelvo a ser un escribidor consentido.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Feliz Navidad




A todos: a los amigos, a los curiosos y a los indiferentes, a los que comentan, a los que se exponen con su nombre y apellido, a los que se esconden con un mote, a los anónimos, a los silenciosos, a los que pasan un rato y no vuelven nunca más... a todos, feliz Navidad.

martes, 20 de diciembre de 2011

Sic transit gloria mundi

A lo mejor nadie se acuerda, pero cuando Felipe González perdió la silla sus vencedores estuvieron apedreándolo hasta que dejó la secretaría de su partido. Ocho años después, Aznar ya no se presentaba a las elecciones, pero dio igual porque los socialistas siguieron agitando su figura como un espantajo en la época en que Zapatero predicaba paz y amor a los turcos. Ahora, nuestro presidente en funciones (que no funcionario) se va con el perfil bajo: sabe que aún le toca una larga temporada de empujones, propinados a partes iguales por amigos y enemigos. Quizá, en este punto su destino sea diferente del de sus predecesores. Pero, en cualquier caso, en el deporte de cascar al ídolo derrotado son idénticos socialistas y populares. A pesar de sus diferencias, se igualan en lo esencial: todos son españoles.
Sé que a mí mismo me sucederá en los próximos meses: cuando vea la que esté cayendo, me acordaré del presidente más inepto de la democracia y de toda su familia. Y quizás haré mal, porque no será momento de mirar al pasado, sino de pensar en el presente y en el futuro. Así que me hago el propósito de no volver a escribir sobre Z. nunca más.
(pero, de momento, todavía puedo: así que sólo me queda decir que Zapatero acaba su comedia, fiel al personaje que interpretó: Mr. Bean, quien, después de hacer toda clase de estropicios, sale de la película asustado y escapándose por el pasillo).

viernes, 16 de diciembre de 2011

La triste historia de Mme. Rolland

Nunca dediqué un minuto a pensar sobre la familia, hasta que decidimos formar una. De eso hace veinte años. Creo que entonces los libros sobre educación me parecían una pamema; hoy no sé qué pensar sobre la mayoría de ellos, pero si algo tengo claro es que llevar adelante una familia (más si es numerosa) es la aventura más complicada del mundo. Aquí es donde mejor se comprueba el equilibrio que hay entre las pocas verdades en que uno cree y la relativización de muchas cosas en la vida cotidiana. "Pasan las ideas, los principios permanecen", acabo de leer en Indro Montanelli. Qué gran verdad, sobre todo porque los principios válidos son tres o cuatro, y las ideas perecederas, casi infinitas. Pero muchas veces los padres creemos en demasiadas cosas.
Pondré un ejemplo que lleva la ventaja de que ya no tiene nada que ver con nuestra realidad familiar. Hoy en día se habla mucho de lo buenísimo que es amamantar al niño todo el tiempo que se pueda. Si se pudiera, hasta el Bachillerato. Ayer, en medio del centro comercial, había una santa madre dando el pecho a su bebé, ajena al barullo, y supongo que orgullosa. Ahí tenemos la prueba viviente de un dogma que ya está un poco viejito: tiene doscientos años por lo menos. Jean-Jacques Rousseau, gurú de la Ilustración, fue el primero en defender que, para ser una buena madre, era imprescindible dar el pecho. Si no se seguía este consejo, el niño crecería sin amor por culpa del egoísmo de su mamá.
Imbuida de los dogmas de Rousseau, Mme, Rolland, intelectual y política francesa (1754-1793), decidió alimentar a su pequeña ella misma, en contra de lo que se estilaba en su época. Según refiere en su autobiografía (escrita en la cárcel antes de morir en la guillotina), la empresa fue difícil, porque no le subía la leche. Pero era una mujer de carácter. Nadie le iba a quitar el deseo de sentirse una buena madre, así que contrató una señora  para que sorbiera sus pechos a fin de restaurar el flujo. Cuando esto no era suficiente, prohibía que se le diese cualquier otro alimento a la bebé. A base de privaciones sin cuento de madre e hija, consiguió nutrir a su niña hasta los dos años. Luego, me parece que exhausta, pagó a una nodriza para que siguiera con la tarea. El drama vino cuando Eudore, que así se llamaba su hija, empezó a esbozar las primeras sonrisas de su vida a la nodriza. A Mme. Rolland se le llevaron los demonios y despidió a su empleada, pero eso no eliminó su sufrimiento. ¿Por qué su hija no la quería, a pesar de todo lo que había hecho por ella?. Para desahogarse, escribió otra obrita (Consejos a mi hija) donde, en lugar de cantar las maravillas de la maternidad, se dedicaba a explicar los horrores del parto, la falta de sueño, su mastitis, sus enfermedades y sus angustias a una Eudore que un día se haría adulta y comprendería lo sacrificada que había sido su madre. 
A los seis años Mme.Rolland decidió que la niña debía leer los clásicos en su lengua original. Asombrada, vio que la niña no disfrutaba especialmente con el estudio y la lectura, lo que la decepcionó todavía más. Por esta y otras frustraciones, cuando su marido fue nombrado miembro de la Asamblea Nacional y ella tuvo que acompañarle a su nueva residencia en París, no permitió que la niña fuera con ellos y se quedó en un hostal al cuidado de unos criados."Aun cuando mis esfuerzos habían tenido que resultar infructuosos", escribe Mme. Rolland, " yo necesitaba para mí ser mi propio testigo de que yo había hecho todo cuanto podía por mi niña". Obsérvese cuántas veces pronuncia yo y mi en una única frase.
Durante el Terror jacobino en 1793, Jean-Marie Rolland se suicidó y su mujer fue condenada a la guillotina. En el cadalso pronunció unas palabras dirigidas a la posteridad:
"¡Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!" Frase con la que Mme. Rolland se ha hecho famosa, pero que no se suele relacionar con su experiencia maternal. 
Por lo demás, la pequeña Eudore creció, se casó, tuvo varios hijos, y llevó una vida burguesa y feliz. Nunca le gustó hablar de su famosa madre.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Tintín versus Spielberg

Seguramente Steven Spielberg reúne todos los tópicos del  hombre norteamericano. Como buen yanqui, desconocía la existencia de Tintín y quién sabe si de la misma Bélgica. Pero, cuando Peter Jackson le prestó los cómics de Hergé,  ha sacado lo mejor de su estereotipo (el niño que hay en él) y nos ha regalado una película brillante.
Dos cosas me han llamado la atención: la primera resulta tan obvia que no merece casi comentarios. La película está hecha con un mimo visual fuera de lo común. Hoy día se puede hacer casi todo con un buen programa de ordenador. Pero no es tan sencillo imaginar ciertas transiciones entre las escenas o la fusión de la caricatura tintinesca con la apostura real de los personajes. El otro punto fuerte de Las aventuras de Tintín afecta al guión adaptado. La combinación de dos álbumes (El secreto del unicornio y El cangrejo de las pinzas de oro) indica que los guionistas se han dado cuenta de que el personaje interesante no es Tintín, sino el capitán Haddock. Y lo más importante: las licencias y exageraciones típicas que se permiten en la historia (estupenda la escena de Tintín buscando las llaves en el camarote de los amotinados) son perfectas. El barroco de Spielberg casa bien con la línea clara de Hergé... casi siempre. Las peleas finales, que a tanta gente le pueden encantar con todo el derecho del mundo, a mí me parecieron un pelín exageradas.


Y hablando de pelos, Spielberg se deja llevar por el ego en plan simpático, y hace que el mechón de Tintín se parezca a la aleta de su Tiburón en una escena en el mar. Si no la han visto todavía, fíjense cuando aparece el hidroavión en escena y el protagonista se tira al agua... En realidad, la película hace muchos guiños al espectador, desde el primer minuto, en el que aparece el mismísimo Hergé haciéndole un retrato a Tintín, en un gesto casi velazqueño, aunque Spielberg, me temo, estaba pensando más en Norman Rockwell:




viernes, 2 de diciembre de 2011

Stendhal, o el señorito revolucionario



Sólo tiene catorce años y no sabe que en el futuro se llamará Stendhal. El joven Henri Beyle se entusiasma con las noticias sobre la ejecución de Luis XVI. Ya le tocaba, piensa, Todo su resentimiento hacia la nobleza procede de un amargo rechazo a su educación clerical y a la autoridad paterna. El tedio producido por un mundo domeñado por normas irrespirables, la frustración permanente ante las puertas cerradas a la imaginación, todo eso le empuja a la rebeldía contra el orden impuesto por las élites. De ahí que, cuando comiencen las algaradas revolucionarias, Beyle sintonice su afán de libertad personal en la misma dirección que el pueblo y sus líderes revolucionarios. Grenoble, la ciudad natal del escritor, se une pronto a la lucha.
El inexperto aspirante a jacobino se cuela en las reuniones de los de exaltados, pero bien pronto sufre su primera decepción. La gente que allá va no es de su gusto, ni lo será nunca. En sus recuerdos de entonces escribe:

Había allí unas mujeres de ínfima clase, muy mal vestidas. Se pedía la palabra desordenadamente… Me parecían horriblemente vulgares las gentes a las que hubiera querido amar… En una palabra, mi posición de entonces era igual a la de hoy: amo al pueblo y detesto a los opresores; pero sería para mí un suplicio vivir con el pueblo. Mi piel es demasiado fina, piel de mujer. De ahí quizá mi repugnancia inconmensurable por todo lo sucio, lo húmedo, lo negruzco. (La cita, en la excelente biografía de Consuelo Berges)

¿No es una premonición lo que le pasa a Stendhal? ¿No suena al despego inconfesado de tantos intelectuales que desde entonces, desde 1789, han predicado otras revoluciones? Aman al pueblo y cenan langostinos todas las noches. Pero hay más en este pasaje. Es la prevención contra la masa. El miedo a ser tocado, o a formar parte de ella. La desgana ante las manifestaciones colectivas. Algo que cuesta asumir al intelectual, o al hombre de letras en general, sea de la ideología que sea, porque está habituado a trabajar en la intimidad,a  leer, a escribir -dos actividades solitarias-, o a debatir en medio de un círculo selecto de amigos o colegas. 



jueves, 1 de diciembre de 2011

Nicanor Parra, premio Cervantes



-Bueno, qué, ¿se lo merece?
-Pues sí. Ya le tocaba, y me alegro de haberme quejado en el otro blog (o sea, aquí) del olvido increíble que hasta ahora había tenido el premio Cervantes con don Nicanor.

