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martes, 27 de octubre de 2009

Librerías de Buenos Aires


Las hay bellas y coquetas, y otras pulgosas y bohemias, con aspecto de resistente. Las hay cultas y antiguas, y otras que mezclan libros horteras, discos de vinilo y juguetes made in China. Las hay muy glam y muy snob, como la del Ateneo Grand Splendid, la librería más grande de América del Sur construida a partir de la remodelación de un teatro de principios del siglo XX. A ese magnífico local iba Horacio Quiroga a ver películas durante su época de crítico de cine. Hay librerías que te dejan un recuerdo casi imborrable en los dedos, mugrientos de haber palpado saldos a dos pesos. Y otras, en cambio, que huelen a maderas venerables. Así es la Librería el Gliptodón, que yo no conocía. Ingresas en una estancia colmada de libros y litografías y luego tienes que agachar la cabeza para acceder a otra habitación más pequeña donde está el dueño tomando un mate con tres clientes. Te dan un papel en donde te informan de que, el día que hagas una compra superior a veinte pesos, tienes derecho a un café o un té (sin recargo) y una mesita donde puedes pasar un buen rato leyendo. Lo que no sé es qué van a hacer cuando tengan tres clientes en la misma situación al mismo tiempo.
No obstante, mi favorita es Platero, en la calle Talcahuano. Se supera una primera planta con el aspecto conservador y poco atractivo de una librería para abogados y se baja al fondo por una escalerita de caracol que conduce a un sótano-paraíso del bibliófilo. Una vez me encontré abriendo una vieja edición de Las montañas de oro de Lugones y me saltó revoloteando un recorte de periódico que cayó a mis pies. Lo recogí y me encontré con dos poemas de Enrique Banchs, un notable poeta argentino muy admirado por Borges. Uno de ellos nunca se había publicado en un libro pero, como está prohibido tener tanta suerte en un único día, era el peor de los dos.

miércoles, 29 de julio de 2009

De librerías


El pasado lunes Marina y yo cumplimos la mayoría de edad a la vez: hace dieciocho años que nos casamos. Para celebrarlo nos fuimos a Oporto un par de días con el permiso de nuestros mayores, es decir, de los niños. Oporto tiene la belleza que le presta su misma decadencia, pero quédense tranquilos porque no voy a hacer una innumerable enumeración de encantos turísticos. Sólo me voy a referir a uno de esos lugares-a-los-que-se-debe-ir: la librería Lello e irmâos "la librería más bonita del mundo", según Enrique Vila-Matas. En efecto, al entrar uno se encuentra entre maderas nobles, vidrieras elegantes y adornos modernistas. La recargada escalera que da acceso al segundo piso es un prodigio de imaginación y aprovechamiento del espacio. Un carrito lleno de libros asoma de lejos y se desliza por unos rieles a lo largo del pasillo. Y allí mismo, al fondo, un busto de Eça de Queirós preside discretamente nuestro paseo por los libros.
Hasta aquí todo muy bien, pero mi espíritu crítico siempre me impide, quizá, gozar de las cosas sin pensar algo más en ellas. Y es que la famosa librería tiene, al menos para mí dos defectos: el primero, el más obvio, reside en que no tiene tantas existencias y su surtido parece hecho para agradar al turista o sencillamente para llenar estanterías. Demasiada scara para poca fruta. De hecho, no hice ningún descubrimiento en letra impresa (salvo un librito, mo torear aos espanhois, que me hizo reír un rato, aunque no fuese ninguna maravilla). Las librerías, para el lector, son como las iglesias para el creyente: no sólo interesan por su envoltorio artístico, sino para leer o para rezar.
El segundo inconveniente no se puede achacar a la librería, sino más bien a nosotros mismos. Se trata de nuestras expectativas antes de entrar. Ya sabíamos de antemano que nos encontraríamos en un espacio "bonito" porque nos lo habían dicho Vila Matas, la oficina de turismo, la guía impresa a todo color y una gina de internet. Walter Benjamin observaba que la fotografía, el arte de reproducir imágenes, había matado el aura de la obra de arte. Desde la modernidad ya no tenemos una visiónnica" de los lugares hermosos. Estamos prevenidos a favor de ellos, sabemos que nos vamos a emocionar antes de verlos. Pero la Belleza, así con mayúsculas, debiera tener algo de sorpresa, incluso de magia inconsciente. Borges daba gracias a la divinidad por la existencia de "la rosa, que prodiga color y no lo ve". En mi caso, me ha impresionado más entrar en otras librerías, también muy hermosas, pero en las que yo no estaba preparado para encontrármelas tan arregladitas. Fue en aquel entonces un golpe de Belleza imprevista.
De todas formas, si alguien viaja a Oporto, que no me haga demasiado caso y vaya a la dichosa librería. Vale la pena.