Oído al pasar

Lo bueno de vivir en un país donde la gente grita mientras habla, es que, de pronto, los conversadores te regalan una frase interesante o, al menos, curiosa. Andaba yo por el campus, entre el frío y la niebla, cuando me crucé con tres señoras mayores, de esas que van de visita a la universidad para lucir chándal. Una de ellas iba diciendo entusiasmada:
-... ¡Y el tío va para los ochenta y cinco años, y no veas lo guapo que está!
Alguno (muy joven) pensará las Parcas en chándal no debían estar para estos comentarios. Pero se equivocaría. Es notable cómo se modifican nuestras medidas de lo bello a medida que el tiempo va cayendo. Conozco mujeres que, a sus ochenta y pico, son ahora más hermosas que a los treinta. Es una belleza que otorgan la experiencia, la sabiduría y, me atrevería a decir, la bondad madurada a lo largo de los años.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Hijos de las entrañas

Revisando lo poco que he escrito en mi vida, veo que, si queda algo valioso (unos pocos poemas, un cuento y, ¿por qué no?, alguna entrada de blog), no se deberá a que esté escrito de forma más o menos pulcra, sino porque me salió de dentro. Monterroso aseguraba que los buenos escritores escriben con las tripas, expresión desatinada, me temo, porque de ahí abajo sólo salen cosillas malolientes. Otra posibilidad es confesar que uno escribe desde el corazón, pero suena cursi y vulgar. Quizá lo más exacto sería recurrir a una frase de madre, tierna y dolorosa, y pensar que la inspiración nace de las entrañas de uno. Sí, los mejores escritos son justamente eso: hijos de las entrañas.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Intimidades

La luz del sol que se desliza por la persiana. El acto de ponerse las zapatillas para defenderse del suelo frío. Las peleas de los niños a la hora del desayuno. Todos estos milagros cotidianos por los que uno no se asombra ni da gracias a Dios cada día. Y en esto la escritura puede imitar a la vida. La maravilla de la poesía: extraer un pequeño brillo del polvo de la rutina (como hizo Enrique el otro día en un artículo que no me canso de releer). 



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La época en que mis padres -lo recuerdo muy bien-, descubrieron la teoria de los genes. Que uno de mis hermanos se llevaba la mano a la cabeza o enarcaba las cejas: "¡Los genes!", exclamaba mi padre señalándonos con el dedo. Que alguno de nosotros se agachaba para recoger la basura: "Es increíble la fuerza que tienen los genes", musitaba mi madre.  Bastantes años más tarde, M. y yo repetimos el mantra genético al contemplar cada evolución de nuestros hijos. Esto, lejos de ser divertido, tiene también su cara inquietante, porque hay genes buenos (o que nos parecen buenos) y genes malos, siempre en relación con nuestras interpretaciones familiares. Todo esto no deja de ser una injusticia con los niños, como si su libertad  futura no contase para nada. 





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Dentro de esa falsa protección que da la cabina del coche, la gente, cuando está sola, hace cosas raras o vulgares, pero siempre íntimas. Un día, en un semáforo descubrí a un señor de chaqueta y corbata hundiendo el dedo en la nariz con entusiasmo. Otra vez me detengo frente a una glorieta y un coche se me cruza: en el interior, una chica se aparta una  brizna de pelo de la sien. Por allí, en un instante, salta una chispa de la Belleza, y se va. Ahora, hace apenas diez minutos, un tío melenudo pasa a mi vera metido en su 4 x 4 y lo veo santiguándose varias veces. Qué buena situación para empezar un cuento.

Andanzas y lecturas diabólicas


Una lectura provechosa: el interesante y erudito libro sobre el diablo en la Edad Media de Jeffrey Burton Russell. Contrariamente a lo que se piensa, los medievales le tenían poco respeto a Satanás. El terror en los púlpitos, las persecuciones de brujas y las sectas satánicas empiezan a finales del período, cuando se suceden las espantosas hambrunas y pandemias por toda Europa, la debacle de la escolástica y el triunfo del nominalismo. En los siglos XVI y XVII, los sermones protestantes (tan poco interesados en mostrar la bondad natural del ser humano) y la predicación de los católicos (agobiados por la enorme crisis de la Iglesia) hicieron el resto.
Pero, en general, Lucifer era un pobre diablo para los piadosos medievales. Había razones teológicas para demostrarlo, desde Pseudodionisio Areopagita hasta Santo Tomás de Aquino. Si Dios era la suprema Bondad y Él detentaba el sumo poder, nada debíamos temer del mal. Ni siquiera la Biblia, donde apenas se habla del diablo, se interesó demasiado por él.
En realidad, el folclore tenía más historias que contar. San Gregorio Magno refiere anécdotas divertidas en sus sermones para despejar miedos entre sus fieles. Una monja glotona pasea por el jardín de su monasterio, ve una lechuga y se le antoja comérsela. El arte de la pastelería no debía de estar muy desarrollada en aquella época. De un zas agarra la hortaliza y la devora sin haber hecho antes la señal de la cruz.  Enseguida el diablo se mete dentro de ella, y la atormenta por golosa. La monja empieza a dar gritos, y un hombre santo, que andaba por allí cerca, la escucha y trata de saber qué ocurre. El diablo, entonces, empieza a quejarse desde la boca de la monja: "Pero, a ver, ¿qué he hecho yo? ¿qué culpa tengo yo? Yo estaba tan tranquilo sentado encima de la lechuga, y vino ella y me comió". El santo, incrédulo ante las excusas diabólicas, lo obliga  a irse mediante un exorcismo.
Gregorio quería que sus fieles se divirtiesen, pero su propósito era serio. Todo pecado abría la puerta al mal, pero si el pecador volvía realmente los ojos a Dios, podía superar sus penalidades. Qué curiosa paradoja: Las gentes de hoy no creen en el diablo y lo trivializan. La gentes de la Edad Media creían firmemente, y por eso mismo se reían de él.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Banquetes principescos y republicanos


 En 1937 Octavio Paz, que por entonces era joven y marxista, sintió la llamada de media España y se embarcó, junto a otros intelectuales mexicanos, rumbo a nuestra Guerra Civil. De paso se llevó a su guapa mujercita, Elena Garro, quien mucho más tarde sería autora de una novela extraordinaria, Los recuerdos del porvenir. La idea de Paz era participar en congresos antifascistas y apoyar con la palabra a la causa republicana. El gobierno español recibió a la expedición de escritores mexicanos, como al resto de los intelectuales venidos de todo el mundo, con los brazos abiertos y a mesa puesta. En los recorridos mitineros por pueblos y caminos de España los invitados eran conducidos en soberbios Rolls Royce y agasajados como príncipes republicanos.
Elena Garro cuenta en sus memorias algo sobre estos espléndidos banquetes (la misma anécdota, por cierto, la refiere Spender en las suyas):

 En Minglanilla, en donde hubo otro banquetazo en la alcaldía, nos rodearon mujeres del pueblo para pedirnos que les diéramos algo de lo que iba a sobrar del banquete. Me quedé muy impresionada. Allí, a pesar de la prohibición de los compatriotas de hacernos notables, Stephen Spender y otros escritores nos invitaron a salir del balcón de la alcaldía. Desde allí vi a las mujeres enlutadas y a los niños que pedían pan y me puse a llorar. Me sentí cansada y con ganas de irme a mi casa... durante el banquete, Nordahl Grieg pidió que se regalaran al pueblo las viandas que estaban en la mesa. Sin ningún éxito... (Elena Garro: Memorias de España 1937)


Ser de izquierdas no está reñido con tener buen paladar ni darse buenos atracones.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La mano desobediente


-No me toques.
Maria Magdalena desobedeció y , sobrecogida de curiosidad, rozó el vestido del Señor. Fue un segundo.
Y retiró los tres dedos de la mano izquierda como si hubiera recibido un calambre.
Luego vino lo que ya sabemos: las recomendaciones de Jesús para que hablara con los discípulos, la incredulidad de esa pandilla de cobardes, la confirmación de Pedro y Juan, las apariciones, la excitación, la locura por su regreso. No estuvo cuando lo vieron subir al cielo. Cuando se lo contaron, ella se quedó contemplando los tres dedos. Todavía sentía el calor.
Pasaron los años. Ella envejeció rápidamente, ya no era aquella mujer atractiva que se unió a los seguidores del Rabbí. Un día vino Juan a preguntarle por su experiencia. Su memoria de anciana todavía retenía lo fundamental.
Pero a nadie le contó que ella se había atrevido a desobedecer. Era su secreto, su único y verdadero secreto. Tampoco decía que desde entonces nunca había necesitado lavarse esos tres dedos que, firmes en el tiempo, no se arrugaban como el resto de su piel vencida. Y el día de su muerte, su sobrina no supo explicar porqué su tía María se había besado lentamente la mano izquierda antes de dar el último suspiro.

martes, 8 de noviembre de 2011

The day after

Esta mañana, a primera hora, fui como siempre a la cafetería de abajo de casa a comprar el pan. En la puerta un jubilado le chillaba al vecino de mesa:
-¡Yo peleo por lo que quiero!
El otro, roja la cara de la emoción, se le iba a las manos, mientras gritaba:
-¡Por el cambio! ¡Por el cambio!
En la televisión estaban reponiendo las escenas del debate.
Después, mientras conducía en dirección a la universidad, grupos de ciudadanos discutían en las aceras, levantaban consignas o proclamaban voces de desbocada pasión por sus líderes. "¡Mariano, Mariano!" decían unos; "¡¡Alfredo, Alfredo!!", les replicaban otros.
Por fin, al llegar al trabajo, mis colegas me preguntaban incrédulos:
-Pero, ¡cómo! ¿Tú no has visto el debate?
No, no lo he visto. Soy uno de los poquísimos, creo que el único español, que no lo vi. Lo siento, lo siento. No me lo perdonaré nunca jamás y arrastraré esta pena todos los días de mi vida.

Presentación del libro de Rosalba Campra

El próximo viernes 11 a las ocho de la tarde, en la Librería del Centro de Madrid (Galileo, 5; en metro, por la línea 2, se baja uno en Quevedo) se presenta Mínima mitológica, el último libro de microrrelatos de Rosalba Campra con ilustraciones del artista colombiano Fabio Amaya. Introduce el libro Rocío Oviedo. El lugar es una librería que tiene editorial propia: hacen unos libros que son verdaderas obras de arte. El libro, que he tenido la fortuna de conocer antes de que saliera, es excelente. Si alguno anda por Madrid, tiene una bonita excusa para ir...
Y, como adelanto, cuelgo aquí este micro de la autora:


DECIR NO
Asterión descubre, escrito en el libro que todo laberinto custodia, que para salir del laberinto basta negarlo, y que en el laberinto mismo está la negación.
Entonces empieza a borrar. Borra la A, la B, la E, la I, la L, la R, la T.
Quedan dos letras. Incrédulo, musita la palabra que han formado. El eco le devuelve u fragor de derrumbe.
Ya sin muros que lo resguarden, en torno a él, ve la inmensa redondez de la pampa, o, en otras versiones, la repetición igualmente sin salida del damero que dibujan los rascacielos.



sábado, 29 de octubre de 2011

Brevísimo tratado sobre el humor

Conversando hace unos días con Enrique G-M, llegamos a la conclusión de que la gente que se toma todo en serio, es poco seria. O sea, gente de la que no te puedes fiar.
Igual que en la vida, el humor es necesario en la escritura, hasta como una forma de cortesía con el lector. Pero, además, está la cuestión no pequeña de que todo lo que hacemos los pobres seres humanos es de muy escasa importancia, visto con los ojos del tiempo, y no digamos ya con la mirada impresionante de la eternidad. Ahora, en este mismo instante, mis hijos pequeños se pelean hasta la muerte por una tontería ridícula. "¡¡¡Que abras la puerta, te digo!!!", aúlla uno;¡¡Abre tú la puerta, hiperactivo!!", le chilla el otro. Para ellos se trata del problema más importante del mundo, pero tú sabes (vamos a dejar la mitificación de la infancia para otro día) que todo se disolverá en dos minutos hasta la próxima pelea.
Decía Baudelaire que el humor es diabólico, porque supone que uno -el que ríe- se siente superior a otro, el objeto de la mofa. Pero no siempre es así. Visto desde la alturas, como yo escucho ahora los gritos de los niños en el piso de abajo, el humor también es angélico (Marechal dixit), porque se puede entender como la sonrisa que esbozan los ángeles ante las locuras de los hombres.
Además, mis hijos, de pronto, ya se han dejado de pelear.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Un doctorado honoris causa por Durero

Mañana, en mi universidad, entregan el doctorado honoris causa a Antonio López.
No soy quien para opinar sobre él, sólo un espectador de la pintura. Como todo el mundo, he visto algunas obras suyas, admirables. En realidad, no tengo nada interesante que decir, pero sí fui testigo de una pequeña anécdota suya (que él me perdone, pues no nos conocemos), en donde salgo de extra. Hace cuatro o cinco años, por alguna razón olvidada, estaba yo en Madrid y aproveché para meterme en una exposición sobre Durero en el Prado. Cuando terminé el recorrido, me dí la vuelta para encontrarme con algún grabado que me había impresionado en especial. De pronto, me topé con López, que andaba, junto a dos amigos, viendo el comienzo de la exposición. "Esta es la mía", pensé, "ahora voy a tener visita guiada gratis". Haciéndome el distraído, me acerqué hacia ellos, que se habían parado delante del cuadro de Adán. Puse la oreja al nivel de máxima audición, y esperé a conocer lo que el gran pintor tenía que decir sobre esa pintura magnífica. Al comienzo no distinguí nada, porque hablaba en voz baja. Pero luego empecé a interpretar unos sonidos confusos, algo así entre "uf, uf, uf" y "mmmmm", acompañados de suspiros de admiración. Vaya, pensé, a ver qué dice del siguiente. Sin mayores comentarios, pasamos al grabado de "El caballero, la muerte y el diablo". Continuaron los bufidos y murmullos, encadenados ahora con esta exclamación en voz baja:
-¡Es un titán! ¡Es un titán!
Así fuimos de uno en otro cuadro: siguieron las exclamaciones y los silencios. A la altura del grabado de San Jerónimo, ese en el que parece que se puede escuchar el rasguear de la pluma en la mano del santo, Antonio López se quedó señalándolo y dijo a sus acompañantes:
-Hay que saber lo que cuesta hacer esas líneas paralelas así, una detrás de otra. ¡Es un titán!


Por fin los dejé estar y me fui. Estas pocas palabras robé de unos minutos ajenos, y espero no haber sido demasiado indiscreto, ni entonces ni ahora. Alguno pensará, con razón, que me lo tenía bien merecido por cotilla. Sin embargo, tengo que decir que a mí me quedó la sensación de haber aprendido muchísimo. En cada gesto de la cara, en cada "hum" admirativo, había toda una lección de pintor a pintor. Y había amor por cada trazo, por cada línea, que entraba en la retina. Alguna vez me he preguntado si explicar un cuadro no requiere las mismas armas que hablar sobre una novela. Desde un punto de vista técnico, no lo tengo claro, pero, después de esta lección involuntaria que me dio Antonio López, he entendido que siempre es necesaria la pasión.  

martes, 25 de octubre de 2011

Repitiendo palabras de los otros

-Eres un copión, papá. Todo el rato leyendo ese libro tan gordo, Adán Buenosayres o como sea, y luego vas y escribes otro igual, con el mismo título, pero más pequeño. Eres un copión. Un copión y un flojo.

Estas cosas, criaturita, me decía el otro dia uno de lo pequeños. Pero no le faltaba razón: ¿qué hacemos los estudiosos de la literatura sino atisbar, escudriñar, dar vueltas alrededor de libros ajenos que sentimos como propios? Cuando somos buenos, somos copiones. Y si somos fieles a las hermosas palabras de los otros, si no nos inventamos un libro que no existe, sólo estamos aquí para explicar un poema, una novela, sin faltar a la verdad de su sabor, de su saber.

lunes, 24 de octubre de 2011

¡La hybris, idiota, es la hybris!

En Tebas se ha declarado la peste. Edipo el sabio, el poderoso rey Edipo, ha ordenado una investigación para aclarar las causas de la epidemia. Según sus informaciones, hay un ciudadano que ha cometido un crimen tan abominable que los dioses han decidido castigar a la ciudad que lo acoge. Hay que encontrar cuanto antes al culpable, y él, el justo, el honrado rey Edipo, no va a parar hasta expulsarlo de Tebas. Le da igual lo que le digan el adivino Tiresias, el buenazo de su cuñado Creonte o. incluso, su propia esposa Yocasta. Todos ellos le advierten de que no siga más allá, que deje de preguntar. Pero él sigue solo, como siempre en la vida, seguro de su victoria, hasta que, poco a poco, se va despejando la luz de la horrorosa verdad: él, el inmaculado Edipo, es quien ha manchado Tebas con sus crímenes: mató a su padre y se casó con su propia madre de quien tuvo hijos que son, a la vez, sus hermanos.
Tal vez para nosotros, Edipo tiene un enorme atenuante porque no sabía qué estaba haciendo (la conciencia, ese invento cristiano), pero, para esos buenos paganos que eran los antiguos antiguos griegos, la respuesta estaba clarísima: Edipo se había pasado. Siempre se creyó más de lo que era en realidad , un pobre mortal, y los dioses le castigaron por su hybris, una palabra que traduciríamos aproximadamente como soberbia, y que vendría a calificar la conducta de aquel que ha traspasado los límites que todo ser humano debe conocer de sí mismo. Nunca gobernamos del todo nuestra vida. Por eso es mejor no sentirnos los reyes del mundo. Dura lección para el tirano de Tebas, que acertó con el enigma de la esfinge, pero nunca supo la verdad más importante y espantosa sobre sí mismo, a saber, que sin darse cuenta hizo el mayor daño imaginable a quienes más quería.
Hoy la presidenta Cristina Fernández de K. ha ganado en la Argentina con una mayoría tremenda. Hace unas semanas, cuando yo estaba desayunando tranquilamente en Buenos Aires, leía esta perla suya: "El mundo va por un lado y nosotros,[su gobierno] a veces parece que va por otro, pero somos un país que realmente sabe lo que quiere y necesita, porque bla, bla, bla" y etcétera. Todo era a cuenta de que, en las aduanas del país, había cientos de miles de libros extranjeros retenidos y listos para ser devueltos a su lugar de origen, todos sacrificados en el altar de un proteccionismo económico digno del siglo XIX. Lo mismo se puede decir de otros productos de importación: neumáticos, juguetes o comida para gatos... ¿De verdad se puede reconocer que el mundo entero va por un lado y yo voy por otro, pero me da igual? La hybris es mala cosa. No es sólo a la Argentina a la que me refiero. Afecta a políticos de tantos lados que uno no sabe ya a donde mirar. Hace poco más de tres años nuestro angélico casi ex presidente se esponjaba en las Naciones Unidas explicando que España había superado económicamente a Italia y que poco faltaba para que atropelláramos a Francia. Qué tiempos aquellos, ¿verdad?. Si los políticos leyeran más a Sófocles no dirían tantas estupideces, ni superarían tanto sus límites. Al final a Edipo lo echan de Tebas y la peste desaparece de la ciudad. Los griegos eran más sabios: Nosotros sólo terminamos echando a nuestros tiranos de sus palacios de gobierno.

viernes, 21 de octubre de 2011

Fin de Eta y ¿comienzo de qué?

20 de octubre (día del fin de Eta) y 20 de noviembre (día de las elecciones): qué curiosa simetría. Eta ha empezado a pensar políticamente ahora que ya no la dejan pensar como asesina.

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Hace tres días, hablando con M. sobre la conferencia de San Sebastián, se me ocurrió decirle que el comunicado de Eta estaba muy cerca. No tiene mérito alardear de profeta: por desgracia, basta con seguir lo que ha ido diciendo Jaime Mayor Oreja en los últimos años. El comunicado de ayer no es más que el eslabón de una cadena en la que, si miramos para atrás, está el anuncio de la última tregua, la legalización de Bildu, la llegada a las instituciones de esta misma formación, la conferencia de San Sebastián, etc. Claro está que todavía quedan otros eslabones por cerrarse en ese proceso: el aterrizaje en el gobierno vasco tras las elecciones autonómicas. Y se me ocurre que todavía se pueden seguir haciendo profecías. Por ejemplo, no todos los etarras aceptarán vestirse de políticos burgueses, como están haciendo los de Bildu, que se ponen corbata cuando ya ha se pasado de moda. En realidad, una escisión es inevitable de los radicales entre los radicales.

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Me pregunto cómo llevará todo este tinglado el futuro gobierno del PP. Y cómo afectará un hipotético gobierno de Bildu en Vitoria a la imagen de desestabilización política que puede sufrir España. Algo nada bonito para afrontar esta crisis económica que no cesa, una crisis que depende tanto de unos mercados internacionales tan atentos a las malas noticias, sean las que sean. Los rifirrafes politicos internos también contribuyen a que los países pierdan esas esotéricas notas que ponen las agencias de calificación. Basta pensar en Bélgica, que es la siguiente pieza del dominó detrás de españoles e italianos.

jueves, 20 de octubre de 2011

Cada día como si fuera el último de nuestra vida

- Si os plantéais cada día como si fuera el último de vuestra vida, algún día acertaréis.
Estas palabras, u otras semejantes, han repetido algunos periodistas con delicia en las últimas dos semanas respecto al legado de Steve Jobs y su mítico discurso a los universitarios de Stanford. No tengo nada que objetar. Más aún, estoy totalmente de acuerdo con el mensaje. La única pega es que no es de Steve Jobs. Lo ha dicho mucha gente desde que el emperador Marco Aurelio se propusiera en una sentencia vivir cada día como si fuera el último de su vida.
Pero lo importante hoy es actualizar el mensaje, decirlo de forma casual, con un suéter negro y zapatillas de deporte. Y tampoco me parece mal: La verdad es siempre igual y distinta a sí misma, atraviesa los siglos, sacude las conciencias y se viste en cada tiempo de un ropaje diferente.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Tres motivos para escribir cuanto antes



Creo que a estas alturas de octubre tengo, por lo menos, tres motivos para escribir una entrada cuanto antes.
1) Primero: He estado fuera. En Buenos Aires y Montevideo, dos ciudades tan lejanas y tan próximas al mismo tiempo. Y en las dos, siempre que voy, me siento en casa. Buenos Aires, cálida y bullanguera, con esa mezcla tragicómica de refinamiento y horterada. Al cruzar la avenida nueve de julio, un cartel gigantesco, existencial y gruñón, con la foto de Ernesto Sábato, cubre una fachada de siete pisos. Y si uno mira para el lado de la calle Corrientes, otro mural igual de esplendoroso con cuatro tías despelotadas que no dan la impresión de utilizar el cerebro ni para ir al baño. Pongamos que uno sigue por Corrientes: se apunta al desfile de teatros, tiendas de discos y librerías estupendas (algunas sucísimas). No es raro que de pronto a uno le golpee en los ojos ese espectáculo insólito: "Borges para pibes". Pobres pibes.
Montevideo, con su grisura y su vida a medias, es algo distinto. No encandila a la primera (ni a la segunda, dirá más de uno), pero, poco a poco, se le va tomando cariño a esas veredas que parecen bombardeadas por biplanos de la primera guerra mundial. Y la gente es tranquila, entrañable. Esta vez me conseguí una bicicleta para pasear por los veintitantos kilómetros de paseo marítimo (Rambla le llaman los montevideanos). Cuando  perdí de vista la ciudad, la playa era idéntica a la de Cortadura, en Cádiz. Rafael Alberti decía que se iba a Uruguay de vez en cuando para escapar de la policía de Perón en Argentina, pero eso era cuento chino, seguro: lo que de verdad le pasaba es que  las playas uruguayas eran un retorno vivo a sus arenales de El Puerto de Santa María. 
2) Segundo motivo para escribir antes de que se acabe el día: como me descuide, se me muere el blog. ¿Por qué tanto silencio de pronto?, se preguntará alguno, pero sobre todo me lo pregunto yo. Seguramente es porque estoy trabajando mucho, metido como estoy con un proyecto muy interesante. No me llega el tiempo ni para pasearme un ratito por el blog. 
3) Y último motivo: Ayer fue mi cumpleaños. He observado que a muchos blogueros les gusta decir cuando es su cumpleaños para que les feliciten. Bueno, yo no voy a ser menos, aunque llego tarde, ya lo sé. Pero esa es la manera de que me felicite quien le dé la gana,¿no?


martes, 27 de septiembre de 2011

Elogio de la distracción


El Diccionario de la Real Academia Española declara que despistado es aquel que deja de poner atención en algo. La Real Academia sabe mucho y uno más bien poco, pero yo diría que es más bien al revés. El distraído es aquel que se fija en lo que de verdad le interesa. Por eso sostengo que en realidad los distraídos viven más felices, y hasta juraría que viven mas años.


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Los sabios, los poetas y las modelos famosas son, por distintas razones, distraidos.


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Por la calle una señora bastante anciana le va comentando a otra la pena que le produce la llegada de la tarde. "Demasiado pronto", le dice. Y la compañera le asegura que eso también se nota por la mañana, ahora que ha cambiado la estación. "Pero, ¿cómo?". "Sí, sí, a las siete ya no es de día". A cada una de las dos le echo mentalmente, al menos, el doble de otoños que uno mismo, que ya son otoños. ¿Y de dónde entonces la sorpresa?, me digo. Tal vez sea eso lo que traen ciertas vejeces: un asombro permanente como el de los niños, pero poblado de tristeza. O no, quién sabe. En realidad, no debiera hablar de lo que no sé, sino de otra cosa, del don de sorprenderse con cada cambio, aunque sea de hora. Cada tiempo tiene su asombro, diríamos. Y si a uno se le abren las puertas del alma a las seis de la mañana en junio, ahora qué bendita esa intimidad que nos da la oscuridad en los postres del día.





miércoles, 21 de septiembre de 2011

Rutinas del otoño






Ya empieza el otoño y, con él, una rutina nueva. Pronto parecerá inverosímil que alguna vez hayamos caminado envueltos en sol, igual que hace tan poco tiempo pensábamos incrédulos que se podía vivir atrapado por las ropas largas y ese cielo húmedo que sentimos tan cerca.

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Aunque lo de la envoltura de sol suena a exageración literaria para quien ha veraneado en Galicia. Galicia tiene otros alicientes que sólo quienes se habitúan a ella quieren y conocen. Por eso, los mismos nativos-esos que se quejan los primeros del tiempo, pero ay de ti como se te ocurra secundarles-, cuando se refieren a su tierra la mencionan con su no sé qué de complicidad. Nadie dice, cuando habla de su casa, "Vuelvo a Andalucía, a Castilla o a Cataluña", sino "vuelvo a Cádiz o a Valladolid o a Barcelona". Allí, en cambio, cuántas veces se suspira con un "Vuelvo a Galicia", y no a Lugo, Vigo o La Coruña. Es como regresar al hogar, que les abraza nada más atravesar los puertos de La Canda y el Padornelo.


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Y otra rutina más: el cole. Y esos deberes con series lógicas: cuadrado, triángulo, cuadrado, triángulo... ¿y qué viene después? A mí se me ocurren los candidatos socialistas desde el comienzo de la democracia: uno guapito y presidente, otro calvo con barbas perdedor, otro guapito y presidente, y ahora otro calvo con barbas... ¿perdedor?
El otoño me sienta fatal.



martes, 20 de septiembre de 2011

Selección argentina de literatura


Este de arriba es un viejo chiste rescatado de las hemerotecas argentinas (pinchar en la foto para leerlo mejor). Parece un ataque a Borges hecho desde una óptica nacionalista. Pero a mí me resulta interesante por otros motivos: uno, por comprobar cómo la literatura en Argentina, al menos en los remotos años en que se hizo el chiste, congregaba verdaderas pasiones; y dos, porque todos los nombres que aparecen son de grandes escritores. Y esto me lleva a sostener que la literatura argentina tiene, al menos entre los años veinte y los setenta del pasado siglo, el mejor elenco de narradores de las letras en lengua española, con diferencia, frente al resto de los países de uno y otro lado del Atlántico.
Por eso, ahora que el combinado argentino de fútbol parece que vive su enésima crisis de resultados, modestamente sugiero otra selección para ese querido país:

Portero: Este es un puesto de mucha responsabilidad y no se puede dejar a cualquiera. Quizá Ezequiel Martínez Estrada por su cuento "La inundación".
Defensa: Cuatro defensas rocosos con libros bastante gordos para defenderse: Sábato (Sobre héroes y tumbas), Leopoldo Marechal (Adán Buenosayres), Manuel Mujica Láinez (Bomarzo), Roberto Arlt (Los siete locos).
Centro del campo: Jorge Luis Borges (Indiscutiblemente el director del juego), auxiliado por las bandas por Adolfo Bioy Casares (un interior ligero con el que Borges se entiende bien), Silvina Ocampo y Marco Denevi (otros dos jugadores creativos, con su personalidad pero de la misma escuela).
Delantera: Julio Cortázar (al principio juega por la derecha pero luego se maneja muy agresivo como extremo izquierda) y Manuel Puig (un delantero centro efectista)
Suplentes: José Bianco (puede sustituir a Bioy o Silvina unos pocos minutos de la segunda parte), Mallea (si se necesita un juego conservador), Ricardo Güiraldes (si al entrenador le gusta la cantera local), Macedonio Fernández (para casos desesperados).

sábado, 17 de septiembre de 2011

Silvius L. Weiss: Fantasía y Chacona




Normalmente este blog es sólo de palabras.
Pero hoy hago una excepción, porque esto es para quedarse sin ellas (sin palabras, quiero decir).

viernes, 16 de septiembre de 2011

Volver

Lo mejor de El señor de los anillos, ese larguísimo libro, está en sus tres palabras finales. Sam Sagaz, después de haber salvado ciento veintisiete mil veces al pesado de Frodo y haberse jugado el pellejo otras tantas, vuelve por fin a su hogar y dice: I am back, "Estoy de vuelta". Es una frase tan de andar por casa, tan rutinaria, que extraña un poco después de mil quinientas páginas de criaturas sobrenaturales y aventuras de cine. Pero seguramente ahí está su grandeza: en descubrir la maravilla de lo cotidiano después de un viaje de fábula.
Y ahora releo ese final, espléndido también, de La casa encendida de Luis Rosales:

Al día siguiente,
-hoy-
al llegar a mi casa -Altamirano, 34- era de noche,
y ¿quién te cuida?, dime; no llovía;
el cielo estaba limpio;
-"Buenas noches, don Luis" -dice el sereno,
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares,
las ventanas,
-sí, todas las ventanas-,
Gracias, Señor, la casa está encendida.


Viajar es maravilloso. Pero no hay viaje de verdad sin regreso, porque, en caso contrario, la ida se hace huida. Lo que propone Rosales es otra cosa. Mirar lo que vivimos todos los días como si tuviera que ver con las estrellas: vivir con la seguridad de nuestro origen. Y poder volver allí siempre. A casa.Y volver por la noche, y encontrar que alguien nos espera porque las luces están encendidas.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Aviso propagandístico

Tengo bastante abandonado mi blog de lecturas, así que hoy, aqui al lado a la derecha, acabo de renovarlo...

martes, 13 de septiembre de 2011

Humanista, más que humanista

Cuando fui a visitar a aquel amigo, me recibió en su despacho oficial. Se le veía (o yo me lo imaginaba) levemente incómodo en ese cargo burocrático, a él, que sobre todo era un poeta exquisito. No llevábamos diez minutos charlando cuando, de pronto, sonó el teléfono. Por el modo con que le cambió la cara, entendí que era una llamada desagradable. Él me hizo un gesto para que me quedara, así que, mientras hablaba, me levanté y me dí un paseo por el despacho en busca de libros o de alguna revista con los que hacerme el distraído. Pero me llegaba el tono de la conversación, cada más duro: "No puede ser, no, no es posible, lo siento, pero no...", decía mi amigo. Al final colgó y dio un suspiro.
-Fíjate, me dijo, que es un documentalista que pretende que le pongamos un corto en el instituto en que sale la violación de una niña de diez años. Todo esto rodado con unos planos feísimos, una estética cutre, una música infumable y qué sé yo... Esta furioso porque me he negado, bajo mi responsabilidad, y me ha dicho que en otros institutos Cervantes se ha puesto sin ningún problema... Pero ¿sabes lo más gracioso de todo? Que, en vez de llamarme fascista o represor o algo así, me ha dicho que soy el típico ejemplo de una cultura atrasada, dominante y... humanista ¡humanista! Para mí es un elogio, claro.
Muchas veces he vuelto a esta anécdota para pensar en lo bajo que estamos cayendo. Cuando un elogio se convierte en insulto, todo lo que huele a ese apelativo ya está fulminado de excomunión. Si en ciertos ambientes presuntamente intelectuales, el calificativo humanista es rechazado es que para ellos toda nuestra civilización occidental se desmorona alegremente.
En estos días voy leyendo un libro sobre recuerdos de personas que vivieron la Primera Guerra Mundial. En uno de los testimonios, el marinero alemán Richard Strumpf, un hombre harto de la vida brutal en el barco, llega al puerto de Kiel. Allí asiste a la ópera Lohengrin de Wagner. Y anota en su diario:
"Es una lástima que no pueda ir a más eventos como este. Hacen que te sientas como un ser humano y no como un simple e ignorado animal de carga".
Eso es el humanismo que tantos frívolos detestan: todo aquello que te hace sentirte orgulloso de pertenecer a la estirpe de los humanos. Y mi amigo, por supuesto, es un humanista.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Mayúsculas que muerden

Las palabras muerden, dice Octavio Paz en algún poema. Un amigo me escribe Dios con minúscula, y le preguntó por qué lo pone así:
-Porque no existe.
Pero si eso fuera así -pienso ahora- habría que escribir con minúscula zeus, don quijote, doraemon, bob esponja y rodríguez zapatero, todos ellos seres inexistentes. Quedaría rarísimo. De momento la Real Academia declara que los nombres propios deben ir con mayúscula y los comunes con minúscula. Probablemente aquí la cuestión no debiera ser teológica, sino gramatical. O tal vez es que las palabras muerden, y a alguno no le resulta indiferente poner una mayúscula de más o de menos en el nombre de Dios.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Una visita

Hoy vi en la clínica a un amigo muy enfermo. Mi amigo, que deja tres hijos pequeños. Ya no habla. Vive en ese estado terrible y misterioso que es el coma. Estaba a su lado su esposa, como se suele decir, triste y entera. La fe no resiste el dolor, pero le da un sentido. Luego aparecieron sus padres que vienen de muy lejos. Cuando su madre se acercó y le tocó la mano, mi amigo sonrió.
Después de un rato, me despedí y bajé a la calle. Allí esperaban los periódicos del día : "Los docentes se manifiestan contra el tijeretazo"; "Angela Merkel dice que su misión es salvar Europa; "Guardiola recibe la medalla de oro que le faltaba". Y yo leía todo eso con los labios pero por dentro me salía solo el Eclesiastés: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad".

miércoles, 7 de septiembre de 2011

¿Reférendum? De entrada, no

De entrada, a mí me parece muy bien lo que reclaman los dos sindicatos mejor subvencionados de España y el 15 M. Cualquier retoque de cierto calado merecería una consulta popular. Por mucho menos, Suiza (donde habitan los malvados mercados, oh) está sacando las urnas a la calle.
Pero veo algunos problemillas: uno de ellos es que, en el caso imposible de que PP y PSOE escucharan la voz de las minorías, el referéndum iba a dar la razón a la reforma. ¿Cuándo un gobierno ha perdido un referéndum en España? No hablo ya del 78, o de aquel mítico sobre la OTAN, sino de otro, ya olvidado, en el que los españoles votamos en masa por una constitución europea que ni nos importaba ni entendíamos. Además, montar una gran consulta cuesta dinero y gastar plata en un referéndum simbólico es una macana.
Hace años un intelectual (y, sin embargo, nacionalista) me dijo: "La política es un teatro, un juego de máscaras. Todo es fingimiento". Los líderes de izquierda salen a manifestarse sabiendo que nadie les va a hacer caso y de que perderían el referéndum si se llevara a cabo. Y al mismo tiempo, el gobierno y el PP aprueban una reforma para calmar a Europa, que finge creer a su vez que los dirigentes españoles respetan las leyes. Y es verdad: los gestores de la reforma saben que todo cambio en la Constitución es relativo. A fin de cuentas, se la llevan saltando desde hace veinticinco años.


Un modo de morir

Algo más sobre Francisco de Aldana. El poeta, por mandato de Felipe II, había acompañado a don Sebastián, el rey visionario que pretendía reconquistar el Magreb para los cristianos. Aldana había intentado en vano convencer al rey de la locura de meter a los portugueses en semejante aventura. Por fin, en la jornada de Alcazarquivir el ejército cristiano fue aplastado. En un memorial que su amigo Diego Torres envió a Felipe II para informarle de la batalla, se lee este emotivo final:

Y el día de la batalla, andando a pie por le haber muerto el caballo, le encontró el rey y le dijo: "Capitán, ¿por  qué no tomáis caballo?". Y él dicen que les respondió: "Señor, ya no es tiempo sino de morir, aunque sea a pie". Y con la espada en la mano, tinta en sangre, se metió entre los enemigos, haciendo el oficio de tan buen soldado y capitán como él era".

martes, 6 de septiembre de 2011

Aldana, qué gran poeta

En una ocasión pedí a mis alumnos de un taller de poesía que, para el día siguiente, trajeran su poema favorito a clase y que, tras leerlo, explicaran por qué lo habían elegido. Yo mismo me apliqué a la tarea a sabiendas de que lo que pedía era una simplificación. Después de titubear, pensarlo bastante y descartar unos cuantos, tal vez con injusticia me quedé con uno.  No era de un contemporáneo, para mi propia sorpresa, sino de un poeta del Siglo de Oro, de los mal llamados menores: Francisco de Aldana. Cuando leí de joven su soneto "En fin, en fin, tras tanto andar muriendo", me conmovió y creo que hasta me ha servido después para la vida. Aldana sabe que la felicidad está dentro y no fuera, pero no lo dice como en un manual de autoayuda. Lo dice con una mezcla de espontaneidad y nobleza, de desengaño y esperanza. Lo dice así:

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto de uno en otro desatino,
pensar todo apretar nada cogiendo,

tras tanto acá y allá yendo y viniendo,
cual sin aliento inútil peregrino
-¡oh, Dios!-, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mi mal ministro siendo...,

hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se esconde,
pues es la paga de él muerte y olvido,

y en un rincón vivir con la victoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de los servido.


Aldana es autor de otros poemas admirables, como un profundo soneto erótico ("¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando/ en la lucha de amor juntos, trabados,/ con lenguas, brazos y pies encadenados, etc., el resto del poema, aquí), una maravillosa epístola a su amigo Arias Montano (aquí), o esos versos en donde aspira a un Cielo personal ("iríame por el cielo en compañía/ del alma de algún caro y dulce amigo,/ con quien hice común acá mi suerte./ ¡Qué gran montón de cosas le diría,/ cuáles y cuántas, sin temer castigo/ de fortuna, de amor, de tiempo y muerte!"). Fue espía y soldado, amó en las cortes de Italia y anduvo en los Tercios de Flandes. Se relacionó con intelectuales erasmistas y, al final de su corta vida, era un hombre hondamente religioso (y todavía un poco más sobre él, aquí). Murió luchando contra los musulmanes, mientras acompañaba al rey don Sebastián en su disparatada aventura de Alcazarquivir. Muchos poemas suyos se han perdido, pues los llevaba cosidos a la camisa cuando se lanzó al combate. Qué gran película se podría hacer con Francisco de Aldana.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Tatuajes

El veinte por ciento de la población española -me dicen-, lleva algún tatuaje. Como tengo fresco mi recuerdo playero, me pregunto si las estadísticas no se han quedado cortas. Mis informantes también me cuentan el caso de unos enamorados que se abrasaron el nombre del otro en cada brazo. Como iban a hacer vida en común, se compraron un coche, un pisito y no sé cuántas gaitas más. Más tarde cambiaron de opinión, se pelearon y, en el trajín legal, ella se lo llevó todo. A él sólo le quedó el nombre de su ex. Supongo que pudo verlo cuando tuvo que adelantar la mano para firmar el documento de cesión de bienes.
Aparte de esta historia, me llama la atención la paradójica afición a ser marcado en esta sociedad en la que nada es para siempre. Y qué curioso que sea el mismo cuerpo quien recibe el herraje. Ahora que tantos descreen de cualquier idea que se presente como dogma, que la verdad posmoderna se ha vuelto fluida, movediza y discutible, nos podemos inscribir a fuego lo que queramos. Ciertamente nadie se pone una cita de San Pablo o de Pascal. A lo más que se llega es a divisa de legionario ("Amor de madre") o a herméticas siglas que pueden significar los nombres de los seres queridos (hijos, novias, cuñados, etc.) como si se tratase de aviones derribados en combate.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Lo efímero y lo que permanece en el blog



"Los blogs son un sitio donde la literatura, y el diarismo, y el periodismo, pierden su honesto nombre, y adquieren este otro que tanto dice de ellos: blog, una especie de cruce entre bloc y eructo textual, informe y cambiante. Este término recoge ciertos aspectos del fenómeno mejor que su sinónimo parcial, 'bitácora', que parece sugerir un rumbo controlado."
(José Ángel Garcia Landa, "Los blogs y la narratividad de la existencia", en Azucena Penas y Rosario González (eds.), Estudios sobre el texto, Frankfurt, 2009, pp. 303.332).

Es verdad. Que algunos prefieran hablar de  bitácora no es un asunto menor, al menos, para quienes aman las palabras por sí mismas. Ellos quieren manejar la barca y mantener el rumbo. Ciertos escritores metidos en la adicción del blog, cantan loas al arte efímero del siglo XXI, pero renuncian a responder a los comentarios, o ni siquiera dan la opción al lector de que los haga. Se sienten muy cómodos con sus entradas, pero luego no saben por dónde salir. Los entiendo muy bien. Digan lo que digan algunos, la literatura aspira, y seguirá aspirando, a la fijación de unas palabras en el tiempo. Otra cosa es conseguirlo.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Amor a la libertad


No es tan fácil encontrar a un amigo de la libertad.. Vargas Llosa lo es. Aquí se puede leer lo suyo, tan ateo y tan respetuoso.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Lecturas de verano

Este ha sido el verano en el que casi he conseguido no leer ninguna novela policíaca y apenas he tocado la poesía. Después de eliminar lo que me tragué por obligación profesional, aqui va una lista rápida de lecturas.

Tobias Wolff: En el ejército del faraón
Recuerdos de la experiencia del autor en la guerra de Vietnam. No incurre en ningún tópico, no es autocompasivo y está magníficamente escrito. Todo el libro tiene un aire de verdad. De toda la lista, creo que es el libro que recomendaría a un mayor número de lectores.

Muriel Spark: El banquete
Unas cuantas parejas de ricachones londinenses se reúnen para cenar en casa de un amigo. En apariencia todo se presenta muy trivial, pero en cada capítulo se va rebobinando la historia hacia atrás hasta que de pronto te das cuenta del enorme desaguisado que se va a producir. La Spark nunca defrauda.

Muriel Spark: Curriculum vitae
...Bueno, a veces sí defrauda. Esta autobiografía despeja muchos balones comprometidos, se mete con algunas gentecillas sin necesidad y, para mi sorpresa, cuando evoca los hechos sobre los que la autora se basó para sus ficciones, resulta que los recuerda con simpatía (con la mala uva que gasta en sus novelas). Por suerte el libro no está traducido.

Martin Amis: Tren nocturno
Sórdido relato que incumple el voto que me hice de no leer nada que oliera a policiaco. Amis es un excelente narrador, desde luego, pero este libro no me ha terminado de convencer, quizá porque confieso no haber entendido bien el final.

Rubem Fonseca: El cobrador
El cuento que da título a la colección  es de lo más salvaje que he leído nunca. Si al lector le queda respiración al final, puede reflexionar sobre la violencia en Río de Janeiro.

Ivan Vásov: Bajo el yugo
Libro raro de la benemérita colección Libro amigo de Bruguera. Novela búlgara del siglo XIX sobre las luchas de independencia contra los turcos. Un clásico de su país y una sorpresa agradable para mí.

Henry Fielding: Tom Jones
Este best seller del verano de 1746 ha sido mi gran descubrimiento del verano. Mil páginas de sucesos contados con una ironía genial. Un libro para leer con la calma con que se lee el Quijote y con la tranquilidad de saltarse de vez en cuando uno que otro capítulo ensayístico-moralizante. Fielding no es tan grande como Cervantes, claro, pero muy recomendable.


Robert K. Massie: Pedro el grande
Una biografía muy interesante sobre un personaje increíble. Fue premio Pulitzer.

Rudolf Baumgardt: Carlos XII, el paladín del Norte
Otro personaje apasionante, el gran rival del zar Pedro I. Pero el libro decepciona. Biografía novelada con mucha épica y un tufo medio nazi (la traducción es de 1944).

Katherine Mansfield: En una pensión alemana
Otro hallazgo tardío el de esta enorme escritora de cuentos.

Jane Austen: La abadía de Northanger
Todas las novelas de Austen siguen siendo tan cursis como buenísimas, qué más se puede decir.

Voltaire: Cándido
Otro clásico que tenía pendiente. Sátira muy divertida al principio, pero que a mí me ha terminado cansando, quizá por ser demasiado recurrente la tesis. Los personajes (o monigotes) representan ideas recibidas que el autor satiriza una y otra vez en clave de farsa.

Benedict Anderson: Comunidades imaginadas
Citadísimo y valioso ensayo histórico sobre el origen de los nacionalismos. Me ha servido, por ejemplo, para comprender mejor el papel de la lengua como unificadora (o inventora) de las conciencias nacionales.

Gerardo Castillo: El adolescente y sus retos
Manual para padres con adolescentes en verano.

viernes, 19 de agosto de 2011

¿Por qué?

La pereza es la madre de todos los vicios y la enemiga de todos los blogs. Un mes de vacaciones al sur de Vigo me ha dejado una especie de indolencia medio brumosa. ¿Cómo empezar, cómo arrancar de nuevo? Mientras me lo preguntaba, me iba entrando de nuevo la desidia como la niebla en la ría. Al final, he recurrido a uno de mis recursos preferidos: la perplejidad. Me gusta escribir cuando no entiendo bien lo que ocurre a mi alrededor ("Hazte el tonto, Javier, que te sale muy bien", dice alguien que me quiere, creo).
Ahora mismo no entiendo bien por qué tuvo que pasar en la Puerta del Sol lo que pasó. ¿De verdad estaban preocupados por sus impuestos los antisistema que agredieron a los chavalines que iban a ver al Papa? ¿De verdad creían que esos chicos y chicas franceses, filipinos o canadienses, eran nazis... seguidores de un nazi?
Ayer por la tarde entré en la iglesia de mi pueblo. Estaban en Misa un centenar de italianos. El sacerdote, también peregrino, invitó a los asistentes a que soltaran en voz alta sus peticiones a Dios. Los italianos - y menos si son calabreses- no tienen pereza para hablar, así que una chica, de pronto, pidió que se rezara "per i prosecutori della piazza, per i prosecutori del Papa". ¿Llegará el mensaje de alguna forma a los perseguidores? No sé, tal vez, ojalá. Pero el odio no tiene oído.

jueves, 30 de junio de 2011

La hipermnesia literaria

Moscú, años veinte. En la redacción de un periódico, el director llama por la mañana a todos sus reporteros para dar las instrucciones del día. Mientras va despachando soviéticamente a uno detrás de otro, repara en que un periodista joven y miope no ha traído bloc de notas para apuntar todo lo que debe decirle. "¿Qué hace usted que no escribe nada?, le espeta muy enfadado. "No lo necesito. Recuerdo todo lo que usted ha dicho", le contesta el otro muy tranquilo. Y a continuación le repite, palabra por palabra, inflexión por inflexión, sus últimos diez minutos de charla. A Solomon Sereshevsky -así se llama el periodista memorioso- se lo llevan a un famoso neurólogo para que lo estudie. El Doctor Lúrya tiene a Solomon bajo observación durante treinta años y llega a la conclusión de que es un caso increíble de hipermnesia (lo contrario de la amnesia, digamos). Se le recita, por ejemplo, una serie de cuarenta números sin relación entre sí, y Solomon la repite a la perfección. Treinta años después se le pregunta de nuevo y el conejillo de Indias vuelve a contestar sin un solo error.
Mis alumnos recordarán -nunca un verbo más oportunamente dicho- el cuento borgiano, "Funes el memorioso". Siempre lo he explicado como un relato fantástico y ahora, al conocer la increíble historia de Sereshevsky, veo que nos hundimos en el tópico de que la realidad iguala, o supera, a la ficción.
Desde luego, hay paralelos. Señalaré tres:

1) Lúriya diagnosticó a Shereshevski una forma sumamente fuerte de sinestesia, por la cual el estímulo de uno de sus sentidos produce una reacción en los demás. Por ejemplo, si Shereshevski oía un tono musical él veía un color inmediatamente, un toque activaría una sensación de sabor y así sucesivamente por cada uno de los sentidos. 
Y en Borges leemos:
 "Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra [...] Esos recuerdos no eran simples; cada imagen estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc."

2) A Solomon le costaba recordar las caras de las personas, porque le parecían muy cambiantes.Por su parte, el ficticio Funes recordaba "las muchas caras  de un muerto en un velorio" o "su propia cara en el espejo, sus propias manos lo sorprendían cada vez".

y 3) Solomon, en cierta ocasión fue a comprar un helado, pero la respuesta de la vendedora le trajo de golpe una catarata de recuerdos (una avalancha de carbón y cenizas, dice) que le impidió seguir hablando. La permanente acumulación de recuerdos le impedía, en definitiva, llevar una vida normal y trató desesperadamente de olvidar. Borges, por su parte, da un toque poético a una experiencia semejante de su personaje:
"Funes sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de espuma que un remo levantó en Río Negro". Como Solomon, a Funes esta  monstruosa memoria lo destruye vitalmente. Su único afán es dormir y olvidar sus infinitos recuerdos.

¿Se inspiró Borges en el memorioso Solomon para su relato? Sin duda lo conoció, porque en su despacho de la Biblioteca Nacional tenía el libro de Lúrya The Mind of a  Mnemonist, dedicado a su asombroso caso  (Laura Rosato y Germán Álvarez, Borges, libros y lecturas, Bs As, 2010, p. 233). La fecha de este libro (1969), sin embargo, es posterior a "Funes...". Pero entonces, ¿cómo explicar estas y otras coincidencias? De todas formas, se inspirase o no, la literatura borgiana sigue siendo un eterno laberinto de la memoria.

martes, 28 de junio de 2011

Silencios y despertares

Como casi siempre, esta noche, a las dos de la madrugada, salí a la terraza.
Sólo se escuchaba el silencio. Soy experto en insomnios y sé que, a esas horas debiera sentirse el rumor de los camiones que atraviesan el valle cada diez minutos. Por un momento disfruté de esa intimidad que sólo da la noche a solas. Pero después, movido por la manía de analizarlo todo, pensé: "Debe de ser por la crisis. Ya no hay movimiento ni en las carreteras". Se me atragantó el silencio de fuera y regresé a la cama, donde traté de dormir en medio de un nuevo ruido que me bullía por dentro.
A la mañana nos despertó el alboroto de la luz y de los pájaros. Es el sol de junio, de principios del verano. El comienzo de la vida, de nuevo. Como todos los años. Como siempre.

viernes, 24 de junio de 2011

Un clásico brasileño y otro francés

Quizá lo más interesante que nos ocurre está en los libros que leemos. Esta semana ha sido cálida y monótona, como corresponde al mes de junio. En medio del sol y de la nada, la mesilla de noche se va despejando, pero tengo todavía variios libros a medio terminar, o ya terminados. Estos dos, por ejemplo.
1. Cuentos de madurez de Joaquim Maria Machado de Assis. Qué enorme redescubrimiento. Conocía dos o tres novelas suyas -Helena, Don Casmurro, las Memorias póstumas...-, pero no había entrado hasta ahora en sus relatos extraordinarios. Si, en vez de haber nacido brasileño y en el siglo XIX, hubiera sido francés, estaríamos hablando de un clásico universal. Seguro. Hablaré de este libro en mi otro blog más despacio.
2. La cartuja de Parma de Stendhal. Lo leí a los diecinueve años y me decepcionó. Me costaba seguir las idas y venidas de Fabricio, al que no le veía la gracia, ni tampoco me convencían los otros personajes principales. Ahora, tanto tiempo después, me he quedado deslumbrado con el envión de las cien primeras páginas. Toda la descripción de la batalla de Waterloo, en donde el autor se esmera con una mirada modernísima-, es de lo mejor que he leído nunca en cuanto a páginas bélicas. Fabricio ve, a lo lejos, las masas de franceses huyendo de los cosacos y todo recuerda al cuadro del Coloso de Goya (que es de Goya, aquí, sobre las dudas de atribución). Esa misma atmósfera caótica de los hombres metidos en medio de un espectáculo de muerte que no entienden, la intentó plasmar Tolstoy en Guerra y Paz. Pero el ruso, siempre tan moralista, quería decir demasiadas cosas y, en la comparación, Stendhal le gana la batalla.
Cuando Fabricio vuelve a casa, la novela baja muchísimo, creo. Los enredos galantes en que anda el protagonista no tienen la fuerza del principio. Después de un enfrentamiento tan directo con la muerte, ¿cómo seguir con las tonterías de un niño de mamá y su tía enamorada? Naturalmente hay momentos muy buenos aquí y allá. Mientras termino la novela, pienso en cómo Stendhal, cuando escribe, trata de seducir a sus señoras lectoras. Cómo halaga al sexo femenino. Pero no todos somos damas francesas del siglo XIX.
Me convence mucho más Machado de Assis y dejo en el plato los pastelitos de la Cartuja.

jueves, 23 de junio de 2011

Ay, San Antonio





Uno de los cuadros que más me gustó de la exposición sobre Lorenzo Lotto en Roma: este de San Antonio. Arriba el santo, al que le susurran ángeles, más rápidos que internet. Abajo, la multitud, que tiene algo de goyesca, entregando papelitos. Y en medio, los asistentes del santo; uno, con cara de bueno, el de la izquierda; y otro, menos paciente, mandando callar a los meteprisas.
Misterio grande este de la intercesión de san Antonio, que todo lo encontraba ya en el siglo XVI.

miércoles, 22 de junio de 2011

Vivir dentro de un cuadro

Cierto visitante ilustre escribió de nuestro campus que parecía pintado por Poussin, con sus praderas verdes, suaves, onduladas. Lo dijo con secreta mala leche porque a él no le gusta el pintor francés. Ni a mi, por cierto. Y, sin embargo, me encanta pasear por el campus, sobre todo a primera hora, cuando el sol todavía está recién despierto. Seguramente la analogía con Poussin es falsa, porque un medio de disfrutar de un cuadro es soñar con vivir dentro de él.
Soñar con un Poussin tiene el riesgo de quedarse de charla con gente aburridísima. Irse a un Chagall, por ejemplo, sería como vivir en una película checa de dibujos animados. Ni hablar de juntarse a un Picasso o un Munch. Saura ya sería una pesadilla. En un Botero me echarían del cuadro los personajes por falta de espacio.
Uno se iría a un cuadro de pintura flamenca o italiana del Renacimiento. Un Bellini, un Lotto o, sin duda, este Carpaccio:



martes, 14 de junio de 2011

La cultura según Bajtín

Existe la creencia muy poderosa, pero unidireccional, de que para comprender mejor una cultura extranjera, uno está obligado a sumergirse en ella, olvidarse de la de cada uno, y ver el mundo a través de los ojos de esa nueva cultura. Esta idea es, como ya dije, demasiado monolítica. Por supuesto, una cierta entrada en ese mundo, la posibilidad de conocerlo desde su punto de vista, es una parte del proceso para entenderlo. Pero si éste fuera el único aspecto de esa comprensión, entonces estaríamos sencillamente copiando la nueva cultura, reduplicándola, no enriqueciéndola ni enriqueciéndonos. El conocimiento verdaderamente creativo no renuncia al pasado de cada uno, a su espacio propio en el tiempo, a su propia cultura. Y no olvida nada. Para conocer es importantísimo situarnos fuera del objeto de nuestro conocimiento creativo. Uno nunca llega realmente a comprender todo por sí mismo. Las ventanas y las fotografías no nos ayudan. Nuestra realidad sólo puede ser vista y comprendida mejor por los otros, porque ellos están localizados fuera de nosotros en el espacio y porque ellos son otros.

(Mijaíl Bajtín, Respuesta a unas preguntas de Novy Mir; la traducción es mía)

lunes, 13 de junio de 2011

Una relativa distancia

Compruebo que cada vez escribo menos sobre mi familia (y otros animales) en el blog. Mis hijos van creciendo y el tiempo les va regalando propiedad sobre sus vidas. Es tal vez lo que nos trae a los padres el paso de los años: el lento alejamiento de aquellos seres que aparecieron, de pronto, como una emanación increíble de nosotros mismos. Durante años creímos que su intimidad no existía, que era un asunto entre ellos y nosotros.El cuerpo de los hijos como una prolongación misteriosa del nuestro. Pero, poco a poco, se van desgarrando las junturas. Entonces uno va pidiendo permiso para entrar en sus vidas y muy pronto irá tocando contemplarlas a una relativa distancia.

Borges y el patchwork

Muy pocos escritores hispánicos han alcanzado una repercusión tan universal como la de este argentino con fama de conservador en política, irreverente en literatura y escéptico en casi todo lo demás. Superando las fronteras de la literatura en lengua española, tantas veces desoída en el mundo francés o anglosajón, su obra ha encandilado a filósofos, críticos literarios, científicos, historiadores y gurús de la posmodernidad como Foucault, Braudillard, Eco, Bloom, Genette, Paul de Man o Steiner. ¿Cómo ha podido suceder esto? El gran descubrimiento de Borges, si se puede decir así, ha sido comprender, antes que nadie en pleno siglo XX, un viejo adagio latino: que no hay nada nuevo bajo el sol. O, dicho de otro modo, que la originalidad en la cultura es un mito moderno y que la literatura se basa en la repetición con variaciones de unos cuantos temas fundamentales. Por eso, si algo caracteriza a su literatura, es su increíble capacidad para combinar los fragmentos más  dispares del saber universal: una cita literal de la Estética de Croce con una referencia budista, un tratado de mística medieval con unas palabras de Shakespeare. El vertiginoso inventario de menciones a otros textos leídos anteriormente da como resultado una obra única, elaborada en un castellano depurado y singular. Y, por encima de todo, una rarísima paradoja: Borges, el escritor que hizo del saqueo de las obras de otros su seña de identidad, ha sido citadísimo por tirios y troyanos. Aquí y allá salen a voleo sus sentencias sorprendentes, iluminadoras. Una cita suya puede ser provocativa (“La metafísica es una rama de la literatura fantástica”), romántica (“No nos une el amor sino el espanto./ Será que por eso que la quiero tanto”), existencial (“Ya somos el olvido que seremos”), o incluso atmosférica (“La lluvia es una cosa que sucede en el pasado”)…
Hoy en día la tormenta de ideas del maestro argentino ha encontrado su refrendo en la literatura y más allá. Hay todo un arte del patchwork y el reaprovechamiento de materiales ajenos que va desde las alusiones literarias de Blade Runner o Matrix hasta la puesta en escena de Lady Gaga o los guiños cinéfilos de los Simpson. Borges lo vio antes que todos ellos.
(publicado en La gaceta, en el aniversario de la muerte de Borges, coincidiendo también con el de la muerte de Chesterton, cincuenta años antes).

sábado, 11 de junio de 2011

Seducir

Un hombre y una mujer están en la cama, leyendo. El hombre baja el libro y de repente dice:
- Me voy a Finlandia el próximo jueves.
- ¿A Finlandia? ¿Pero qué se te ha perdido en Finlandia?
Él explica que tiene negocios que cerrar en Helsinki y que no le queda más remedio que ir hasta allá. No, no será mucho: antes de una semana estará en casa. Y claro que no tendrá tiempo para nada. Se quedará en el hotel, por supuesto. Ella insiste: ¿cómo es posible que no pueda hacerse todo desde Madrid? ¿Y no tiene gente en quién delegar?
Él se deja convencer.
Ella le hace un gesto que los dos conocen bien. Luego apagan la luz. A lo largo de la noche se puede apreciar desde fuera de la casa que la habitación se enciende y apaga varias veces. A la mañana siguiente, él pregunta:
- ¿Por qué no te vienes conmigo a Finlandia?
Ella se deja convencer.

jueves, 9 de junio de 2011

Tabúes imperiales

No diga "moro", diga "magrebí" (por respeto al mundo islámico).
No diga "negro", diga "subsahariano" (por respeto a la mayoría de los habitantes que viven más abajo. Los negros que viven más arriba y los blancos que viven en Zimbabwe, Sudáfrica, Angola, etc. no cuentan).
No diga "negro", diga "afroamericano", "afroespañol", "afrocubano", etc. (por respeto a los descendientes de esclavos).
No diga "Siglo de Oro", diga "Temprana Modernidad" (por respeto a los esclavos del malhadado Imperio español en América) .
No diga "Hispanoamérica", diga "Latinoamérica" (por respeto a los historiadores del imperialismo francés del siglo XIX).
No diga "hispano" o "hispanoamericano", diga "latino" (por respeto al modismo dominante en el Imperio yanqui. El respeto al imperio romano y su idioma no es necesario).

martes, 7 de junio de 2011

Ya somos el olvido que seremos

El 25 de agosto de 1987, Héctor Abad Gómez, médico de profesión, fue acribillado a balazos en una calle de Medellín. En el bolsillo de su camisa se encontró un listado de las personas amenazadas por los sicarios -entre ellos, él mismo-, y un desconocido soneto firmado por Jorge Luis Borges. El hijo del finado, el novelista Héctor Abad Faciolince, escribió tiempo después un libro de homenaje a su padre,  un hombre culto y honesto que pagó con la vida su defensa de los derechos humanos. El título del aquel libro (El olvido que seremos) citaba , recortado, el maravilloso endecasílabo que daba pie al secreto poema de J.L.B.

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y del término, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.


Quizá el arranque es demasiado poderoso y la temperatura se va perdiendo, sobre todo a medida que nos internamos en la segunda mitad del poema. Pero todo soneto tiene sus cumbres y sus valles. Y aquí hemos subido muy alto en el inicio. Ahora bien, lo más curioso de todo el asunto relacionado con el presunto poema de Borges es que éste nunca lo incluyó en sus Obras completas. Más aún: en aquel entonces no se sabía que lo hubiera publicado nunca. ¿Cómo había llegado a un culto médico de Medellín, Colombia, desde la lejana Argentina? ¿No sería un apócrifo? Ya ha habido antecedentes como el desdichado "Instantes" que se pasea con éxito inmerecido por internet.
El caso es que el otro día mi amigo y colega Andrés Eichmann me hizo llegar un libro reciente que trata de descifrar los vericuetos por los que ese enigmático poema sobre la muerte terminó entre los últimos efectos personales de Héctor Abad Gómez. Los falsificadores de Borges de Jaime Correas (Buenos Aires, Alfaguara, 2011) sigue un intrincado rastro de casualidades, falsificaciones, coincidencias, manipulaciones y anécdotas asombrosas hasta dar con el origen en una heroica revista de estudiantes universitarios publicada en  Mendoza, Argentina, durante los años ochenta. El libro se lee como una pequeña novela de suspense filológico, en donde no faltan esos personajes estrafalarios que pueblan la vida literaria de todos los tiempos. Y, al final, queda la sensación de que la vida, laberíntica y misteriosa, ha imitado a la literatura de Borges.

viernes, 3 de junio de 2011

Moderación de comentarios

Desde el comienzo puse en el blog la función de moderación de comentarios. Hay mucho loco circulando por la red, pensé. Pero la experiencia ha sido tan buena que tuve la suerte de no censurar nada, que yo recuerde, salvo una vez en que el elogio era desmedido. Las divergencias han sido todas muy respetuosas. Hace unos días estuve tan ocupado que abandoné por completo el blog. Para no hacer esperar a los comentaristas, con los que siempre me siento en deuda, decidí suprimir la función de moderación de comentarios. Pero ahora la he vuelto a poner. No por temor a los comentarios, sino por reacción a la penúltima ley Pajín: leáse AQUÍ. ¡Qué manía tiene esta señora con meterse en la vida de los demós y las demás!
Pero aún hay más cosas. En estos días se me viene atragantando el anteproyecto para cargarse la libertad de los padres a la hora de escoger el colegio de sus hijos (o también ley de igualdad de trato y no discriminación). Dicho en crudo: ¿podremos mi mujer y yo pagar el colegio el año próximo, o el siguiente? ¿nos veremos obligados a llevarlos a otro porque unos individuos han  decidido que segregamos a nuestros hijos? Como mínimo, esto debería ser materia opinable. El propio gobierno reconoce que las reservas que tiene acerca de la educación diferenciada son de orden político, no técnico. Esto estaría muy bien si se limitaran a meter a sus hijos en el colegio que les diera la gana y dejasen en paz a los demás para que hagamos lo que nos parezca mejor. Pero no. Lo de la libertad no es uno de sus puntos fuertes. Lo suyo es la igualdad.
En Italia, Bélgica, Portugal, Inglaterra, Francia y Alemania las leyes declaran explícitamente que la educación diferenciada no es discriminatoria. También lo tienen claro el Consejo de Estado o el Tribunal Supremo en España. Pero a Pajín y compañeras/os les da igual: son los campeones de la igualdad. Por el momento, crucemos los dedos para que no me moderen este comentario.

jueves, 2 de junio de 2011

Mesilla de noche

Como siempre, tengo la mesilla de noche hecha un revoltijo de libros que no termino de leer. Voy a tratar de poner un poco de orden haciendo un listado de lo que vale la pena y lo que es mejor abandonar. Allá va:


1) Umberto Eco: Historia de la belleza. Bonito y superficial. Casi todas las ideas son un refrito de lugares comunes sacados de un manualillo de estética o de cualquier otro libro del autor. Muchas imágenes hermosas (sólo faltaba), y citas de escritores, artistas y críticos. Eco debe de tener un oído enfrente del otro, porque nunca menciona a la música (salvo a los Beatles, y al final). Este libro tiene, además, otro inconveniente fundamental: no sirve para leerlo en la cama, porque, cuando te pilla el sueño, cuesta mucho sostenerlo de tan pesado que es. Digan lo que digan, no se descansa bien con un libro en la cabeza.

2) Miguel Gomes: El hijo y la zorra. Llevo años siguiéndole la pista a este narrador y crítico venezolano. Relatos bien estructurados y finamente escritos, con su dosis contenida de truculencia. Ambientes norteamericanos, a veces un poco en la línea de Carver o Wolff. Lo malo es que los libros de Gomes son difíciles de conseguir en España.

3) Juan Gabriel Vásquez: El ruido de las cosas al caer. Este libro aún no lo he leído, pero tiene varias cosas buenas. Una de ellas es que es delgado. Si me entra el sueño, no me doy un golpe con él. En segundo lugar, una sorpresa: lo han distinguido con el Alfaguara de novela 2011. Hoy en día siempre se premian mamotretos y, por su tamaño, éste se sale de la norma. Y en tercer lugar, Vásquez escribe muy bien, lo que ya es cierta garantía.

4) Javier Sánchez Menéndez: Una aproximación al desconcierto. Poesía. Lo leí de una atacada y pensé: Nicanor Parra + Cádiz. Sarcasmo y guasa. Y de pronto, algún momento fuerte o dramático. "Impredecibles/ hicieron el amor/ muertos de miedo".

5) José Julio Cabanillas: Después de la noticia. Más poesía, ésta exquisita, clásica y neosimbolista. Visitantes misteriosos, iluminaciones, desasosiego y fe. Como sucede con otros poemarios del autor, para releer.

6) Víctor González: El hombre sin ayer. Más de la mitad de los microrrelatos lo debí de leer en el blog del autor. Pero, de vez en cuando, me sigo riendo a carcajadas. Qué gusto dormirse así, dice a mi lado mi mujer,  que está entusiasmada con su novelón. Pero creo que me envidia.

7) Nicolás Maquiavelo: El príncipe. Hace muchos años me lo recomendó una diputada socialista, amiga de mi familia. Luego recuerdo que un inteligente político del PP (¿Vidal-Quadras?) habló de él con admiración. Por desgracia, El príncipe consiste en una lección de cómo es la política, no de cómo debería ser. Los políticos españoles no deberían leer estas cosas. Nos iría mejor si les gustase Tintín.